Pablo VI: Grandes esperanzas en la ONU

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La intervención de Pablo VI (4 de octubre de 1965) se desarrolla en un contexto que todavía alberga grandes esperanzas para la ONU. Los momentos más álgidos de la guerra fría parecen haber pasado, se vive la apoteosis de la descolonización que ha incorporado a la ONU nuevos Estados independientes, y al mismo tiempo existe una toma de conciencia de que la solución a muchos problemas pasa por el desarrollo económico y social, el nuevo nombre de la paz al que se referirá el Papa Montini en la Populorum progressio (1967).

Sin embargo, las guerras no han desaparecido del horizonte humano, aunque el gradual proceso de distensión entre las superpotencias permita abrigar la esperanza de que no habrá una hecatombe nuclear. Las guerras se ceban en las poblaciones con menos recursos materiales, pero como no se producen en el Occidente desarrollado, su eco no tiene la repercusión que debería, sobre todo si tenemos en cuenta que hace tan sólo veinte años la humanidad ha pasado por la mayor oleada de destrucción de su historia.

De ahí que la llamada más acuciante del mensaje de Pablo VI sea “¡Nunca jamás la guerra!” Por tanto, repetirá otras dos veces la referencia a la paz: “Es la paz, la paz, la que debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad”.

El camino de la paz

El mensaje de Pablo VI no escatima elogios a la ONU, a la que considera “camino obligado de la civilización moderna y de la paz”. Las Naciones Unidas son las que han consagrado que las relaciones entre los pueblos deben regularse por “el derecho, la justicia, la razón, los tratados”. El pontífice expresa incluso la necesidad de llegar progresivamente “a establecer una autoridad mundial que esté en condición de actuar eficazmente en el plano jurídico y político”.

Algún analista del momento, si sólo se fijara en los aspectos externos, quizás viera detrás de estas expresiones la experiencia vital de un hombre que tuvo arduas responsabilidades en la Secretaría de Estado vaticana y fue testigo directo del fracaso de la Sociedad de Naciones, organización antecesora de la ONU que no supo evitar la peor conflagración mundial.

Dada su experiencia, el Papa Montini consideraría a las Naciones Unidas mucho más preparadas para hacer frente a los problemas internacionales. La organización tenía más capacidades para construir la paz que aquel limitado club de Ginebra, con unas potencias europeas en la recta final de su hegemonía.

La dignidad de la persona

Pero también Pablo VI apunta a mayores ambiciones para la organización universal, pues no bastaría sólo con tener aspiraciones al desarme. De ahí que en la recta final de su discurso, el pontífice se centre en un punto indiscutible de referencia: la dignidad de la persona humana.

No es un discurso, como el de sus sucesores, en el que los derechos humanos sean un eje principal, pero no tiene reparos en señalar: “Lo que vosotros proclamáis aquí son los derechos y los deberes fundamentales del hombre, su dignidad y libertad y, ante todo, la libertad religiosa”. Es lo que nadie debería olvidar, porque siempre ha existido el riesgo de que los llamamientos a favor de la paz se transformen en retórica interesada. Tal y como recordaría el pontífice en el mensaje de la primera Jornada Mundial de la Paz (1968), algunas palabras “pueden servir y han servido a veces, por desgracia, para esconder el vacío del verdadero espíritu y de reales intenciones de paz, si no directamente para cubrir sentimientos y acciones de prepotencia o intereses de parte”.

Dicho de otro modo, la paz significa bien poco si no se respeta la dignidad de la persona. Así lo expresa inequívocamente Pablo VI en el mensaje de la segunda Jornada Mundial de la Paz (1969), escrito en el XX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “La paz se encuentra intrínsecamente vinculada al reconocimiento ideal y a la instauración efectiva de los Derechos del Hombre”.

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