En busca de la frontera entre “conservador” y “progresista”

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Duración lectura: 4m. 20s.

Roma.- Definir qué significa hoy ser “conservador” o “progresista” en política no es una tarea fácil, como se demostró en Italia durante las elecciones municipales parciales del 21 de noviembre y 5 de diciembre. A la desaparición del bipolarismo geográfico e ideológico, se añaden en este caso otros factores.

Italia atraviesa un periodo de transición caracterizado por el desprestigio y dispersión de las fuerzas políticas de centro, tradicionales aliadas de gobierno en los últimos 45 años. Esto, junto con los cambios en la ley electoral, favorece la bipolarización frente al tradicional mosaico de partidos. En el futuro, según los analistas, se irán decantando un bloque progresista y otro conservador. El primero aparece ya aglutinado en torno al ex-comunista Partido Democrático de la Izquierda (PDS), mientras que la configuración del segundo es todavía incierta: buena parte de sus votos se los llevó, en estas elecciones, el Movimiento Social Italiano (MSI), heredero de la tradición fascista, que supo presentarse con tono moderado. Los observadores, de todas formas, esperan una regeneración de los partidos de centro.

Este panorama inédito despertó el interés de los comentaristas hacia consideraciones que iban más allá del mero enfrentamiento electoral. Se trataba de definir dónde está la frontera entre los dos grandes bloques, conservador y progresista. En el debate, que ocupó páginas de periódicos, predominó un tono moderado, con planteamientos, de uno y otro lado, que podrían ser compartidos por la misma persona.

El comentarista Sergio Romano definía al “buen conservador” como el “custodio de algunas reglas que considera esenciales para el buen gobierno de un Estado contemporáneo. Es liberal, pero no igualitario, si igualdad significa nivelar la sociedad, anular las diferencias sociales e intelectuales, destruir la ley del mérito, suprimir la selección, tributar homenajes demagógicos al dios gente y al buen pueblo”.

Por su parte, el filósofo Gianni Vattimo sintetizaba que “los progresistas no se caracterizan porque quieran defender a toda costa una masiva intervención del Estado en economía, y menos todavía porque antepongan las razones de la igualdad a las de la libertad. La diferencia está en la preocupación de no separar la búsqueda de la eficacia, en la economía y en la administración pública, de la solidaridad: una palabra ante la cual los conservadores se retiran con sospecha. No pudiendo contar sólo con las puras y simples leyes de la economía, el progresista debe hacer referencia a una inspiración moral. La política progresista, precisamente porque es menos realista, debe estar más llena de ideas. Es más difícil de poner en práctica, como desgraciadamente enseña la historia antigua y reciente”.

Sergio Romano enriquecía su descripción señalando que “el conservador sabe que el capitalismo, incluso en sus expresiones más avanzadas y modernas, puede ser duro, brutal, y que es necesario corregirlo continuamente para mitigar los efectos. Pero no conoce ningún sistema mejor, y está convencido de que las exigencias de la socialización no pueden ignorar el principio de la responsabilidad administrativa y financiera. No se puede distribuir riqueza antes de haberla producido, ni conferir a una entidad -las regiones, la televisión, las empresas públicas- el derecho de gastar dinero que no provenga de sus propios impuestos y beneficios. Entre un rentista que ingresa los dividendos de sus propias acciones y un propietario de bonos del Tesoro, el conservador prefiere al primero”.

Gianni Vattimo añadía que “los progresistas se presentan más bien como los herederos de la inspiración moral que ha constituido la fuerza y el atractivo, ciertamente ambiguo, de las grandes ideologías políticas de nuestro pasado reciente, de lo mejor del catolicismo político y de la izquierda histórica, y que hoy se liquida con demasiada ligereza junto con los aspectos obsoletos e insostenibles de aquellas experiencias. Se tacha esta herencia como moralismo hipócrita, olvidando que, sin una fuerte inspiración moral, capaz de trascender por motivos no utilitaristas los intereses particulares, no se podría realizar incluso la pura y simple eficiencia de un sistema económico. Al final, quizá sea el distinto peso de las razones morales lo que distingue al progresista del conservador”.

Una respuesta a esas consideraciones vino de otro comentarista, Franco Debenedetti, “presunto progresista”, que no se reconocía en la descripción de Vattimo. Si “progresista es quien rechaza las puras y simples lógicas de las leyes económicas, el criterio corre el riesgo de producir significativas exclusiones”, entre las que citó a Keynes y Marx, y de incluir a otros como Thatcher o Reagan. Si el progresista se distingue por su sentido moral, ¿habría que calificar de inmorales, por conservadores, a De Gaulle, Adenauer o Enaudi? Para complicar aún más las cosas, la plataforma de relanzamiento de los partidos de centro, candidatos a ocupar el área conservadora, establecía como uno de los ejes de su programa político el principio de solidaridad, concepto que, según Vattimo, define al progresista.

Diego Contreras

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