Pedro Castillo: entre la utopía populista y el desgobierno

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Duración lectura: 7m. 39s.
Pedro Castillo, mensaje a la nación, 4-04-2022

El presidente del Perú, Pedro Castillo, durante un mensaje a la nación, 4 abril 2022
(CC Presidencia de la República del Perú)

 

El ideólogo marxista Antonio Gramsci afirmó que una crisis se da cuando algo viejo está muriendo y no termina de morir y al mismo tiempo algo nuevo está naciendo y no termina de nacer. En el contexto peruano cabría preguntarse si el presidente de la República, Pedro Castillo, representa lo viejo o lo nuevo.

¿El primer mandatario peruano es un ejemplo más de la fragilidad en las instituciones políticas peruanas arrastrada desde hace años? O, por el contrario, ¿Castillo representa una nueva cara que podría terminar por desplumar al viejo régimen y arrasar con todas las instituciones? El país inca vuelve a mostrar los pesares de una grave enfermedad, bastante contagiosa por cierto, llamada “inestabilidad institucional”; sus síntomas más frecuentes son la incertidumbre política, la social y finalmente la económica.

Comencemos por la política. En los últimos seis años, el país ha tenido cinco presidentes. Y de los últimos nueve previos al actual, ocho han sido acusados de corrupción y algunos están presos, otros prófugos y uno de ellos, Alán García, se suicidó en abril de 2019 minutos después de recibir a la policía que lo buscaba para arrestarlo. En este contexto, Castillo ganó la elección de manera muy ajustada, en segunda vuelta el 6 de junio de 2021 y frente a Keiko Fujimori, hija del expresidente autócrata Alberto Fujimori, y que hoy sigue polarizando a la sociedad peruana.

En menos de un año han pasado por el gobierno de Castillo 50 ministros, que han durado en sus cargos una media de 3 meses y 27 días

El voto a favor de Castillo fue en gran medida un rechazo al fujimorismo y una oportunidad para este outsider; maestro de escuela y dirigente magisterial. Sin embargo, y quizás con menor importancia para los peruanos, pero siendo un asunto fundamental para comprender el fenómeno, Castillo es hijo político del grupo terrorista ya extinto Sendero Luminoso, conocido por sus vínculos con el narcotráfico y su parentesco con las guerrillas marxistas de otro país andino, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) también colombiano. Bajo esa inspiración todo parece indicar que el presidente y su equipo de ideólogos han conquistado el poder democráticamente para justamente socavar la democracia; una paradoja escandalosa pero finalmente astuta en lo que respecta a sus pretensiones.

La legitimidad cuestionada de Castillo

El Perú vive días tensos. Protestas ciudadanas en todo el país y toques de queda improvisados desde el gobierno enmarcan la coyuntura actual. En este sentido, Castillo vive su peor crisis desde que llegó al poder, hace menos de un año. Su falta de legitimidad se refleja en la alta rotación de sus ministros: por ejemplo, hasta el mes de febrero y apenas con seis meses en el poder se habían cambiado 29 ministros y hasta el mes de marzo se habían nombrado 50 ministros. La alta rotación arroja un promedio de duración por ministro de apenas 3 meses y 27 días.

Esto habla de una carencia de liderazgo, por un lado, y una falta de visión de país, por el otro. En otras palabras, son pocos los que están dispuestos a embarcarse en un gobierno que se asemeja más a un “barco inmerso en una tormenta” y sin rumbo definido, que a una administración que tiene claridad sobre el futuro cercano. La discutida legitimidad resulta una consecuencia directa de la improvisación.

En ese sentido, el actual gobierno también presenta síntomas de impopularidad. Según una encuesta divulgada por el medio impreso El Comercio, apenas el 26% de los peruanos aprueban la gestión de Castillo y 66% la desaprueba. Con estos números resulta difícil mantener la gobernanza, esto es, generar consensos y finalmente un equilibrio entre la sociedad civil, los partidos de oposición y el propio Congreso con el poder ejecutivo.

La oposición política demanda la renuncia del presidente pero está dividida y no ofrece un programa claro

Desde la misma campaña electoral, Castillo apostó a la confrontación; en primer lugar, en contra de los políticos tradicionales apelando a una polarización y a identificar enemigos políticos, no adversarios. Igualmente, se enfrentó a los medios de comunicación y a los empresarios. Hoy Castillo recoge la cosecha de dicha siembra. Los medios le dan la espalda, la sociedad civil cada vez confía menos en él y los partidos opositores en lugar de plantearse un diálogo con el gobierno, parecen decididos a lograr su sustitución; ya sea por la renuncia o por la destitución desde el Congreso.

¿Y la oposición?

Los grupos antagónicos al gobierno de Castillo se encuentran fragmentados y ejerciendo más un papel de “oposicionistas” que de verdadera alternativa. En su comprensible indignación y ansias de movilizarse, el liderazgo atomizado sigue clamando la renuncia de Castillo y poniendo el foco en el caos; sin embargo, hay poca evidencia de un discurso que muestre un Perú nuevo, con una opción distinta alejada de lo común y de la eterna polarización. En la exclamación confrontativa del “Castillo renuncia ya” hay una evidente carencia de proponer una agenda hacia el futuro.

El peligro de ese enfoque reduccionista de la realidad le podría dar oxígeno al gobierno para ir reubicándose mientras el liderazgo opositor se pone de acuerdo y ve cómo capitaliza el descontento en la calle. En este sentido, y dadas las circunstancias, el tiempo juega en contra de la oposición y a favor del gobierno. En la dilatación gana Castillo, en la premura gana la oposición.

Números de la economía

La agencia calificadora de riesgo Moody’s ha afirmado que ve improbable que Castillo termine su mandato. La predicción golpea las expectativas económicas del país. Por su parte, Standard & Poor’s rebajó a BBB- su calificación crediticia con respecto a la deuda del gobierno, segunda más baja, producto precisamente del conflicto político; como es lógico, esto supone un duro golpe para la inversión extranjera.

En este marco, vale recordar que el Perú fue una de las economías más perjudicadas por la pandemia, registrando, por ejemplo, una contracción del 11% durante el 2020. A pesar de una recuperación económica (para enero de este año se registró un crecimiento interanual de 2,86% con respecto al 2021), la estimación que hacen las agencias calificadoras de riesgo no se fundamenta únicamente en el conflicto político y social sino también en el hecho de que en marzo de este año el país registró la inflación más alta de los últimos 24 años. Los precios al consumidor se incrementaron en 6,82% con respecto a un año y el Banco Central de Reserva del Perú elevó el pronóstico de la inflación para este año de 2,9% a 3,6%. Sin embargo, dichos números podrían quedarse cortos si la crisis se prolonga, si el presidente no da un “golpe de timón” (cosa que parece improbable) que genere algo de confianza en los mercados internacionales y que estimule la inversión doméstica, es decir, que no haya fuga de capital nacional.

Destrucción de la institucionalidad o transición

La utopía populista de Castillo tendrá dos resultados posibles y finalmente antagónicos. El primero de ellos se da cuando el líder ha ganado la batalla secuestrando la institucionalidad y procurando que la cleptocracia consiga su espacio en el Palacio presidencial. En este caso, la crisis le habría servido al presidente para “huir hacia adelante”. El segundo escenario termina por ser lo contrario: el fin de este gobierno y el inicio de una transición que procure unas nuevas elecciones para elegir otro. En ambos escenarios, quien tiene mayor capacidad de maniobra es el primer mandatario. Quien ostenta el poder se asegura un margen de acción que podría bastarle para fortalecerse y salir airoso, o bien, permitir una transición renunciando a su cargo pero bajo unos términos de negociación que le asegure su propia libertad.

En este contexto, habría que ver lo que ocurra en los próximos días y finalmente quién ganará esta contienda, si el presidente dinamitando cualquier vestigio de insurrección tanto en los círculos de poder como en la gente, o bien, una ciudadanía que movilizada en la calle, sirviendo de instrumento de presión, termine por romper el dique y logre que un presidente que ya es retratado como ilegitimo por muchos comience a formar parte de la lista de aquellos que fueron sustituidos a la brevedad y ya se cuentan como expresidentes del Perú.

Alejandro G. Motta Nicolicchia
Director de la consultora Thinko Consulting
@mottafocus

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