Oriente Medio: Más discursos que voluntad de acuerdo

Desde la fundación del moderno Estado de Israel, en 1948, el mundo entero y en especial las Naciones Unidas a las que deben su nacimiento, han estado volcados en la solución del conflicto que se desató de inmediato y que dura ya 61 años. Nada, ni nadie, ni conferencias internacionales, ni gestiones diplomáticas, ni siquiera acuerdos más o menos esporádicos, han aportado algo más que algunos atisbos de esperanza, que jamás se han materializado. Detrás de cada negociación, de cada propuesta, se ha ocultado siempre la escasa o nula voluntad de alcanzar la paz.

Ahora bien, ningún conflicto se ha desmenuzado tanto por hombres de Estado, diplomáticos, políticos y expertos de todo el mundo que este desencuentro permanente entre palestinos e israelíes, que empezó siendo una guerra abierta entre israelíes y árabes para terminar por encender los nacionalismos más radicales y, en suma, los movimientos islamistas que pululan por el mundo islámico. Pero todo esto no ha impedido, ni impide, que políticos y analistas de buena voluntad se reúnan con frecuencia para intercambiar información y discutir sin complejos sobre las causas y los remedios.

Es el caso del Centro de Estudios de Oriente Medio, patrocinado por la Fundación Promoción Social de la Cultura, que estos días ha reunido en la sede del Instituto de Empresa de Madrid a palestinos, israelíes y buenos conocedores internacionales del conflicto. Se trataba de debatir un nuevo elemento en el marco de la crisis de esta zona: el de las sociedades cada día más fragmentadas de la región, elemento que, en apariencia, hace más difícil aún la solución.

Pero, en realidad, que árabes y palestinos estén fragmentados o que los israelíes se atomicen más y más a cada cita electoral, apenas parece tener excesiva importancia si, en verdad, apareciese una luz al final del túnel. Y esa luz ha aparecido, claro está, con el discurso pronunciado por Barack Husein Obama en la Universidad de El Cairo, saludado por todo el mundo como “histórico”. Como si la clave de la solución a la crisis del Cercano Oriente la tuviese el inquilino de la Casa Blanca, no hay ya una sola referencia al conflicto que no pase por citar su discurso, de poco más de diez folios y que, en buena medida, no ha aportado nada nuevo a la larga trayectoria mediadora de los Estados Unidos.

El discurso de Obama

¿Qué ha dicho Obama que no dijeran Bush hijo y padre, Bill Clinton y hasta Jimmy Carter? ¿Qué ha aportado más allá de la mojada y olvidada “Hoja de Ruta” que puso en marcha el denostado George Bush, “inventor” del “Gran Oriente Medio democrático” para ocultar el error de Irak? Y no solo ellos sino, hace unas semanas nada más, el propio Papa Benedicto XVI que habló de la necesaria paz en la región y las vías de la reconciliación, tanto políticas como espirituales…

Todo se puede sintetizar en la tantas veces reconocida necesidad de que exista un Estado de Palestina junto al de Israel… y la amistad inquebrantable de Norteamérica y sus aliados israelíes. Pero acaso esto no ha sido lo importante: lo “mágico” del discurso de Obama ha sido su forma, su contenido emocional, su declaración de no beligerancia con el islam, su deseo de que todo el mundo viva en paz, sin presencia de tropas norteamericanas en ninguna parte… Y no solo eso: sus citas de la Sagrada Torá, del Sagrado Nuevo Testamento y del Sagrado Corán, (por cierto, ¿sería capaz Zapatero de imitarlo, dada su “sintonía” con el presidente norteamericano?), todas ellas resumidas en la conocida “regla de oro” proclamada por Jesucristo: “no hagas a los demás lo que no quieras para ti…” Eso es todo, aunque muy bien dicho, salvedad hecha de la errónea alusión al Califato de Córdoba y la Inquisición.

La respuesta de Netanyahu

En todo caso, en este encuentro de Madrid que nos ocupa, lo que quedó en evidencia por encima del discurso de Obama, es que si no ha habido acuerdo hasta ahora, ha sido por la sencilla razón de que ha faltado voluntad, aunque hayan sobrado con frecuencia las buenas palabras, como ha ocurrido estos días en Madrid. Los árabes no reconocen al Estado de Israel -con la excepción de sus vecinos Jordania y Egipto-, mientras Israel no reconoce la necesidad de un Estado palestino. Pero ¿qué pasará a partir de ahora?

Al margen de la amenaza de Irán, reforzada ahora con la reelección del intransigente Mahmud Ahmanideyad, basta con leer otro “histórico” discurso: el pronunciado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en respuesta al de Obama, en la noche del domingo, 14 de junio, para saber por dónde va a discurrir la historia. Netanyahu, el gran “halcón” de la derecha, que ha arrebatado al centrista Kadima el precario poder de que disponía en las últimas elecciones, tiene bien claras sus ideas: nada de evacuar los asentamientos israelíes de la Cisjordania ocupada y nada de ceder ni un metro cuadrado de Jerusalén para compartirlo con los palestinos como capital.

Lo demás, lo del Estado palestino, siempre y cuando renuncie para siempre a dotarse de un ejército, se podría discutir a largo plazo una vez que cesen todas las hostilidades, se asiente la seguridad de Israel y, al tiempo que se negocia, se realice el otro “milagro”: que los Estados árabes reconozcan la existencia del Israel como “Estado judío”. Netanyahu, y con él la mayoría de ciudadanos israelíes, quieren un Estado excluyente, lo cual podría suponer en el futuro que el veinte por ciento de la población de Israel, que es árabe -musulmana o cristiana- fuese obligada a unirse a ese lejano Estado de Palestina, en la culminación del gran sueño sionista: la limpieza étnica del Estado que ya emprendió Ben Gurión meses antes de que la ONU proclamara su nacimiento.

¿Sociedades fragmentadas? Por supuesto, y cada vez más. Pero con un factor común: por encima de sus diferencias: el islam une a los árabes lo mismo que el sionismo a los israelíes. Solo quedan dispersas las minorías cristianas… que poco pueden aportar más allá de su testimonio de fe, servicio y trabajo. Esto es lo que hay, en espera de esa luz encendida por Obama en el corazón de los musulmanes que también están amenazados por el radicalismo islamista.

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