Repúblicas hereditarias africanas

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Duración lectura: 4m. 46s.

En África empieza a extenderse una nueva modalidad constitucional: la república hereditaria. Ya se sabe que los presidentes africanos tiendan a perpetuarse en el poder. Pero como nadie es eterno, algunos se perpetúan post mortem en sus descendientes. Hay tres casos por ahora, y cuatro más en el telar. Gerardo González Calvo analiza este fenómeno en la revista Mundo Negro (octubre 2009).

En África solo quedan tres monarquías. Sería, sin embargo, una ingenuidad creer que los reyes de Marruecos, Lesoto y Suazilandia son los únicos gobernantes vitalicios del continente. Por golpe de Estado o, como es común en los últimos tiempos, por reelección ilimitada, los presidentes tienden a perpetuarse en el poder. Así, mientras los tres monarcas africanos llevan una media de 17 años en el trono, 11 jefes de Estado sin corona sobrepasan los 20 años en el cargo.

A los presidentes perpetuos solo les falta la sucesión dinástica, pero en tres países ya se ha aplicado la fórmula constitucional inventada para el norcoreano Kim Jong-il, que heredó el mando a la muerte de su padre Kim Il-sung en 1994. En África el primer caso fue el de Joseph Kabila, que se hizo con la presidencia de la República Democrática del Congo tras el asesinato de su padre Laurent-Desiré Kabila en 2001. En Togo, el vacío provocado en 2005 por el repentino fallecimiento de Gnassingbé Eyadéma, presidente durante 38 años, se resolvió con el nombramiento de su hijo Faure Gnassingbé, legalizado ex post facto mediante oportunos cambios constitucionales. En Gabón, la muerte en junio pasado de Omar Bongo, presidente de Gabón desde 1967, obligó a convocar elecciones anticipadas el 30 de agosto, y las ganó Alí Bongo, que se presentó por el partido de su padre.

Se prevé que habrá más sucesiones de este estilo en otras repúblicas africanas, escribe Gerardo González Calvo. “Ya se barajan los nombres de Gamal Mubarak, hijo del presidente egipcio Hosni Mubarak [en el cargo desde 1981]; Karim Wade, hijo del presidente senegalés Abdoulaye Wade [desde 2000]; (…) Teodoro Nguema Obiang “Teodorín”, hijo del presidente ecuatoguineano Teodoro Obiang [desde 1979]”. González Calvo cita también a un hijo del libio Mu’ammar al-Gaddafi, en el poder desde su golpe de Estado de 1969; la previsión se acaba de confirmar: Sayf al-Islam al-Gaddafi sucederá a su padre y, para preparar el terreno, será próximamente nombrado coordinador de los Mandos populares, según ha publicado estos días la prensa del país.

El artículo explica la trayectoria histórica que ha llevado a esta nueva tendencia. “Hasta hace un par de décadas, casi todos los cambios en la jefatura del Estado se efectuaban mediante levantamiento militar. Era la época de los partidos únicos y los regímenes militares. Después de la caída del muro de Berlín y del desguace de la Unión Soviética, en 1990 los países dominantes europeos conminaron a [los gobernantes] africanos a desarticular los partidos únicos y dar paso al pluripartidismo.

”Los dirigentes negroafricanos, al comprobar que sin democracia no habría ayudas, abrazaron con más o menos fervor el pluripartidismo. (…) Se reconvirtieron los partidos únicos para entrar en la contienda electoral y los dirigentes concurrieron a las urnas para, en su mayoría, mantenerse en el poder”. Pero algunos perdieron las votaciones: Aristides Pereira en Cabo Verde (1991), Mathieu Kérékou en Benin (1991; volvió al poder por otros diez años en las elecciones de 1996), Frederick Chiluba en Zambia (1991), Denis Sassou-Nguesso en la República del Congo (1992; elegido de nuevo en 1997 hasta la actualidad) y Pierre Buyoya en Burundi (1993; pero el elegido, Melchior Ndadaye, fue asesinado al cabo de tres meses, y Buyoya regresó al poder por 7 años más mediante su segundo golpe de Estado en 1996).

“Ante el cariz que tomaban las elecciones libres, algunos dirigentes recurrieron a la táctica del pucherazo. Otros, que ya no podían presentarse a la reelección, cambiaron la Constitución para perpetuarse en el poder. Éste ha sido, por ejemplo, el caso de Blaise Campoaré [presidente desde 1987] en Burkina Faso, Idriss Déby Itno en Chad [desde 1990], Yoweri Museveni en Uganda [desde 1986], Paul Biya en Camerún [desde 1982] y Mamadou Tandja en Níger [desde 1999]”.

Entre las honrosas excepciones hay que citar, recuerda González Calvo, Botsuana, democrática desde la independencia, y Tanzania, desde la instauración del pluripartidismo en 1992.

La nación como patrimonio familiar

“¿Por qué esta resistencia a dejar el poder? Porque en la práctica los conversos demócratas lo ejercitaban con el mismo autoritarismo que antes y, sobre todo, porque seguían practicando la doctrina del la patrimonialización del Estado, apropiándose sin escrúpulos de los recursos del país. Y más cuando empezó a manar el petróleo, como ha sucedido en Gabón, República del Congo, Chad y Guinea Ecuatorial”.

Las dinastías republicanas refuerzan esa manera de gobernar. “Estas sagas familiares favorecen la corrupción y menguan los saludables cambios en la cúpula del poder”.

El mismo González Calvo, como recuerda en su artículo, dijo en un acto público el año pasado “que África no necesita ayudas, que tiene suficiente dinero y recursos para alimentar sobradamente a toda la población, que tienen que retornar al continente los 140.000 millones de dólares colocados durante los últimos años en los bancos occidentales o en los paraísos fiscales. Es decir, casi cinco veces la cifra de 30.000 millones de dólares que había pedido pocos meses antes en Roma el director general de la FAO, el senegalés Jacques Diouf, para acabar con el hambre”.