Cuando los inmigrantes a Israel son “judíos-musulmanes”

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La “ley de retorno” (1950) es una norma fundamental en el Estado de Israel. Autoriza la inmigración y naturalización automática de cualquier persona que demuestre tener al menos un abuelo judío. La paradoja es que, gracias a esa ley, y a la ayuda de la Agencia Judía, han emigrado últimamente a Israel centenares de musulmanes. Este asunto ha suscitado una viva polémica en el país.

En pocas semanas, señala la corresponsal de Le Monde (20-I-95) en Jerusalén, más de un millar de personas, procedentes de una región de Oriente Próximo bajo protección internacional, han llegado a Israel. La censura impide nombrar el país de origen. Lo curioso es que un porcentaje alto de esos emigrantes -el 40%, según la Agencia Judía; el 80%, según rabinos de la misma comunidad de procedencia-, son musulmanes. Se trata de familias de origen judío, que después se convirtieron al islam, en algunos casos hace ya varias generaciones. Pero pueden justificar que tienen un abuelo judío.

Esta situación contrasta con el hecho de que los palestinos que permanecieron en su tierra durante la creación del Estado de Israel en 1948, no pueden traer a parientes cercanos que dejaron en la banda de Gaza o en Cisjordania.

Yossi Beilin, viceministro de Asuntos Exteriores, explica la situación diciendo que Israel es un país económicamente atractivo, víctima de su propio éxito. Una investigación oficial del pasado otoño revelaba que, del medio millón de judíos procedentes de la antigua URSS, un tercio no lo son en realidad. El ministro de Asuntos sociales es más pesimista y ha llegado a asegurar que un tercio de esos emigrantes rusos son viejos y enfermos, y otro tercio está formado por familias monoparentales, mientras que los jóvenes judíos rusos se marchan a Estados Unidos o Alemania a ganarse la vida.

El problema de la inmigración ha suscitado recientemente un debate público sobre la conveniencia de reformar la ley de retorno. El gran rabinato sostiene que la selección debe ser más rigurosa. Esto supone un paso atrás en la estrategia de la jerarquía religiosa, que, en 1970, apoyó una enmienda que facilitaba la inmigración judía.

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