Una voz palestina por la paz con Israel

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Duración lectura: 3m. 22s.

Sari Nusseibeh es el representante palestino en Jerusalén y una voz que se alza en favor de la paz. De él ofrece una semblanza Clyde Haberman en International Herald Tribune (26 diciembre 2001).

Durante siglos, recuerda Haberman, la familia Nusseibeh ha custodiado las llaves de la iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén. Las distintas confesiones cristianas disputaban a menudo por cuestiones relativas a la administración del templo, compartido entre ellas. Por ese motivo decidieron de común acuerdo entregar las llaves a alguien neutral: eligieron a los Nusseibeh y a otra respetada familia musulmana de la ciudad.

También Yaser Arafat recurrió a un Nusseibeh para cubrir la vacante dejada por su anterior representante en Jerusalén, Faisal Husseini, fallecido en mayo pasado. En su calidad de miembro de una estirpe con antiguas raíces en la Ciudad Santa, Sari Nusseibeh parece una persona adecuada para el cargo. Se distingue también por su talante diplomático y su postura más moderada que la de su jefe Arafat.

Sari Nusseibeh, de 52 años, estudió en Oxford y en Harvard. Es profesor de filosofía y presidente de la Universidad Al Quds, de Jerusalén este. Hasta los acuerdos de Oslo (1993) participó activamente en política, y pasó algún tiempo en las cárceles israelíes con ocasión de la anterior intifada. Después desapareció de la escena pública hasta ahora.

Sus opiniones difieren de los extremismos de uno y otro bando. Dice que es hora de “empezar la vuelta a la razón”, de “salir paulatinamente de la pesadilla de odio, enemistad y sinsentido en que estamos metidos”. Para ello, asegura, es preciso que cada parte renuncie a una parte de sus más acariciados sueños, por doloroso que sea.

Así, Israel tiene que aceptar compartir la soberanía sobre Jerusalén, volver a las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días y retirar a los 200.000 colonos que desde entonces se han establecido en los territorios ocupados. Por su parte, los palestinos deben renunciar al “derecho de retorno” para los árabes que en 1948 se marcharon del Estado de Israel recién creado y para sus descendientes, que hoy suman unos cuatro millones de personas. Según Nusseibeh, hay que comprender que Israel (6,5 millones de habitantes) no quiera admitir semejante flujo de palestinos a su territorio, porque cambiaría drásticamente su composición demográfica.

Tal compromiso es necesario, subraya Nusseibeh. De otro modo, “no alcanzaremos una solución que permita la coexistencia de dos Estados. Y si no alcanzamos esa solución, unos y otros estamos abocados a algo que no satisfará a ninguna de las dos partes: una situación en que judíos y árabes estén entremezclados, en la que no haya en realidad Estado judío, y no haya Estado árabe”.

Las declaraciones de Nusseibeh sobre el derecho de retorno rompieron un tabú palestino. Ante la polvareda que levantaron, Nusseibeh ofreció la dimisión, pero Arafat no la aceptó.

A Nusseibeh le preocupan las tendencias al radicalismo en su propio bando. Una muestra de ellas es la reciente insistencia en negar los vínculos históricos de los judíos con el Monte del Templo en Jerusalén, donde hoy se alza la mezquita de Al Aqsa (una visita de Ariel Sharon al lugar, en septiembre de 2000, desencadenó la última intifada). “Quien diga eso -replica Nusseibeh- es ciego a la historia. Es totalmente absurdo negar la historia judía en esta tierra: las profundas conexiones, emocionales, históricas, existenciales de los judíos con ella. Aquel que no vea toda la riqueza y variedad de las diversas religiones y culturas que hay en esta región geográfica tan especial, es un completo ignorante”.

La reciente evolución de los acontecimientos mueve a plantearse si todavía es posible deshacer la enemistad entre los dos pueblos. “Quizá es demasiado tarde -concede Nusseibeh-. Pero incluso si es demasiado tarde, vale la pena intentarlo, porque nunca se sabe y siempre queda la esperanza”.