Países bálticos: de las luchas heroicas a las dificultades cotidianas

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 14m. 31s.

Juan Pablo II visita Estonia, Letonia y Lituania
El viaje de Juan Pablo II a Estonia, Letonia y Lituania es todo una acontecimiento, y no sólo desde el punto de vista religioso. El Papa visita tres países con problemas de minorías étnicas derivados principalmente de la inmigración rusa en el último medio siglo y de los vaivenes fronterizos de su turbulenta historia. Un Papa polaco rendirá homenaje a la lucha de los países bálticos por la libertad. Al igual que en Polonia, en Lituania catolicismo y nacionalismo fueron de la mano en la resistencia contra la opresión soviética. Pero los tiempos heroicos han tocado a su fin y hoy la andadura cotidiana puede ser más difícil. Y la talla de los que ahora ocupan el poder, después de la celebración de elecciones democráticas, se medirá por su capacidad de diálogo e integración con las minorías nacionales y los países vecinos.

Estonia, Letonia y Lituania acaban de vivir el 23 de agosto otro aniversario de aquel pacto secreto germano-soviético que les entregó en manos de Moscú por espacio de medio siglo. Aún está cercano el recuerdo de aquella cadena humana de entre uno y dos millones de personas que en la misma fecha de 1989 se desplegó a lo largo de los tres países en claro desafío a Gorbachov, cuya política de reformas no incluía la devolución de la soberanía a los países bálticos. Más tarde la caída de la Unión Soviética consagró, con el reconocimiento internacional, la ansiada independencia.

Ala sombra de Rusia

Pero el gran problema de los nuevos Estados sigue siendo la geopolítica, el mayor condicionante de toda su historia. Abiertos al mar Báltico, disfrutan de una situación favorable a la prosperidad mediante la industria y el comercio. Pero a lo largo de su historia han conocido toda clase de invasiones: eslavos, tártaros, suecos, caballeros teutónicos… La dominación más importante ha sido la de los rusos, siempre obsesionados por obtener una salida al mar.

Hoy Rusia ha vuelto prácticamente a las fronteras de la época de Pedro el Grande y su mirador báltico se ha reducido a las regiones de San Petersburgo y Kaliningrado (la antigua Prusia Oriental alemana). Y el futuro del gigantesco vecino preocupa en los Estados bálticos, que consideran los ramalazos del nacionalismo autoritario ruso, al que también se apuntan los nostálgicos del comunismo, como una directa amenaza a su independencia. Tampoco resulta conveniente romper por completo los lazos con Moscú, una utopía que hoy sólo defienden los sectores más nacionalistas.

La cooperación con Rusia resulta imprescindible para las economías bálticas y, si bien actualmente estos países negocian con Moscú la retirada de tropas, no hay que descartar que más adelante se vean obligados a firmar tratados de seguridad y cooperación militar, como sucediera en los años veinte y treinta.

Sin embargo, las tensiones continúan sobre todo por el problema de las minorías -no tan minoritarias- de origen ruso. Moscú ha hallado en la protección de estas minorías -y no sólo en los países bálticos- un pretexto para tratar de mantener su influencia en las antiguas repúblicas de la URSS. Es una situación incómoda para Occidente, que no desea acosar a la inestable Rusia de Yeltsin y al mismo tiempo quiere salvaguardar la soberanía de los nuevos Estados.

Mirando a Occidente

Para contrapesar su obligada dependencia de Rusia, los países bálticos tratan de fortalecer sus relaciones con sus vecinos nórdicos y con Alemania. Esta última considera que la estabilidad y prosperidad de los Estados bálticos es beneficiosa para Rusia y, evidentemente, para sí misma, que ha hecho del Este uno de los puntos claves de sus relaciones políticas y económicas con el extranjero. La visita a Estonia del presidente federal, Richard von Weizsäcker, pone de relieve el interés de Bonn por la zona. Y la inminente apertura de un Instituto Goethe en Riga, la capital letona, es tan sólo un ejemplo de ese interés, que trasciende lo puramente cultural.

Por otra parte, Estonia, Letonia y Lituania se han adherido a uno de los nuevos foros de consulta y colaboración surgidos en Europa tras la guerra fría. Se trata del Consejo de Cooperación de los Estados del Báltico, fundado en marzo de 1992 y del que forman parte también otros siete países (Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Alemania, Polonia y Rusia). Esta organización aparece como una oportunidad de contribuir a la transformación de los países ex comunistas en sistemas democráticos y de libre mercado. Para ello resulta vital la ayuda financiera y tecnológica de los países nórdicos y de Alemania. Ni que decir tiene que el Consejo es un instrumento útil para incrementar las relaciones de sus miembros ex comunistas con la CE.

Estonia trata de arrinconar a la minoría rusa

Las relaciones entre Rusia y Estonia han alcanzado en los últimos tiempos un alto grado de tensión. Y una vez más el motivo ha sido la población estonia de origen ruso. En junio pasado una ley del Parlamento de Estonia obligaba a todos los residentes en el país a pedir la nacionalidad estonia en un plazo de dos años. En caso de no hacerlo, recibirían un permiso de residencia temporal, que no podrían obtener aquellos que hubiesen “comprometido los intereses de Estonia o su reputación”. Además, se imponía la condición de conocer un mínimo de 1.500 palabras del idioma estonio.

Indudablemente, esos requisitos apuntaban contra los 600.000 habitantes de origen ruso (37% de la población). En la región industrial de Narva (noreste del país), donde el 90% de la población es rusófona, se llegó a celebrar el 17 de julio un referéndum en demanda de autonomía. El ministro de Asuntos Exteriores de Estonia se apresuró a declarar que los resultados de la consulta -ampliamente favorables a la autonomía- habían sido falseados. Al mismo tiempo, Rusia amenazó con cortar el suministro de energía a Estonia y el presidente Lennart Meri optó por devolver la ley al Parlamento, sin firmarla.

En esta decisión debieron de pesar no sólo las presiones de Moscú, sino también el rechazo de Occidente, pues un dictamen del Consejo de Europa consideró que “el estatuto de las personas que residen en el territorio de Estonia no puede ser comparado con el de los no ciudadanos que no residen actualmente” en el país. Dicho de otro modo, el gobierno estonio no podía hacer tabla rasa de la realidad de su población rusófona. Muy atrás parece quedar la tolerancia mostrada por la Estonia independiente del periodo de entreguerras, que concedió una amplia autonomía cultural a sus minorías, lo que fue citado como modelo en algún que otro tratado de política. No hay que olvidar tampoco que el gobierno del derechista Partido de la Patria, del presidente Meri, no tiene mayoría suficiente en el actual Parlamento de Tallinn, salido de las elecciones de septiembre de 1992. Así pues, la inestabilidad gubernamental y la crisis económica moderarán sin duda el afán de desquite alimentado por medio siglo de dominación soviética. Lo que no significa que los estonios vayan a renunciar a sus propósitos de reducir el porcentaje de población rusófona.

Letonia: los nacionalistas, en segundo plano

Llama la atención que en Letonia siga gobernando el mismo equipo de ex comunistas que llevó al país a la independencia. Hasta el pasado mes de junio no se celebraron en Letonia las primeras elecciones generales democráticas, que dieron la victoria al partido de la Vía Letona (32,4% de los votos y 36 escaños de un total de 100), dirigido por el ex comunista Anatolijs Gorbunovs y que agrupa a antiguos miembros del PC, jóvenes tecnócratas y letones que regresaron del exilio. La composición del partido hace que su actitud hacia la minoría rusófona (casi el 45% de la población) sea más flexible que la del opositor partido nacionalista para la independencia de Letonia.

El sueño de estos nacionalistas es que su país recupere el 75% de población letona que tuvo durante la época de entreguerras. A diferencia de su vecina Estonia, Letonia conoció en esos años una permanente inestabilidad política a la que contribuyó no poco su Constitución parlamentaria de 1922 (la misma que ha sido recientemente restablecida). Al igual que otros países europeos, Letonia conoció el advenimiento de un dictador, Karlis Ulmanis, que dirigió con mano férrea el país durante los años treinta. Y -paradojas de la Historia- el nuevo parlamento democrático letón ha elegido como presidente de la República a un sobrino nieto del antiguo dictador, un economista llamado Guntis Ulmanis, que fue también durante veintitrés años miembro del partido comunista letón.

El hecho de volver a adoptar la Constitución de 1922 es un ejemplo de las aspiraciones de los países bálticos por revivir el periodo de entreguerras, durante el cual, por ejemplo, Letonia alcanzó cotas considerables de bienestar económico que le hubieran permitido en el plazo de algunos años emular a Finlandia. Pero hoy la calidad de vida desciende tanto en Letonia como en sus vecinos, como consabido efecto de la transición a la economía de mercado. La grave situación económica de Rusia no puede por menos de incidir negativamente en Letonia, que ve disminuidas sus posibilidades en el mercado ruso. Las esperanzas letonas hoy por hoy se centran en los créditos del FMI y del Banco Mundial, así como en las ayudas que lleguen de Alemania o los países nórdicos.

El retorno de los ex comunistas lituanos

Las preferencias electorales de los lituanos resultaron últimamente muy parecidas a las de los letones. Tanto en las elecciones parlamentarias de noviembre de 1992 como en las presidenciales del pasado febrero, la victoria ha sido para los ex comunistas, que ahora, como en tantos lugares del Este, se hacen llamar socialdemócratas o laboristas.

Quizás el electorado de Lituania desee vías más conciliadoras para su política nacional. El comunismo ha muerto, pero en una época de crisis económica -y Lituania es el país menos industrializado de los bálticos- dar el voto a los nacionalistas, es decir, a una continua confrontación con Rusia, puede no ser lo más conveniente. Hay que tener en cuenta que Lituania depende de Rusia al 100% en cuanto al suministro de energía y que únicamente el 10% de sus exportaciones son dirigidas a Occidente.

Hoy Algirdas Brazauskas, ex secretario general del PC lituano, es presidente de la República, y está convencido de que, pese a las amargas experiencias del pasado, Lituania tiene necesidad de Rusia. Pero la oposición nacionalista del Sajudis no le perdonará actitudes tibias frente a Moscú y le recordará constantemente su pasado comunista. Por ello las relaciones lituano-rusas son un constante tira y afloja. El caballo de batalla principal es la retirada de las tropas rusas, y además Lituania ha llegado a exigir una indemnización de 46.000 millones de dólares por los años de ocupación. Moscú no parece darse mucha prisa para que sus tropas salgan de los países bálticos. El regreso de sus soldados desplazados es fuente de problemas en la propia Rusia. Pero si, a pesar de todo, se completa la retirada, hay motivos para pensar que parte de esos efectivos serán agrupados en la región de Kaliningrado, uno de los dos accesos rusos al Báltico. Por ello, y con vistas al futuro, Moscú deseará negociar con los tres países bálticos la coordinación del transporte militar entre esta región y el interior de Rusia. Pero tanto Lituania como sus dos vecinos no accederán a ello mientras Rusia no retire definitivamente sus tropas.

Las complejas relaciones lituano-polacas

Asimismo Lituania mantiene una compleja relación con otro de sus vecinos, Polonia, pese a que en teoría debería tener con ella bastantes afinidades. Un repaso a la historia nos servirá para comprenderlo. Lituania fue durante cuatro siglos parte de la historia de Polonia. Un ejemplo significativo: el gran poeta nacional polaco, Adam Mickiewicz, inicia su célebre poema épico Pan Tadeusz con estas palabras: “¡Lituania! ¡Mi patria!”. Y es que ambos países estuvieron unidos desde 1386 (fecha del matrimonio de Jagellon, gran duque de Lituania, con la reina polaca Jadiwiga) hasta 1795 (año del tercer reparto de Polonia entre Prusia, Austria y Rusia). La unión con Polonia hizo posible, por ejemplo, que el catolicismo entrara en Lituania, y en el siglo XIX polacos y lituanos lucharon codo con codo contra el dominio ruso.

Pero el nacionalismo lituano de ese mismo siglo XIX terminó con este idilio, pues los intelectuales lituanos del momento querían para su país una identidad lituana pura sin influencias polacas. Después de la I Guerra Mundial, cuando los dos países alcanzaron su independencia, dirimieron sus diferencias en el campo de batalla. Los polacos, una vez detenida la ofensiva rusa contra Varsovia, ocuparon Lituania central y la capital lituana, Vilna, que pasaron a formar parte de Polonia. Y hasta 1938 no se produjo una normalización -más bien impuesta por Polonia- de las relaciones.

Curiosamente, el pacto germano-soviético de 1939 que dio vía libre a la invasión alemana y rusa de Polonia, favoreció a Lituania, que recuperó sus territorios perdidos. Se explica entonces que, si bien los lituanos han denunciado siempre dicho pacto, no denuncien también sus consecuencias, pues la alteración de fronteras redundó en su beneficio.

Hoy vive en Lituania una minoría polaca (7% de la población), que ha sido motivo de fricción entre los dos Estados. En cambio, la población polaca de origen lituano no llega a las 30.000 personas. Desde la caída del régimen comunista, el presidente Walesa y los sucesivos gobiernos polacos han declarado repetidamente que no aspiran a modificar las fronteras con Lituania, Ucrania y Bielorrusia, parte de cuyos territorios fueron polacos en el periodo de entreguerras. Hay que decir que los polacos no parecen mostrar ninguna animosidad contra los lituanos. Son más bien estos últimos los que desconfían de Polonia, pues hay quien considera que la identidad de Lituania se afirma a base de negar la Historia común con Polonia.

Pese a todo, los dos países han conseguido elaborar una declaración conjunta sobre la inviolabilidad de sus fronteras y colaboran en proyectos ambiciosos como la Vía Báltica, una autopista para unir Varsovia con Helsinki. Pero la firma de un tratado definitivo entre los dos Estados es una cuestión todavía pendiente.

Antonio R. RubioLas Iglesias que visitará el Papa

Juan Pablo II visitará las repúblicas bálticas del 4 al 10 de septiembre. Empezará por Lituania, el país con más católicos de los tres, donde permanecerá hasta el día 8. Viajará a cuatro ciudades: Vilna, Kaunas, Siauliai y Siluva. En Letonia visitará Riga y Aglona. La visita a Estonia, donde los católicos son una exigua minoría, se limitará a la capital, Tallinn, y a una sola jornada, la última. En los tres países el Papa tendrá encuentros ecuménicos con representantes de las otras religiones presentes allí, principalmente protestantes.

La Iglesia católica en los países bálticos ha recuperado la libertad con la caída del comunismo soviético. Tras varias décadas de persecución, con sedes episcopales vacantes, obispos impedidos y ordenaciones sacerdotales limitadas y controladas por el gobierno, estas Iglesias cuentan ahora con pastores que pueden ejercer libremente su ministerio. Tras los nombramientos de obispos efectuados por el Papa en 1991, todas las diócesis están ocupadas. Ahora hay seminarios en Lituania y Letonia.

Lituania, antes de la anexión a la URSS, tenía un 85% de católicos, unos 1.300 sacerdotes y cuatro seminarios. Stalin deportó a Siberia a todos los obispos menos uno y a más de 350 sacerdotes. La mayoría de los templos fueron incautados. Hoy, en Lituania residen nueve obispos para el gobierno de las seis diócesis y una prelatura del país; hay unos 700 sacerdotes diocesanos y 200 seminaristas. Los católicos son en total 2,7 millones, el 80% de la población.

Letonia es un país de mayoría protestante, con medio millón de católicos, casi un quinto de los habitantes. Hay dos obispos residenciales y otros dos auxiliares. Los sacerdotes diocesanos son pocos más de cien, y un número similar de candidatos se prepara en el seminario.

En Estonia (1,5 millones de habitantes), sólo viven unos tres mil católicos. El único obispo del país es el nuncio en las repúblicas bálticas, Mons. Justo Mullor, que se hizo cargo de la sede el año pasado.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares