Elecciones en EE.UU.: un país dividido entre dos miedos

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Duración lectura: 7m. 58s.
elecciones EEUU

(Resultados actualizados el 12-11-2020, a las 11:18 CET)

El demócrata Joe Biden ha ganado las elecciones del 3 de noviembre, tras varios días de escrutinio y unos resultados más ajustados de lo que pronosticaban las encuestas. El populismo del republicano Donald Trump suscita un fuerte rechazo a algo más de la mitad del país, pero no a la otra. O, al menos, no tanto como el que le provoca el miedo a la revancha de la izquierda.

Biden ha superado ya el mínimo de 270 votos electorales que necesitaba para la presidencia, frente a los 217 de Trump. El demócrata también gana el voto popular: 77,5 millones (50,8%) frente a 72,3 (47,4%), lejos de los 10 puntos porcentuales de diferencia que llegaron a vaticinar varias encuestas.

A la espera de los resultados definitivos, la Cámara de Representantes seguirá bajo control de los demócratas, si bien parece que retroceden: llevan 218 (-5) escaños de 435, frente a los 202 (+6) de los republicanos. De momento, los republicanos conservan la mayoría en el Senado: retienen 50 (-1) escaños de 100, frente a los 48 (+1) demócratas. Los republicanos quedan con más gobernadores (27 frente a 23).

Apuntamos algunas claves de estas elecciones:

1. La política identitaria no ha servido al Partido Demócrata para conquistar la amplia mayoría a la que aspiraba.

Tras la derrota de Hillary Clinton en 2016, la cúpula del Partido Demócrata hizo cierta autocrítica y concluyó que debía priorizar el mensaje económico sobre la política identitaria. Ese verano, los líderes demócratas presentaron un plan para mejorar las condiciones de vida de la clase media, una receta que Biden ha seguido de cerca en estas elecciones. La coincidencia de propuestas es grande: crear empleo a través de un plan federal de inversión en infraestructuras, promover el cuidado familiar, aumentar los sueldos, etc.

Mark Lilla, uno de los primeros izquierdistas que denunció el giro identitario del Partido Demócrata, elogia ahora a Biden por haber intentado centrar su campaña en estas cuestiones menos ideológicas. Sin embargo, reprocha al progresismo cultural que haya optado por el activismo identitario durante los últimos años: desde los movimientos Black Lives Matter y por la justicia social hasta la ideología woke y la teoría crítica de la raza, pasando por la “cultura de la cancelación” o el Proyecto 1619, con el que el New York Times pretende reescribir la historia de EE.UU. tomando la esclavitud como hecho fundacional.

A juicio de Lilla, la insistencia de la izquierda en estos asuntos es lo que ha llevado a muchos potenciales votantes a ponerse a la defensiva: “Los votantes demócratas se preocupan por la justicia racial, pero se centran en el presente y el futuro, no en litigar con el pasado. También creen en el juego limpio, el debate abierto y las legítimas diferencias de opinión. Quieren construir Estados Unidos, no acusarlo”.

2. Sigue en pie la pregunta de 2016: ¿por qué tanta gente apoya a Trump? Y, sobre todo, ¿por qué quienes le votan de mala gana le prefieren a la izquierda?

Bret Stephens, columnista del New York Times, es otro crítico de Trump que se muestra dispuesto a hacer autocrítica. “Si gana, aquellos de nosotros que nos hemos opuesto a él tendremos que examinar cómo hemos perjudicado a nuestra propia causa. Eso incluye la forma en que nuestro disgusto personal por el hombre y nuestra condescendencia, abierta o implícita, hacia sus votantes nos ha hecho para el estadounidense medio todavía más desagradables que él”.

El condicional de Stephens –“si gana” Trump– es elocuente. ¿Significa eso que hace falta una segunda victoria del republicano para tomarse en serio a sus votantes? El problema, opina Nathan Blake en The Federalist, es que si Biden gana, las élites progresistas seguirán viendo “el populismo de derechas como una extraña aberración vinculada a Trump, en vez de como una respuesta inevitable a los fracasos del establishment tanto de la derecha como de la izquierda”. Para Blake, esta toma de postura es ineficaz, además de arrogante: “La forma de desactivar y de moderar el peligro del exceso populista es abordar las preocupaciones legítimas y los fracasos que alimentan el populismo, no ignorarlos”.

3. El voto oculto refleja miedo

Para Brendan O’Neill, director de Spiked, el hecho de que muchas personas que pretendían votar a Trump sintieran que no podían decirlo es, “en sí mismo, un testimonio de la intolerancia de las nuevas élites y del clima político que han creado, en el que apoyar a Trump equivale a ser un fascista (…). Al haber convertido la política en una pantomima moral en la que [las élites] son buenas y cualquiera que esté en desacuerdo con ellas es malo, se han hecho ciegas a la existencia perfectamente normal y buena de los puntos de vista políticos que difieren de los suyos”.

En la misma línea se pronuncia Sean Collins, corresponsal de ese medio en Estados Unidos: “Que un sector importante de la sociedad sienta que no puede expresar abiertamente su apoyo a un candidato que obtuvo los votos de cerca de la mitad de la población adulta no es saludable para la democracia”.

4. ¿Sanará Biden las diferencias?

En estas elecciones, el Partido Demócrata ha presentado a su candidato como el hombre capaz de unir al país. Sin embargo, para los republicanos, la cuestión decisiva no es si Biden tiene la empatía que no tiene Trump, sino si será capaz de resistir la deriva identitaria de su propio partido. A fin de cuentas, él fue vicepresidente (2009-2017) con Barack Obama. Y como explicó hace poco el historiador Niall Ferguson en una entrevista, la victoria de Trump en 2016 no se comprende sin el segundo mandato de Obama: “Si pienso en 2012, creo que este país estaría en un lugar mucho menos desgarrado si Obama hubiera sido un presidente de un solo mandato y Mitt Romney [republicano] hubiera sido elegido”.

Tras más de tres décadas como senador (1973-2009), Biden mantiene buena relación con miembros de los dos partidos. Sus colaboradores más estrechos elogian su capacidad de llegar a acuerdos. Por ejemplo, en 2009 logró que tres senadores republicanos apoyaran el plan de estímulo económico de Obama frente a la crisis financiera, pese al aumento del déficit público que suponía.

Pero también es vulnerable a las presiones que vienen del ala más a la izquierda de su partido. Lo dijo abiertamente Pramila Jayapal, uno de los nuevos rostros del socialismo identitario que hoy atrae a muchos estadounidenses jóvenes. La representante demócrata codirigía uno de los llamados “grupos de trabajo Biden-Sanders”, que tenían por finalidad integrar en la campaña de Biden las propuestas de los seguidores de Sanders. La experiencia de Jayapal en esos grupos, según declara, es que los suyos fueron “capaces de empujar significativamente a Joe Biden a apoyar cosas que no había apoyado antes”, y que él era influenciable.

Es verdad que en asuntos económicos no ha llegado al extremo de las propuestas de Sanders, quien pedía “Medicare para todos” (lo que implica la prohibición de contratar seguros médicos privados) y que las universidades públicas sean gratuitas. Pero su historial más reciente muestra que en asuntos sociales y culturales controvertidos, como el aborto, el matrimonio, la libertad religiosa y de conciencia o la libertad educativa, ha ido cediendo según soplaba el viento en su partido (ver Aceprensa, 11-03-2020 y 21-10-2020).

5. ¿Hacia dónde va el Partido Republicano?

Tras la derrota de 2016, algunos demócratas se atrevieron a preguntarse por qué la marca demócrata se estaba volviendo tóxica. Lo mismo podrían hacer ahora los republicanos, por mucho que sus resultados sean mejores que los esperados.

Los críticos de Trump, como Annie Lowrey en The Atlantic, insisten en que el Partido Republicano se ha convertido en una formación sin programa ni visión, más allá de un puñado de eslóganes y de ciertos acuerdos mínimos en una serie de temas. Por su parte, Mona Charen, investigadora sénior en el Ethics and Public Policy Center, se une al coro de voces conservadoras que piden a los suyos que vuelvan a “defender la higiene política básica” y que pongan fin a “su abdicación moral de los últimos cuatro años”.

Aquí cabe preguntarse hasta qué punto el estilo agresivo de Trump y el resto de sus excesos no habrán enardecido al otro lado. Es un problema de acción-reacción: si unos sienten que sus derechos están en peligro y que son objeto de las arbitrariedades de un presidente intolerante, la intransigencia en la otra dirección se verá más justificada. Ni siquiera hace falta justificar con argumentos las críticas a Trump ni a sus votantes, porque ya se sabe que son unos racistas, homófobos, sexistas…

La esperanza de Charen en el momento en que escribió su artículo era que cuanto antes tocase fondo el Partido Republicano, antes empezaría su reconstrucción. No está claro que, con los resultados que ha obtenido Trump, vaya a producirse ese reciclaje de forma inmediata. El debate va para largo, pero es inevitable, aunque solo sea para adaptar el programa tradicional de los republicanos a la nueva heterodoxia que ha traído Trump.

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