El radicalismo admisible

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Duración lectura: 2m. 43s.

Contrapunto

“Radical” es uno de esos adjetivos que cambian de significado según a quien se apliquen. Para los bien pensantes de hoy, tiene una connotación negativa si se refiere, por ejemplo, a un pro vida, a un político que no oculta sus convicciones religiosas, a alguien que defiende que el matrimonio es solo la unión de un hombre con una mujer… En estos casos, “radical” es sinónimo de fanático, extremista no razonable, intolerante.

En cambio, “radical” pasa a tener una connotación positiva si va unido a palabras como feminista, activista antiglobalización, ecologista, escritor maldito… Aquí “radical” califica al personaje que va al fondo de las cuestiones, que no transige ante el adversario, que tiene un pensamiento y un lenguaje provocativo y trasgresor. El radicalismo del primero es una peligrosa perturbación del necesario consenso, mientras que el del segundo es una sana contribución para desasosegar al público con temas incómodos. No es que éste se distinga por su carácter dialogante, pero, a diferencia del primero, cuanto más denigre al adversario, más responde a su papel de radical insobornable.

En la última Nobel de Literatura, Elfriede Jelinek, el radicalismo parece ser su mejor virtud. Pero, aunque se presente como una voz rebelde, en el fondo es una radical admisible para los cánones de lo políticamente correcto. Su vena es la del feminismo radical, la del lenguaje violento contra “el sistema”, la de la sexualidad aberrante que quiere ser trasgresora. En fin, un radicalismo que suscita el aplauso fácil en las páginas de cultura, reservadas para el cultivo de la trasgresión inocua.

Tal vez por eso las informaciones pasan de puntillas por un aspecto llamativo de la biografía de Jelinek: su pertenencia al Partido Comunista austriaco desde 1974 hasta 1991. Este partido nunca ha pasado de ser un grupúsculo marginal, más parecido a una extensión del KGB que a lo que se llamó “eurocomunismo”, y que jamás alcanzó a tener un diputado. Quizá por eso atrajo a la solitaria y agria Jelinek, que todavía en 1993 declaraba seguir siendo comunista, aunque ya no afiliada al partido. Eso sí, prefirió seguir viviendo como “exiliada” en Austria en vez de trasladarse a disfrutar de las ventajas de Alemania Oriental. Como ella padece agorafobia, le debía de parecer normal que los alemanes orientales permanecieran dentro del muro sin poder salir de su país.

Pero no deja de tener gracia que hoy se presente como una luchadora contra la opresión a quien durante tantos años ha prestado su apoyo a una ideología que ha oprimido a media Europa. La misma voz que denunciaba la falta de arrepentimiento de Austria por un presunto pasado nazi, contribuía desde el PC austriaco al mantenimiento de las dictaduras comunistas del presente, incluso hasta después de la caída del muro de Berlín. Lo curioso es que se admita tan fácilmente esta larga militancia en su curriculum. Si otro escritor hubiera tenido un tío abuelo nazi ya sería suficiente para ponerlo bajo sospecha; pero como Jelinek ha militado hasta anteayer en un PC marxista-leninista, su radicalismo está en regla.

Ignacio Aréchaga