Tres ideas clave para el futuro del viejo continente

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En una conferencia pronunciada el 13 de mayo en el Senado italiano, el Card. Joseph Ratzinger señaló tres puntos centrales de la herencia cultural de Europa que hoy están amenazados. Traducimos una parte de la intervención.

En medio de los violentos cambios de nuestro tiempo, ¿existe una identidad de Europa que tenga futuro y con la que podamos comprometernos? No voy a entrar en un debate detallado sobre la futura Constitución europea. Solo querría indicar brevemente los elementos morales que, en mi opinión, no deberían faltar.

El primero es la “incondicionalidad” con que se debe presentar la dignidad humana y los derechos humanos como valores que preceden a toda jurisdicción estatal. Estos derechos fundamentales no son creados por el legislador ni conferidos a los ciudadanos, sino que existen por derecho propio, deben ser siempre respetados por el legislador, a quien se le dan previamente como valores de orden superior. Esta validez de la dignidad humana, anterior a toda acción y decisión política, remite en última instancia al Creador: solo Él puede establecer valores que se fundamentan en la esencia del hombre y que son intocables. Que haya valores que nadie puede manipular es la verdadera garantía de nuestra libertad y de la grandeza humana. La fe cristiana ve en ello el misterio del Creador y de la condición de imagen de Dios que ha otorgado al hombre.

Hoy casi nadie negará directamente la precedencia de la dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales respecto a toda decisión política. Aún son demasiado recientes los horrores del nazismo y de su teoría racista. Pero en el ámbito concreto del llamado progreso de la medicina existen amenazas muy reales hacia estos valores. Si pensamos en la clonación, en la conservación de fetos humanos con finalidades de investigación y de donación de órganos, o en todo lo que se refiere al ámbito de la manipulación genética, nadie puede ignorar el lento deterioro de la dignidad humana que aquí nos amenaza. (…)

Siempre se invocan finalidades buenas para justificar lo que no es justificable. En la Carta de los derechos fundamentales se fijan algunos puntos claros en esos sectores, de los que hay que alegrarse; pero el documento es demasiado vago en otros de gran importancia, y es aquí donde se pone a prueba la seriedad del principio que está en juego. (…)

Otro punto en el que está presente la identidad europea es el matrimonio y la familia. El matrimonio monogámico como estructura fundamental de la relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula en la formación de la comunidad estatal, se ha forjado a partir de la fe bíblica. Ha proporcionado a Europa, occidental y oriental, su rostro particular y su peculiar humanidad. (…)

La Carta de derechos fundamentales habla de derecho al matrimonio, pero no expresa ninguna protección jurídica ni moral específica, ni lo define con mayor precisión. Todos sabemos cuán amenazados están el matrimonio y la familia: por una parte, por el vaciamiento de su indisolubilidad a causa de formas cada vez más fáciles de divorcio; y por otra, por medio de la convivencia entre hombre y mujer sin la forma jurídica de matrimonio, un comportamiento que se va difundiendo cada vez más.

En contraste, se pide que las parejas homosexuales se equiparen al matrimonio. (…) Aquí no se trata de discriminaciones, sino de qué es la persona humana en cuanto hombre y mujer, y de cómo la unión de hombre y mujer puede recibir una forma jurídica. Si por una parte su unión se separa cada vez más de formas jurídicas, y si por otra la unión homosexual se ve cada vez más como del mismo rango que el matrimonio, entonces nos encontramos ante una disolución de la imagen del hombre, cuyas consecuencias solo pueden ser muy graves.

Mi último punto es la cuestión religiosa. No querría entrar aquí en las discusiones complejas de los últimos años, sino solo poner de relieve un aspecto fundamental para todas las culturas: el respeto a lo que para otros es sacro y, especialmente, el respeto hacia lo sagrado en el sentido más alto: Dios.

(…) En nuestra sociedad actual, gracias a Dios, se penaliza a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se sanciona también a quien vilipendia el Corán o las convicciones de fondo del islam. La cosa cambia cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, pues entonces aparece la libertad de expresión como bien supremo, cuya limitación equivaldría a amenazar o incluso destruir la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión encuentra su limitación en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no es libertad de mentir o de destruir los derechos humanos.

Aquí se da un odio de Occidente hacía sí mismo, que resulta extraño y que se puede considerar solo como algo patológico. Es verdad que Occidente, de modo loable, intenta abrirse lleno de comprensión hacia los valores externos: pero no se ama ya a sí mismo. De su propia historia solo ve aquello que es despreciable y destructivo, al tiempo que es incapaz de percibir lo que es grande y puro. Para sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación -ciertamente crítica y humilde- de sí misma.

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