Los orígenes del terror soviético

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Duración lectura: 14m. 18s.

Hélène Carrère d’Encausse revisa el mito del “buen Lenin”
Hélène Carrère d’Encausse, eurodiputada, miembro de la Academia Francesa y especialista en la historia contemporánea y la actualidad de Rusia, ha publicado un voluminoso y ampliamente documentado estudio sobre Lenin (1). Se trata de uno de los trabajos más destacados de quien hace veinte años, y para escándalo de algunos, pronosticara en L’empire éclaté (1978) la desintegración de la URSS por obra de las nacionalidades que la componían, empezando por la rusa. El propósito del nuevo libro de esta autora francesa es arrojar luz sobre lo que sigue siendo todavía el mito representado por el fundador del Estado soviético.

Más que escribir una biografía, Hélène Carrère d’Encausse ha pretendido releer las fuentes históricas -algunas, desconocidas hasta la apertura de los archivos soviéticos- para perfilar el verdadero Lenin oculto tras el mito.

Vladimir Ilitch Ulianov, que tomara el nombre de Lenin tras su destierro en las tierras siberianas bañadas por el río Lena, no ha figurado en el catálogo oficial de dictadores del siglo XX. Desde los años cincuenta, los horrores del sistema soviético se han atribuido en exclusiva a Stalin. En cambio, Lenin ha tenido numerosos hagiógrafos, de Georg Lukacs a Edward Carr.

Según la interpretación que todavía circula, Lenin fue el revolucionario idealista, y Stalin, el implacable gestor que impuso el totalitarismo con la burocratización del Partido y la creación de una formidable maquinaria del terror. Esta teoría no ve continuidad, sino ruptura entre la época de Lenin y la de Stalin, y subraya la prevención con que el primero miraba al sucesor. También se atribuye a Lenin el mérito de haber sabido cuestionar la democracia “formal” y se justifican los “excesos” cometidos bajo su gobierno por la necesidad de defender el proyecto revolucionario leninista, “en sustancia” legítimo.

El totalitarismo comenzó con Lenin

Carrère d’Encausse muestra que fue Lenin quien forjó el partido y la policía política que implantaron el poder totalitario. Los brotes de violencia antisemita, los campos de concentración, los asesinatos masivos -como el genocidio de cosacos- comenzaron con él. La historiadora francesa se detiene en el examen de documentos antes secretos, que revelan la minuciosidad con que Lenin conducía la represión. Y prueba que el distanciamiento entre Lenin y Stalin no empieza hasta finales de 1922.

Pese a la caída de los regímenes comunistas, en Rusia persiste en cierta medida el mito de Lenin, aunque muchas de sus estatuas hayan sido retiradas de las plazas públicas o Leningrado haya vuelto a llamarse San Petersburgo. Y en Occidente las cosas tampoco han cambiado demasiado, en cuanto esa trinidad mítica constituida por Marx, Engels y Lenin sigue siendo una referencia para quienes predican una vuelta a los orígenes, a los padres fundadores del marxismo. De ahí que la lectura del libro de Carrère d’Encausse resulte esclarecedora para conocer, por medio de textos de Lenin o de sus allegados, lo que hay detrás del mito leninista.

Lecturas e influencias

“Sobre todo, leer”. Con esta expresión define certeramente la autora una de las principales actividades del joven Vladimir Ulianov, expulsado de la universidad de Kazán por sus actividades de propaganda política y forzado a refugiarse en una finca propiedad de su familia. Al tiempo que trata de continuar como alumno libre sus estudios de Derecho, Lenin se empapa de libros de economía, sociología o historia. Y es que todo ideólogo que se precie debe ser un gran lector. No es casualidad que posteriormente Lenin tuviera en común con algunos de sus compañeros de partido el haber pasado muchas horas de su vida en las salas de lectura del Museo Británico o de la Biblioteca Nacional de París.

Es sabido que Mussolini también fue un gran lector, pero no supo edificar un sistema político coherente. Por el contrario, la personalidad de Lenin se caracterizaba por un voluntarismo exacerbado. La transformación política de su país, primer paso para la revolución mundial, era un objetivo ante el que no se debería escatimar ningún medio por implacable que fuera. A este respecto, Carrère d’Encausse resalta las influencias que en la genésis del pensamiento leninista tuvieron pensadores como Piotr Tkatchev, un hombre que no creía en las virtudes específicas del pueblo. El pueblo era necesario para hacer una revolución, pero no poseía una sabiduría histórica innata, y había, por tanto, que modelarlo y dirigirlo. En consecuencia, Tkatchev rechazaba cualquier planteamiento populista (de los que prácticamente tendían a “sacralizar” al campesino ruso) o anarquista (pues no creía en la iniciativa de las masas). De ahí que toda revolución pasara por la toma del poder, no por las masas, sino por una minoría de revolucionarios perfectamente organizada.

Cincuenta años antes de la toma del poder por los bolcheviques, Tkatchev es de hecho el primer teórico de la revolución rusa. Sus escritos serán esenciales para que Lenin pase del plano de la teoría al de las estrategias concretas, para las que no escatimará brutalidad y cinismo, término este último aplicado con frecuencia a Lenin en los testimonios empleados por Carrère d’Encausse.

La minoría de revolucionarios a la que se refería Tkatchev fue materializada por Lenin en el Partido, el único poseedor de la conciencia del proletariado, según sus propias palabras. No es casualidad que los primeros años del siglo XX, época de militarismos e imperialismos, alumbraran una ideología que sería la primera en militarizar la política a través de un partido centralizado, jerárquico y autoritario. Una organización dominada, según palabras de Lenin, por la “unidad de la voluntad”, unidad que sólo podría alcanzarse, por supuesto, con la eliminación de todas las voluntades particulares, de los errores o de las desviaciones.

La impronta del totalitarismo

No será extraño, por tanto, que las primeras líneas de ¿Qué hacer?, la primera obra importante de Lenin, afirmen textualmente lo siguiente: “El Partido se refuerza depurándose”. Así pues, en 1902 ya se ha proclamado abiertamente una ley inexorable en los partidos comunistas a lo largo del siglo XX. ¿Qué hacer? anuncia quince años antes de la revolución lo que Lenin se propone. No hay aquí debates filosóficos o reflexiones sobre el sentido de la Historia; pero, como recalca Carrère d’Encausse, esta obrita será “una especie de biblia para todos los partidos comunistas del mundo”.

La historiadora francesa resalta no pocas veces que las tomas de posición de Lenin al llegar al poder están ya presentes en los escritos de su etapa de revolucionario, marcada por veinte años de exilio en Gran Bretaña, Francia, Suiza o Polonia. Así, por ejemplo, su impronta totalitaria no excluye en absoluto el campo de la creación intelectual: “La literatura debe ser partidista. Debe ser una parte de la causa del proletariado … Los diarios deben estar en manos del Partido. Los escritores deben entrar en las organizaciones partidistas… Se trata de la literatura del Partido, y del control que el Partido debe ejercer sobre ella”.

Quien conozca la historia del Estado soviético comprobará la coherencia de las actuaciones de sus gobernantes con esas palabras, que Lenin escribió en 1905. Este control de la vida intelectual, que comenzaría tras la revolución con la supresión de la libertad de prensa, formaba parte del objetivo de crear un hombre nuevo.

Leninismo y autodeterminación

La trayectoria de Lenin responde a la decisión de no desaprovechar oportunidad que pudiera encaminarle a sus objetivos revolucionarios. La I Guerra Mundial le brindaba una ocasión, pero también los nacionalismos de diverso pelaje que habían desencadenado el conflicto, habida cuenta de que el imperio zarista estaba compuesto por un complejo mosaico de nacionalidades. Una visión simplista del marxismo habría llevado a dar por inamovible el conocido slogan de que los proletarios no tienen patria.

Sin embargo, aquel consumado estratega que era Lenin aceptó desde el comienzo el principio de autodeterminación de las nacionalidades, con la previa aclaración de que, a la postre, esto debía ser entendido como la autodeterminación del proletariado. Así pues, al pretender Lenin que el nacionalismo no fuera una cuestión exclusiva de la burguesía, estaba abriendo el camino a un marxismo revolucionario de tintes nacionalistas. Este, por así decirlo, “nacional-marxismo” haría fortuna sobre todo en los países que alcanzaron su independencia tras la II Guerra Mundial. La táctica leninista no dejó de recomendar asociarse también con los movimientos nacionalistas no proletarios, para así reforzar el Partido y acelerar el curso de la revolución. Una vez alcanzado el poder, sería la hora de ajustar cuentas con el nacionalismo burgués.

Con semejantes planteamientos, puramente tácticos, se comprende asimismo el desprecio de Lenin por el concepto de “cultura nacional”. La única cultura que le interesaba era la “cultura internacional del movimiento obrero mundial”, en otras palabras, la revolución mundial. Pero, para propagarla, Lenin necesitará de un instrumento: un Estado con los suficientes territorios y recursos. En consecuencia, la autodeterminación de las nacionalidades del viejo imperio zarista tendrá sus días contados. Al igual que sucediera en el Partido, el llamado centralismo democrático presidirá la construcción del Estado federal plurinacional que vio la luz en 1924.

Disolución de la “democracia burguesa”

Es sabido que la revolución de febrero de 1917 sorprendió desprevenido a Lenin en Zurich, y que las autoridades alemanas le dejaron atravesar los territorios por ellas controlados para que pudiera regresar a Rusia y desencadenar una revolución que contribuyera a la derrota militar del enemigo. La ayuda alemana será también de orden financiero, aunque Lenin tratará de salvar las apariencias al solicitar que el vagón acorazado en que viaja con sus acompañantes goce de un status de extraterritorialidad e incluso intentará en vano que los socialistas franceses apoyen públicamente su regreso a Rusia. No conseguirá este apoyo, y sus adversarios políticos en Rusia le reprocharán a menudo su actitud.

Pero a Lenin tan sólo le interesa la conquista del poder por la vía rápida, aunque cuando llega a Rusia comprueba que muchos de sus compañeros no comparten sus tesis de un asalto inminente al poder. Por lo demás, la aceleración de los acontecimientos contribuirá a que caiga en el olvido su interesada cooperación con el gobierno del Kaiser.

Decía Trotski que ni la paz ni la guerra tenían interés para Lenin, pues lo único que le interesaba era la revolución. Tampoco le interesaba la “democracia burguesa”, simbolizada por aquella Asamblea Constituyente, elegida por sufragio universal, por primera vez en la historia rusa, pocas semanas después de que los bolcheviques tomaran el poder. Dos tercios de los diputados elegidos eran hostiles al Partido de Lenin. De ahí que las mecanicistas convicciones de Lenin sobre la Historia, que consideraba la Asamblea como la “emanación de una conciencia social pre-revolucionaria”, significan la sentencia de muerte para una institución que tenía la desgracia de pertenecer a un estadio histórico anterior a la revolución proletaria. La oposición, como decía Trotski, era arrojada al “basurero de la Historia”.

Un mito que ha sobrevivido

En poco más de cuatro años, el leninismo se consolidó tras haber establecido unas prácticas que en lo esencial se prolongarán hasta finales de los años ochenta. Pero el mito del “buen Lenin” sobrevivió a la caída de los regímenes comunistas. La imagen de Lenin ha seguido siendo la del ideólogo, no la del político. No se aprecia aún lo suficiente la abismal diferencia entre sus proclamas humanistas y unos métodos inhumanos carentes de piedad.

En definitiva, se ha salvado la reputación de Lenin al presentarlo como la encarnación de la teoría ortodoxa, es decir, la del proyecto de Marx, que, en opinión de algunos, nunca se ha llevado verdaderamente a la práctica. Y cuando se ha idealizado una teoría, lo que menos importa es el comportamiento cínico, pragmático u oportunista de Lenin. Pero el libro de Carrère d’Encausse certifica que el terror soviético estaba inscrito en la ideología.

Aplastar al adversarioLlegado al poder por la fuerza, Lenin empleará la fuerza para conservarlo. En poco más de cuatro años, antes de ser afectado por una grave enfermedad neurológica que le privará del habla y de la memoria hasta su fallecimiento en enero de 1924, logrará mantenerse en él contra una sociedad que mayoritariamente le rechaza, edificará un Estado todopoderoso, reconstruirá el imperio ruso, que se estaba disgregando tras la guerra y la revolución, y enarbolará la bandera de la revolución mundial.

La conservación del poder pasará inexorablemente por el terror. La expresión “depurar”, utilizada en ¿Qué hacer?, no se aplicará sólo al Partido. En el verano de 1918 surgen ya los campos de concentración, de los que el primero es el del monasterio de las islas Solovki, y a ellos se envía a todos aquellos que se inscriben en las categorías precisadas por Lenin: “Sacerdotes, soldados blancos, kulaks y otros elementos dudosos”.

En otras ocasiones, los métodos serán aún más expeditivos, como en el aplastamiento de la rebelión campesina de Tambov (1921), con el empleo de gases asfixiantes contra los sublevados. Subraya Carrère d’Encausse que Lenin, para preservar su imagen, daba en secreto la mayor parte de sus órdenes de fusilamientos o deportaciones.

Las frases escuetas del líder son elocuentes. “Guardar en los archivos”: este es el comentario que anota Lenin en los documentos en que se le pide clemencia para los perseguidos. En otras ocasiones, Lenin procura guardar más las formas, como en un texto fechado el 21-XI-1919 y adoptado por el Politburó del Partido, sobre la situación en Ucrania, tras ser recuperada por las tropas bolcheviques: “Tratar a los judíos y a los habitantes de las ciudades con vara de hierro, y no dejarles entrar en el gobierno”. Lenin añade al margen de la palabra judíos este comentario: “Expresad esto más suavemente: pequeña burguesía judía”.

Otros testimonios aducidos por la autora se refieren a las relaciones de Lenin con la Iglesia ortodoxa. Si bien fue bautizado y contrajo matrimonio religioso, nunca manifestó interés alguno por una fe que había perdido muy tempranamente. Lenin parte del postulado de que la religión es un producto de la opresión del pueblo, de su necesidad de encontrar un consuelo. No cabe, por tanto, plantear debate alguno ni con la religión ni con cualquier movimiento filosófico que pretenda ser compatible con ella. Sólo cabe una guerra abierta.

Destruir a la Iglesia

Así, con ocasión de la hambruna desatada en Rusia tras la guerra civil, en un documento calificado de “muy secreto” y que dirige Lenin a Molotov el 19-III- 1922, pueden leerse estas palabras: “Para nosotros, este es el momento en el que tenemos el 99% de posibilidades de destruir al enemigo [la Iglesia] y asegurarnos una posición indispensable para las décadas siguientes. Es precisamente ahora, y solamente ahora, cuando en las regiones hambrientas la gente se alimenta de carne humana y centenares -por no decir miles- de cadáveres se pudren en las carreteras, es ahora cuando podemos -y debemos- llevar a cabo la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la violencia más salvaje e implacable. Debemos, pase lo que pase, confiscar los bienes de la Iglesia lo más rápidamente posible y de un modo decisivo, para asegurarnos un fondo de varios cientos de millones de rublos en oro. Sin este fondo, resulta inconcebible ninguna labor del gobierno en general, ningún esfuerzo económico en particular…”. El documento prevé también “la ejecución del mayor número posible de representantes del clero reaccionario y de la burguesía reaccionaria… Cuanto mayor sea el número de ejecuciones, mejor”.

Según Carrère d’Encausse, este texto siguió siendo secreto hasta que fue sacado clandestinamente de los archivos y dado a conocer en Francia en 1970, aunque sería enseguida calificado de falso. Sin embargo, en 1990, su autenticidad fue ratificada por el Comité Central del Partido.

Antonio R. Rubio_________________________(1) Hélène Carrère d’Encausse. Lénine. Fayard. París (1998). 684 págs. 168 FF. Otras obras de la misma autora reseñadas en Aceprensa: Victoriouse Russie (servicio 16/93), La gloire des nations ou la fin de l’Empire soviétique (servicio 5/91), Le grand défi. Bolcheviks et nations (servicio 33/88), Ni paix ni guerre (servicio 148/86).

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