El despilfarro de la ayuda occidental a Rusia

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Duración lectura: 2m. 48s.

El fracaso de las reformas económicas en Rusia ha puesto de manifiesto los fallos de la asistencia extranjera, cuya importante financiación ha sido en gran medida despilfarrada. Desde la crisis financiera del pasado agosto y la devaluación del rublo, los expertos opinan que Rusia ha vuelto al punto de partida y que aún no se han construido las instituciones necesarias para una economía de mercado.

Desde que en junio de 1992 ingresó en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y en el Banco Mundial, Rusia ha recibido importantes ayudas. El FMI le ha concedido desde entonces 18.000 millones de dólares, a lo que hay que sumar otra ayuda de 22.600 millones que se acordó en julio de 1998 por el FMI, el Banco Mundial y el gobierno japonés, y que debería entregarse hasta finales de 1999. El Banco Mundial ha concedido créditos por valor de 11.400 millones de dólares, para unos cuarenta proyectos.

La asistencia técnica aportada por la Unión Europea más ayudas gubernamentales bilaterales se estima en 11.000 millones. A su vez, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, cuyo objetivo es potenciar el sector privado, ha desembolsado 2.000 millones de los 4.000 ya acordados. La importancia de estas ayudas contrasta con la escasez de las inversiones directas extranjeras, que nunca han confiado mucho en la salud de la economía rusa.

Ahora, tanto economistas rusos como la comunidad occidental en Moscú aseguran que los dirigentes de Moscú han engañado a Occidente, que ha volcado su dinero sin controlar su eficacia. La incapacidad para recaudar los impuestos, la falta de control del gasto, la corrupción rampante y el estancamiento de la privatización de la tierra reflejan el escaso contenido de las reformas rusas. Por su parte, el representante del FMI en Moscú replica que la ayuda occidental tenía por fin facilitar los ajustes y animar la inversión extranjera. Y, aunque el FMI ha presionado en diversos momentos a los gobiernos rusos, retrasando el desembolso de los créditos hasta que se produjeran cambios en la política económica, al final había que conceder a los gobiernos rusos “el beneficio de la duda”.

Las ayudas han enriquecido sobre todo a unos poderosos que saltaron de la economía planificada a un capitalismo de casino, aseguran hoy muchos expertos. Scott Blacklin, presidente de la Cámara de Comercio americana en Rusia, afirma en Le Monde (29-X-98) que “ni los reformadores rusos ni los occidentales que los apoyaban comprendieron la naturaleza del poder económico en este país, donde los poderosos no están sometidos a la ley”. Un economista liberal como Grigori Yavlinski, jefe del partido reformador Yabloko, declara que la oligarquía en Rusia “es un sistema en que las mismas personas disponen a la vez del poder, de la prensa y del dinero”. Acusa a los bancos de tomar el dinero de los clientes no para invertirlo en la producción, sino para especular, y asegura que hay una crisis de confianza entre el pueblo y el poder.

Como frutos más positivos de la ayuda occidental, los expertos destacan que ahora Rusia está más integrada en la economía mundial, comienza a existir un sector privado y un cierto número de responsables rusos se han familiarizado con los métodos económicos.

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