Occidente no puede derrotar al Estado Islámico

Las atrocidades del Estado Islámico en Iraq y Siria mueven a reclamar la intervención directa y contundente de Estados Unidos y sus aliados. Pero Robert Grenier, que fue jefe de la CIA en Islamabad de 1999 a 2002, desaconseja repetir la experiencia de Afganistán e Iraq: una fulgurante victoria militar seguida por una larga pesadilla de guerrilla y terrorismo.

Grenier dice en una colaboración para el New York Times que en 2001, cuando comenzó la invasión de Afganistán, insistió en que era vital que los afganos encabezaran la campaña contra los talibán. “No pretendamos suplantar a los afganos en lo que solo los afganos pueden mantener a largo plazo”, fue su recomendación.

En Washington le hicieron caso al principio, hasta que se impacientaron por la ineficacia de las fuerzas afganas y la réplica de los talibán, que empezaron a recuperar terreno. Pero quitar el protagonismo a los nacionales no acabó con los enemigos, y tras años de esfuerzos infructuosos y continuas bajas militares, la coalición los abandona. Al final, dice Grenier, “hemos repetido la amarga experiencia de los británicos y los soviéticos que nos precedieron. Y como esos imperios vencidos, ahora nos retiramos”.

Grenier subraya un peligro: “Si Estados Unidos tomara el mando en la guerra en Iraq y quizás más tarde en Siria, enviando fuerzas convencionales, alimentaríamos el discurso islamista radical sobre los ejércitos invasores de los cruzados contra los entregados defensores del islam. No haríamos sino reforzar el atractivo y la moral de nuestros enemigos, y a la vez debilitar y desmoralizar a nuestros aliados”.

“La campaña contra el islamismo radical no es nuestra guerra. Es una lucha entre musulmanes por el alma y el futuro del mundo musulmán. En último término, solo los musulmanes pueden decidir el resultado”. Por eso, “no debemos tratar de ganar por nuestra cuenta una batalla que solo pueden sostener las fuerzas locales”. Esto no significa que Estados Unidos haya de estar pasivo: tiene que dar “un apoyo limitado pero decisivo a los aliados musulmanes que actúan por su propio interés; pero sin hacer el juego a los que pintarían a esos aliados como colaboracionistas al servicio de los intereses norteamericanos”.

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