Ráfagas de su pensamiento político

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Esta breve antología de la obra ensayística de Octavio Paz puede servir de muestra de sus ideas políticas.

La tradición liberal. “Desde hace más de treinta años rompí con el marxismo-leninismo. Al mismo tiempo, empecé a descubrir –mejor dicho a redescubrir– la tradición liberal y democrática. En algún momento sentí atracción hacia el pensamiento libertario; aún lo respeto pero mis afinidades más ciertas y profundas están con la herencia liberal. Con todos sus innegables defectos, la democracia representativa es el único régimen capaz de asegurar una convivencia civilizada, a condición de que esté acompañado por un sistema de garantías individuales y sociales y fundado en una clara división de poderes. Pienso, finalmente, que las nuevas generaciones tendrán que elaborar, pronto, una filosofía política que recoja la doble herencia del socialismo y el liberalismo” (Alba de la libertad, 1990).

El mecanismo del mercado. “El triunfo de la economía de mercado –un triunfo por défault del adversario– no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no solo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales” (Discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, 1990).

Filosofías de la historia. “El derrumbe del marxismo, última doctrina política metahistórica, significa el desvanecimiento de todas esas ideas y doctrinas que atribuían un designio a la historia, El verdadero cadáver intelectual de nuestro tiempo no es el del marxismo sino el de la idea de la historia como depositaria de una mítica trascendencia. Una trascendencia orientada no hacia la vida ultraterrena sino hacia el futuro. La caída del comunismo burocrático no solo fue la derrota de un sistema inicuo de dominación sino de una doctrina que se presentó como la herencia y la superación de la filosofía de la historia de Hegel. Con el materialismo histórico se han esfumado las otras filosofías de la historia.

”Creo que el pensamiento político de mañana no podrá ignorar ciertas realidades olvidadas o desdeñadas por casi todos los pensadores políticos de la modernidad. Hablo del inmenso y poderoso dominio de la afectividad: el amor, el odio, la envidia, el interés, la amistad, la fidelidad. Es bueno volver a los clásicos para apreciar la importancia del influjo de las pasiones en las sociedades” (Respuestas nuevas a preguntas viejas, 1992).

La virtud y la salud política de las sociedades. “La masificación (horrible palabra) de los ciudadanos y la transformación del debate público en espectáculo son rasgos que degradan a las democracias modernas. Denunciar esos males es defender a la verdadera democracia. Pero hay otra dolencia no menos inquietante. Lo mismo para los pensadores antiguos que para los modernos, de Aristóteles y Cicerón a Locke y Montesquieu, sin olvidar al mismo Maquiavelo, la salud política de las sociedades dependía de la virtud de los ciudadanos. Se discutió siempre el sentido de esa palabra –la interpretación de Nietzsche es memorable– pero cualquiera que sea la acepción que se escoja, el vocablo denota siempre dominio sobre nosotros mismos. Cuando la virtud flaquea y nos dominan las pasiones –casi siempre las inferiores: la envidia, la vanidad, la avaricia, la lujuria, la pereza– las repúblicas perecen. Cuando ya no podemos dominar a nuestros apetitos, estamos listos para ser dominados por el extraño.

”El mercado ha minado todas las antiguas creencias –muchas de ellas, lo acepto, nefastas– pero en su lugar no ha instalado sino una pasión: la de comprar cosas y consumir este o aquel objeto. Nuestro hedonismo no es una filosofía del placer sino una abdicación del albedrío y habría escandalizado por igual al dulce Epicuro y al frenético Donatien de Sade. El hedonismo no es el pecado de las democracias modernas: su pecado es el conformismo, la vulgaridad de sus pasiones, la uniformidad de sus gustos, ideas y convicciones” (Itinerario, 1993).

La caída del comunismo. “Marx y Engels señalaron siempre con mucha energía la diferencia entre lo que ellos llamaban ‘socialismo utópico’ y su sistema, que denominaron con ingenuidad ‘científico’. Lo que se ha derrumbado no es el ‘socialismo utópico’ sino el ‘socialismo científico’. Y se derrumbó, entre otras cosas, porque no era científico: casi ninguna de las predicciones de Marx se realizó. La realidad desmintió a la ‘ciencia’ marxista. Y hay algo más: en el siglo XX el marxismo fue deformado por Lenin (aunque haya sido con las mejores intenciones). Él también creía con fe roqueña que el marxismo era una ciencia y su aportación principal fue convertirlo en una técnica para la toma del poder. La ciencia se transformó en técnica, y la técnica en catecismo. Pero lo más grave fue que el marxismo-leninismo se volvió una doctrina cerrada, impermeable a la crítica, al servicio de la dictadura de una casta burocrática. El leninismo, es decir, la concepción del partido comunista como ‘vanguardia del proletariado’, significó realimente la transformación de la generosa aunque equivocada hipótesis de Marx en una escolástica de tiranos y tiranuelos” (Un escritor mexicano ante la Unión Soviética, 1991).

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Una cuidada antología de los escritos políticos de Octavio Paz, sobre todo de su última época, puede encontrarse en Sueño en libertad, con selección y prólogo de Yvon Grenier. Seix Barral, Barcelona (2001), 465 págs.

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