Laogai: versión china de los gulag soviéticos

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Duración lectura: 4m.

Mientras la antorcha olímpica sigue su camino hacia Pekín, la cuestión de los derechos humanos en China atrae la atención de la opinión pública internacional. Aparte de la situación en el Tíbet, se ha empezado a hablar también del sistema penitenciario laogai, donde los detenidos pueden pasar años sin juicio previo.

Laogai es una contracción de las palabras Laodong Gaizao Dui, que significan “reforma a través del trabajo”. Los laogai son parte integrante del sistema penal chino, y tienen dos funciones: la primera, la reeducación del prisionero, que debe reconocer sus errores y aprender a comportarse como un “buen revolucionario”. La segunda función esencial es proporcionar al Estado una fuerza de trabajo a coste cercano a cero.

No es difícil que semejante sistema traiga a la memoria los campos de concentración nazis o soviéticos. Aquellos son tristes recuerdos del pasado, pero los laogai continúan funcionando hoy: “Apenas se sabe nada sobre la articulada complejidad del sistema de campos de trabajos forzados que habían mantenido, y mantienen, encarcelados a millones de ciudadanos chinos en condiciones brutales y deshumanizadoras, y en la mayoría de los casos, sin sentencia ni juicio previo”. Lo denuncia un disidente llamado Harry Wu, 71 años, en el libro Vientos amargos: memorias de mis años en el gulag chino, que será próximamente editado en España por Libros del Asteroide. También ha sido traducido recientemente al italiano con el título Controrivoluzionario. I miei anni nei Gulag cinese. Wu estuvo ingresado en uno de estos campos durante 19 años, y fue liberado en 1979. Desde 1985 vive en Estados Unidos. Allí dirige la Laogai Research Foundation (laogai.org), una institución fundada en 1992 que pretende mostrar esta realidad al mundo en un intento de acabar con ella.

El sistema penal chino reconoce al gobierno el derecho de arresto y detención de disidentes sin cargos formales. Los laogai son comúnmente usados para castigar y suprimir, entre otros delitos, la disidencia política y religiosa: han sido habitualmente usados, por ejemplo, contra la secta taoísta Falun Gong, pero también contra movimientos cristianos.

Ya en 1994, el aumento de la atención internacional sobre el sistema laogai hizo que el gobierno chino retirase el término de los documentos oficiales. Pero el mecanismo represivo, aun con seudónimo, mantiene idénticas características a las que tuvo en época de Mao, cuando fue creado. “Reforma primero y producción después”: así está escrito aún en las puertas de estos campos, en un tétrico paralelismo con las leyendas de Auschwitz o Dachau. Lo único que ha cambiado es la proporción de presos según las motivaciones: ahora, el 80% de los retenidos son presos comunes y el restante 20%, políticos. Pero la estrategia que se sigue en los campos permanece inalterada: “Tienes que renunciar a tus creencias políticas y religiosas -explica Wu-, tienes que reconocer que vives por y para el comunismo: ese es el objetivo”.

Wu cuenta la experiencia inhumana que vivió en estos campos. Las condiciones sanitarias eran pésimas; la alimentación, exigua, y la tasa de mortalidad, muy elevada. “Trabajábamos 18 horas al día, siete días a la semana y durante todo el año”, cuenta Wu. A los prisioneros se les exigía alcanzar una cuota de trabajo preestablecida, y la comida estaba en función de dichos objetivos. Las actividades son muy diversas: industria química, fábricas de materiales, acerías, minas… hay de todo. Menos solidaridad, porque las condiciones de trabajo son tan extremas y la alimentación tan escasa que la deshumanización es total.

Usar a los prisioneros como fuerza barata de trabajo tiene también su importancia para financiar con divisas al régimen comunista. Así lo explica Harry Wu: “En 1991, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que prohibía las importaciones de bienes producidos en campos de trabajos forzados. Y los chinos dicen que no lo hacen, que los productos de los campos laogai no son para exportación. Pero en realidad, sí lo son. Lo que pasa es que son exportados indirectamente. Las empresas de laogai son los productores, pero no los venden directamente al extranjero, sino a una compañía de comercio estatal, y estas a su vez los venden en el extranjero”.

Según la Laogai Research Foundation, cada año mueren en los campos entre 8.000 y 10.000 presos. Para Harry Wu, aquí está la respuesta a una de los misterios del otro lado de la gran muralla: ¿cómo es posible que en China existan 13.000 trasplantes de órganos al año si no hay donaciones? “De esos 13.000 trasplantes, el 95% son de prisioneros ejecutados”, concluye Harry Wu.