Grietas en el paradigma cortoplacista

Grietas en el paradigma cortoplacista

La crisis del coronavirus nos ha puesto de forma abrupta ante la realidad de un tiempo que escapa a nuestro control: nos gustaría adelantar los relojes para que la pandemia pase pronto, y no podemos. En condiciones menos dramáticas, sin embargo, sí es posible anticiparse al futuro tanto para prevenir graves riesgos como para forjar una visión más inclusiva del progreso.

“Imaginemos el siguiente escenario. En cuestión de días, una epidemia de gripe letal se propaga por todo el mundo, interrumpiendo el comercio y el turismo, desatando un caos social, destrozando la economía global y poniendo en peligro decenas de millones de vidas”. La amenaza descrita el pasado octubre por los responsables del informe Un mundo en riesgo, comisionado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Banco Mundial, se ha hecho realidad con el coronavirus.

Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra de Noruega y ex directora general de la OMS, y Elhadj As Sy, secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, se quejaban de la falta de previsión de los gobiernos frente a posibles pandemias. Y concluían que el coste de la prevención no era tan desorbitado: “La mayoría de los países necesitaría gastar apenas entre uno y dos dólares por persona por año para alcanzar un nivel aceptable de preparación para una emergencia sanitaria, según datos del Banco Mundial”.

No es la primera vez que Brundtland dirige un estudio con perspectiva a largo plazo para afrontar los problemas del presente. Ella da nombre al famoso Informe Brundtland (Nuestro futuro común), considerado un texto de referencia por el movimiento en defensa de las generaciones futuras. Desde que se publicó en 1987, ha ido tomando fuerza en la sociedad la idea de no endosar los costes de nuestro estilo de vida a quienes vienen detrás.

Pero los beneficios de la visión a largo plazo no son evidentes. De hecho, como explica el periodista Richard Fisher, esa forma de pensar desafía nuestras tendencias naturales –el altruismo intergeneracional no sale solo– y choca de frente con determinados ritmos sociales, como el ciclo electoral o el de noticias de 24 horas. ¿Quién quiere que le suban los impuestos para garantizar el bienestar de los que están por nacer? ¿Y qué incentivos tiene un político que se juega su puesto en las próximas elecciones para abrir debates impopulares, como la reforma de las pensiones, la reducción de la deuda pública, el abuso de los antibióticos, la gestión de los residuos nucleares, los riesgos de un progreso tecnológico desbocado o la obsesión con el crecimiento del PIB?

Expoliar el futuro

Para concienciar sobre los derechos de las generaciones venideras, algunos apelan a poderosas visiones morales. Es el caso del filósofo y politólogo Roman Krznaric, quien denuncia el “robo intergeneracional que subyace a nuestra dominación colonial del futuro”. Al igual que los colonizadores de los siglos XVIII y XIX consideraban los territorios invadidos como “tierra de nadie”, dice, hoy se percibe el futuro como “un tiempo de nadie”; “un tiempo vacío” de habitantes, del que se puede tomar a voluntad y sin rendir cuentas a nadie.

En parecidos términos, el sociólogo Zygmunt Bauman criticaba en su libro Vidas desperdiciadas (2005) el sesgo típicamente occidental de los discursos malthusianos que piden limitar el crecimiento de la población, como hacía el Informe Brundtland. “¿No somos nosotros –los ricos, los despreocupados consumidores de los recursos del planeta– los auténticos ‘parásitos’, ’gorrones’ y ‘saboteadores’ planetarios?”.

Y añadía: “Parece formar parte de la esencia de nuestras preocupaciones por la ‘superpoblación’, al menos en su versión actual, el hecho de centrarse en ‘ellos’, no en ‘nosotros’. (…) Lo derrochador es la fertilidad ‘de ellos’, toda vez que ejerce una presión excesiva e insoportable sobre su ‘sistema de preservación de la vida’, cuya energía y demás recursos sería preferible explotar con el fin de mantener nuestra forma de vida, cada vez más caprichosa, voraz y sedienta de combustible. Por consiguiente, son ‘ellos’ los que pueblan en exceso nuestro planeta”.

Reinventar la democracia

En su configuración actual, explica Krznaric, la democracia representativa esconde “un punto ciego”: no tiene en cuenta cómo afectan las decisiones políticas de hoy a los ciudadanos del mañana, que carecen de voz para negociar sus intereses.

Para remediar este problema, varios países han creado la figura de un representante que hable en nombre de las generaciones futuras. Hay ejemplos en Gales, Finlandia, Suecia, Hungría, Nueva Zelanda, algunos ayuntamientos de España… La mayoría formulan recomendaciones no vinculantes, pero hay excepciones: en Gales, los organismos públicos están obligados por ley a tener en cuenta el impacto a largo plazo de sus decisiones; en Israel, una comisión ya extinta contaba con poder de veto sobre las leyes que afectaban a determinadas áreas…

Hoy se percibe el futuro como “un tiempo de nadie”, dice Krznaric

A algunos, estos experimentos les parecen insuficientes y piden medidas más radicales para garantizar la perspectiva a largo plazo. Krznaric pone de ejemplo la propuesta de un veterano ecologista canadiense que aboga por sustituir los parlamentos por asambleas de ciudadanos que no son políticos, elegidos por sorteo para un mandato de 6 años. Esto les liberaría de la presión del ciclo electoral.

Otro ejemplo es el movimiento Future Design, que ha promovido en varios municipios de Japón asambleas ciudadanas, donde unos toman decisiones como vecinos actuales y otros votan poniéndose en el pellejo de quienes vivirán allí a partir de 2060.

Entretanto, y a la espera de que la solidaridad intergeneracional se convierta en un valor dominante, en EE.UU. la organización dirigida por jóvenes Our Children’s Trust ha decidido tomar la iniciativa y combatir la degradación del medio ambiente a través de demandas judiciales contra medidas que les perjudican.

¿Hacia un nuevo paradigma?

La perspectiva a largo plazo no solo tiene aliados en la política. Beatrice Pembroke y Ella Saltmarshe, impulsoras del Long Time Project, informan de iniciativas que están impulsando esta visión en ámbitos como la economía, la ciencia, la tecnología, el diseño o la investigación académica. Los proyectos son variados y van desde el alarmismo que solo ve amenazas existenciales en el futuro, hasta los que plantean horizontes más esperanzadores. En cualquier caso, coinciden en el inconformismo frente a una visión del progreso que deja fuera a las generaciones venideras.

Ellas mismas defienden el valor del arte y de la cultura para ayudar a las personas “a expandir su percepción del tiempo”. Lo que, a su juicio, puede animarles también a cambiar su forma de vivir. Lo ilustran con la experiencia de la fotógrafa Rachel Sussman, fascinada por la noción de “tiempo profundo”: ese que nos saca del aquí y ahora, conectándonos con la historia del universo. Sussman ha aprendido que vivir atenta a las consecuencias de sus acciones en el largo plazo, le exige disminuir la velocidad que demanda la sociedad actual.

Una de las iniciativas más interesantes que mencionan Pembroke y Saltmarshe es Cathedral Thinking, un proyecto que difunde la forma de pensar que caracterizó a los constructores medievales de catedrales: arquitectos, albañiles y artesanos –explican sus promotores– trazaban planos y soñaban con levantar lugares de culto que no verían terminados, pero que disfrutarían millones de personas varios siglos después. En la actualidad, esta visión está sirviendo para inspirar nuevos hábitos en el mundo empresarial, la planificación urbanística o el cuidado del medio ambiente.

La noción de “pensamiento catedral” bien podría servir para inspirar un nuevo paradigma que guíe nuestros modos de vida, un asunto del que se está empezando a hablar con motivo del coronavirus. Jean Hegland, autora de la novela distópica En el corazón del bosque, lo planteaba en una reciente entrevista: “Una de las lecciones más importantes que debemos aprender de esta pandemia es cuán interconectados estamos como especie y cuán precaria era nuestra forma de vida actual. (…) Si esta crisis puede enseñarnos a reducir la velocidad, prestar más atención a lo que hacemos y con quién, comprar menos y crear más, aprender todo lo posible y desperdiciar lo mínimo, algún día podremos decir que aprovechamos bien este horrible momento”.

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