Líbano: Gobierno y oposición negocian el reparto del poder político

Beirut. Tal vez el poder y la oposición necesitaban confirmar lo que ya temían, un equilibrio de fuerzas y un enconamiento que ha llevado a la pérdida de 65 vidas humanas, la mayoría jóvenes milicianos. Un despliegue que ha terminado en una reunión en Doha (Qatar), para discutir un nuevo reparto del poder político en el país de los cedros. Si realmente se está perfilando un nuevo Oriente Medio, la situación en el Líbano puede ser considerada como su área de experimentación. Y si el resultado es positivo, se espera que haya repercusiones en toda la región.

El público medio que escuchó el discurso de Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah, transmitido el jueves 8 de mayo por su cadena de televisión, coincidió en otorgarle la razón ante el ya demasiado largo pleito que enfrenta a la oposición con el gobierno libanés desde hace dieciséis meses. Lo que no se sabía era hasta dónde llegaría.

No se entiende -apuntó el líder chiita- por qué el gobierno convierte en un problema actual un asunto que es conocido desde hace muchos años”. El gobierno quería desmantelar el sistema de telecomunicaciones implantado por la resistencia desde el año 2000. “En una situación de guerra -afirmó Nasrallah-, el arma primordial que hay que custodiar es la que garantiza la comunicación, televisión, telefonía celular, aeropuerto, y nosotros estamos dispuesto a luchar por mantener las armas de la resistencia contra quien sea necesario”.

Y para ello demostraron que podían paralizar Beirut y el aeropuerto internacional en solo 48 horas. Una declaración de guerra, a la que se han unido otros partidos, y que degeneró en un enfrentamiento de milicias urbanas en el que se han cobrado todo tipo de deudas pendientes. En las imágenes se han visto enfrentamientos entre adolescentes, jóvenes profesionales que hacen compatible su militancia con su trabajo como empleados de banca, funcionarios medios, obreros con capuchas, sin uniforme, con armas nuevas y desproporcionadamente grandes.

La gente esperaba el desencadenamiento de un cambio que diera salida a una situación insostenible. En el fondo, hacen una lectura optimista de estas circunstancias: ya no se puede llegar más bajo, a partir de ahora hay que comenzar a subir. El país estaba paralizado por pretextos muy variados: fin del plazo administrativo de dos años para elegir a un militar como presidente, diseño de una nueva ley electoral, con otro orden de circunscripciones, elecciones en Irán… y a guisa de broma, el ciudadano de a pie dice: “solo nos faltan las elecciones americanas”.

Toda una serie de circunstancias que, como ya es conocido en la zona, afectan al Líbano. Las conversaciones para salir de la crisis ya se están produciendo. El precio del petróleo y la subida del euro están causando el encarecimiento de la vida diaria. Un tema que el gobierno no logra superar y que es el argumento fulminante de Nasrallah. “No es un enfrentamiento confesional -explicó con vehemencia el líder chiita-: es un proyecto de país en el que ni los americanos ni los sionistas tienen nada que aportar. Tampoco sus seguidores”, señaló categóricamente.

Una demostración de fuerza

Lentamente se habían ido armando las diferentes partes, lanzándose mutuas acusaciones. A lo largo de los últimos meses, la población afiliada a cada partido ha recibido armas y entrenamiento. Hezbollah ha demostrado tener disciplina y capacidad de organización. Pero también se ha visto que los otros pueden defenderse de manera brutal.

Por ello, el hecho de que el poder y la oposición hayan aceptado reunirse en Doha ha sido un gran alivio para los ciudadanos inocentes que se encontraban atrapados entre ambas facciones. “No regreséis si no os ponéis de acuerdo”, se leía en una pancarta de una manifestación de inválidos de guerra, que se presentó en el aeropuerto cuando salían hacia Qatar.

La vuelta a la vía política despierta optimismo en algunos, ya que si se consigue la participación del 40% que representan los chiitas, será más difícil al 60% restante justificar una lógica de guerra y armas. Nasrallah ha reiterado que no le interesa el gobierno del país, sino el reconocimiento de Hezbollah y la proporcionalidad en el reparto del poder. Puntos que ya está obteniendo en Doha. La devolución al Ejército de las posiciones obtenidas en el enfrentamiento de estos días, ha sido considerada por todos como un gesto de colaboración, y de no querer una guerra civil.

Pero, desgraciadamente, después de estos días la brecha entre las diferentes comunidades se ha hecho más profunda. Aunque se llegue al nombramiento de un nuevo presidente aceptado por todos, una nueva ley electoral, y el aumento del número de ministros de la oposición, la realidad es que en la vida cotidiana se mantienen las distancias.

No tenemos los mismos valores y no podremos llegar a tenerlos”, decía un joven cristiano en las cartas al director de un diario francés; y una chica chiita de formación francófona escribía: “Nasrallah me ha complicado la vida, no me interesa la política, no soy extremista, pero nadie me cree; ahora mi única salida es emigrar porque no seré aceptada entre otras comunidades”. Una aseveración un tanto dramática, porque es conocido que en el Líbano sí se puede convivir, mientras que en otros países de la zona es más difícil. Tal vez por eso los diferentes jefes chiitas, suníes y drusos se quedan aquí.

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