Guardianes de nuestros hermanos

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Duración lectura: 2m. 22s.

Frente al énfasis excesivo que la cultura actual pone en la autonomía individual y los derechos subjetivos, Ryan T. Anderson –investigador de la Heritage Foundation y director de la revista de pensamiento Public Discourse– explicó a los alumnos que se graduaron este año por la Regent University (Virginia) que la auténtica libertad exige tener en cuenta la suerte de los demás.

En una sociedad marcada por el relativismo es fácil presentar la libertad con unos tintes demasiado individualistas. Si se concibe al hombre como única medida de sí mismo, no es extraño que algunos reivindiquen “el derecho a hacer lo que nos venga en gana siempre que no dañe a terceros, con lo que en realidad quieren decir: siempre que nadie proteste (ya os imagináis en qué posición deja esto al vulnerable, al marginado, al no nacido)”. O bien que reivindiquen el derecho “a satisfacer los propios deseos sin calibrar las consecuencias ni las críticas, y además de forma subvencionada”.

Anderson quiso equilibrar las cosas, mostrando que los seres humanos no somos individuos aislados; que además de derechos tenemos deberes. “Muchos piensan que no tienen más responsabilidades que las que contraen con quienes ellos quieren. Pero ¿y si tuvierais también obligaciones que no habéis elegido? ¿Y si tuvierais también obligaciones hacia vuestros vecinos, por el mero hecho de existir?”.

Junto a los deberes nativos que cada cual tiene como miembro de una sociedad, enumeró otros que adquieren quienes han estudiado en una institución de inspiración cristiana: la responsabilidad de adoptar lo mejor de Atenas y Jerusalén; la de mostrar la armonía entre fe y razón; la de dar la cara por sus ideas aunque sean impopulares; la de conocer, amar y honrar a Dios; la de defender la libertad religiosa…

Anderson encuadró su reivindicación a favor de los deberes en el contexto de la llamada al amor que Dios dirige a cada persona: “Dios es amor. Y Él nos invita a participar de su naturaleza divina. (…) De ahí que tengamos la elevada vocación de amarnos unos a otros como Dios nos ha amado”. Vistas así, las responsabilidades adquieren un nuevo sentido.

Unida a la experiencia del amor está la de la libertad para la excelencia. Anderson lo ilustra con un ejemplo clásico: un músico puede invocar el derecho a aporrear el piano como le plazca, pero también puede elegir el amor a la belleza. Lógicamente, eso le llevará a tomarse en serio ciertas responsabilidades como practicar escalas, arpegios, acordes… y a cambio ganará la libertad de crear sus propias melodías. En este sentido, “las reglas musicales no son barreras para nuestra libertad, sino las vías del tren que permiten llevar nuestra libertad a algún lugar concreto”.