Experimentos para favorecer la opinión informada

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Deliberative Polling es una idea de James S. Fishkin, profesor de la Universidad de Stanford, que nació sobre la base de que los ciudadanos no están bien informados -por falta de tiempo o de ganas- sobre los asuntos públicos. En las encuestas convencionales se aprecia esa conocida “ignorancia racional”: muchas personas solo tienen ligeras nociones sobre los asuntos importantes. Sin embargo, si se selecciona un grupo de personas, se les facilita información y se inicia un debate con expertos, muchas personas cambian de opinión en solo un fin de semana. Deliberative Polling consiste en eso.

El experimento se ha realizado en lugares tan dispares como Grecia, China o Texas, en los últimos diez años. International Herald Tribune (7-05-2007) recoge los resultados de Deliberative Polling en algunos puntos. Uno de los experimentos más recientes ha sido en Bulgaria, el primero puesto en marcha a iniciativa de un gobierno nacional.

El primer ministro búlgaro, Sergei Stanishev, prometió utilizar las propuestas que hicieran los ciudadanos en la política de su gobierno hacia un tema delicado en el país: la situación de los roma (gitanos), que suponen alrededor de una décima parte de los siete millones de habitantes. La mayoría son pobres y viven en barrios a las afueras de las ciudades, legado de la planificación urbana que hizo el Partido Comunista cuando estaba en el poder. Para muchos búlgaros, ser gitano es sinónimo de delincuencia. Según el diario, la idea de cumplir las propuestas era arriesgada, ya que podían ser muy severas contra los gitanos.

El proceso comenzó con una encuesta a 1.344 personas sobre la vivienda, la delincuencia y la educación de los gitanos. A mediados de abril se seleccionaron 255 de entre los primeros encuestados. Todos recibieron informes y las soluciones propuestas por los partidos políticos y las organizaciones no gubernamentales. Se reunieron en un hotel y se dividieron por grupos, dirigidos por un moderador. Durante dos días debatieron con políticos y expertos las conclusiones a las que habían llegado en los grupos de trabajo. Según Fishkin, esta es una buena manera de aglutinar un grupo representativo de personas informadas y que han reflexionado sobre los problemas.

Como se esperaba, el debate se inclinó enseguida hacia un extremo: “Las familias gitanas deberían perder los beneficios sociales si alguno de los miembros es encarcelado; quizás así, cuando salga, recapacite antes de volver a delinquir”, propuso una de las participantes. Otro sugería eliminar las ayudas a los padres cuando alguno de sus hijos abandonase los estudios. También se discutió la propuesta de un partido nacionalista de encerrar los barrios gitanos detrás de unos muros.

Parte del debate se retrasmitió por televisión, como se hace en todos los procesos. Al final, los participantes fueron entrevistados de nuevo. Los que pensaban que los gitanos deberían vivir en barrios separados pasaron del 43% al 21%; los partidarios de que hubiera más policías gitanos pasaron del 32% al 52%; y los que estaban de acuerdo en cerrar las escuelas de los barrios gitanos y trasladar a los niños en autobús a otros colegios pasaron del 42% al 66%. Fishkin y su equipo constataron que la mayoría de los búlgaros están dispuestos a apoyar medidas de integración de los gitanos, a pesar de que los políticos utilizan cada vez con más frecuencia un discurso hostil.

Un caso similar se produjo en Irlanda del Norte, donde la mayoría de los participantes propusieron que hubiera más colaboración entre los colegios católicos y protestantes, lo cual desbarataba la convicción tradicional de que los padres, de una y otra confesión, preferían la separación.

En muchos casos, los participantes cambian de opinión después de analizar los asuntos con profundidad. Pero en otros se constata que los políticos desconocen lo que piensan los ciudadanos. De ahí que muchos líderes políticos estén usando el experimento para pulir sus propuestas, y también para combatir la reducción de la participación en las elecciones y el menguante interés hacia los asuntos públicos que se registra en algunos lugares. El valor añadido del método es que las entrevistas que se producen antes y después del experimento permiten conocer con exactitud cómo se han producido los cambios de opinión.

No obstante, los experimentos no siempre “funcionan”. Un Deliberative Poll realizado en Australia en 1999, antes del referéndum sobre la monarquía, concluyó que la mayoría era partidaria de la república; sin embargo, los australianos votaron luego a favor de mantener los lazos con la reina de Inglaterra.

Y también hay escepticismo. Algunos piensan que la atmósfera que se crea en los debates -con cámaras de televisión y políticos cerca- provoca que algunos participantes se expresen con cautela, evitando comentarios que sí hacen en sus hogares. Además, como ocurre en cualquier debate, el orador más hábil puede dominar la discusión y llevarla a su terreno. Pero quizás eso sea preferible a los prejuicios, los argumentos manidos y lo “políticamente correcto”.

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