Distintos hechos recientes llevan a muchos a pensar que ha llegado el fin del “orden internacional basado en reglas”: acciones de Estados Unidos –la intervención en Venezuela, la imposición de aranceles, la amenaza de hacerse con Groenlandia–, o, por parte de Rusia, la guerra contra Ucrania, representan el abandono del multilateralismo y la aplicación de la ley del más fuerte. En este contexto, la intervención del primer ministro canadiense Mark Carney en el foro de Davos ha suscitado gran interés.
Se ha dicho que el discurso pasará a los libros de historia y se ha valorado muy positivamente, por ejemplo, las citas de Václav Havel y de su obra El poder de los sin poder. Podríamos calificar este discurso de “ideorrealista”. Por un lado, Carney habla de la defensa de los valores de la democracia y del Estado de derecho, aunque al mismo tiempo subraya que no estamos en un período de transición, sino de plena ruptura del orden internacional y, por tanto, hay que adoptar nuevas soluciones.
El político canadiense reconoce que hemos entrado en una época de rivalidad entre grandes potencias, si bien no hace alusiones explícitas a Trump y a Estados Unidos. Sus palabras son una invitación a aceptar los hechos tal y como son, aunque cabría añadir que durante algún tiempo los aliados de Estados Unidos alimentaron la ilusión, no del todo desaparecida, de que los resultados electorales podrían revertir la dinámica del America First. Sin embargo, la Administración Biden solo ha sido un paréntesis entre los dos mandatos presidenciales de Trump, y en la época de ese presidente demócrata, como en la de Obama, había indicios suficientes para pensar que la relación de Washington con Europa no sería la de otros tiempos. En cualquier caso, la perspectiva de un presidente republicano como J. D. Vance o Marco Rubio no resulta tranquilizadora, y un presidente demócrata es una completa incógnita.
Tucídides y Václav Havel: una lección de historia
Carney hace implícitamente una referencia a la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides, al afirmar que “los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias”. Se evoca aquí el episodio de la isla de Melos, un territorio que Atenas terminó anexionándose por la fuerza después de que los melios se negaran a aceptar la alternativa de unirse a la Liga de Delos, dirigida por Atenas.
Ante situaciones actuales de este tipo, Carney asegura que los países se adaptan y evitan los conflictos con un conformismo que les garantiza la seguridad. Con todo, no cree que esta sea la solución, y recuerda el ejemplo empleado por Václav Havel en El poder de los sin poder (1978). Se trata de un frutero que tiene colgado en su escaparate un cartel comunista: “¡Trabajadores de todos los países, uníos!”. Él no cree en ese eslogan, pero lo coloca de todos modos para evitarse problemas y pasar desapercibido. Además, como todos los comerciantes hacen lo mismo, el sistema sigue funcionando. Havel llamaba a esta actitud “vivir en la mentira”, si bien estaba convencido de que la fragilidad del sistema radicaba en que cuando una persona dejaba de actuar así –en cuanto el frutero retiraba su cartel–, la ilusión empezaba a desmoronarse. Según Carney, “ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus carteles”.
El pragmatismo como respuesta al fin del orden internacional
En opinión del primer ministro, Canadá prosperó gracias a un orden internacional basado en normas. Pero a la vez reconoce que “sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se las saltarían cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado y de la víctima”. Convendría añadir que ese comportamiento hipócrita o el abandono en la aplicación de las normas han servido de coartada a regímenes tiránicos e ideologías extremistas para hacer tabla rasa de modo simplista del derecho internacional.
Carney apuesta por un “realismo basado en valores”: aceptar la nueva política internacional, pero sin renunciar a la cooperación
Por lo demás, Mark Carney es realista respecto a algunos proyectos de integración económica que solo son medidas de presión y que utilizan como instrumentos de subordinación los aranceles, las infraestructuras financieras y las cadenas de suministros. La reacción lógica de muchos países es reforzar su autonomía estratégica, pero el primer ministro advierte de sus consecuencias, pues “un mundo compartimentado será pobre, más frágil y menos sostenible”.
En el caso de las potencias medias, como Canadá, es imprescindible adaptarse a la nueva realidad, aunque hay que decidir “si nos adaptamos construyendo muros más altos o si podemos mostrar más ambición”. Los canadienses adoptarán la segunda opción, “un realismo basado en valores”, en el que existe un reconocimiento de que todos los socios comerciales y de seguridad no comparten los valores que defiende Canadá, pues “ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza”. Esto explica la creciente actividad diplomática de Canadá en los últimos meses, con el establecimiento de asociaciones estratégicas con China y Qatar, y la negociación de acuerdos de libre comercio con la India y otros países asiáticos, y con el Mercosur.
El pragmatismo de Mark Carney pasa por “establecer coaliciones eficaces, en función de los retos, entre socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos”. No es partidario, por tanto, de esperar a que se restablezca el antiguo orden internacional, pues sabemos que “el antiguo orden no volverá”. Las afirmaciones de Carney, pese a todo, han despertado alguna crítica derivada de su reciente visita a China, por haber citado a un disidente anticomunista como Havel y al mismo tiempo defender algún tipo de asociación con China. En realidad, Carney no ha descubierto nada nuevo. A lo largo de los últimos siglos han sido frecuentes las coaliciones dirigidas contra un adversario común, casi siempre en nombre del equilibrio europeo o internacional, y sin que eso supusiera necesariamente una afinidad ideológica. En el siglo XX cabe recordar el entendimiento entre las potencias anglosajonas y la URSS, o la apertura de EE.UU. a China en los años setenta.
El Consejo de la Paz, ¿un sucedáneo de la ONU?
La creación del Consejo de la Paz (CP), presentado oficialmente en Davos y al que fueron invitados 60 países, ha sido interpretada como un intento de Donald Trump de sustituir a la ONU. Un rasgo común del presidente estadounidense y de líderes autoritarios como Putin es la preferencia por las relaciones bilaterales, aunque el presidente ruso y otros dirigentes siguen mencionando en sus discursos a la ONU y a otras organizaciones multilaterales. En cambio, en el preámbulo de la Carta del CP se predica “el valor de alejarse de los esfuerzos y situaciones que con demasiada frecuencia han fracasado”. Estamos ante una crítica implícita a la inoperancia de las Naciones Unidas, que olvida, como es habitual, que la capacidad de actuar de las organizaciones internacionales depende sobre todo de la voluntad política de los estados que las integran. Por contraste, se afirma que el CP es “una organización internacional de consolidación de la paz”.
En el nuevo Consejo de la Paz, creado a medida de las ambiciones de Trump, el presidente de EE.UU. ostenta todo el poder ejecutivo y puede revocar la condición de miembro a otro Estado
En este caso, podría decirse que la paz no se alcanza por medio de la fuerza, un planteamiento aplicado por Trump en Gaza y Venezuela, sino que del CP podría deducirse un nuevo eslogan: “La paz por medio de la inversión”. En efecto, el CP se asemeja a una gigantesca empresa controlada por el presidente de Estados Unidos o por quien este designe en cualquier momento como su sucesor (art. 3.3). El poder del jefe supremo va aún más allá, ya que también puede revocar la condición de miembro a un Estado (art. 2.3). Además, las decisiones están sujetas a la aprobación del presidente, que dispone de voto de calidad para inclinar la decisión de un lado u otro en caso de empate (art. 3.1).
Por otra parte, la limitación de permanencia de los países invitados, que es de 3 años (art. 2.3), encuentra su rasgo más mercantilista en la exigencia de aportar al fondo de gestión del CP la cantidad de 1.000 millones de dólares en efectivo (art. 2.2). Lo cierto es que el CP difícilmente podría asemejarse a una organización internacional clásica –y menos aún a la ONU–, pues al frente no hay ningún secretario general. El poder ejecutivo es ejercido de modo exclusivo por el presidente estadounidense, la única instancia de arbitraje. Además, los redactores del texto se permiten cierta prisa en la entrada en funcionamiento de la organización, pues basta con que tres Estados expresen su consentimiento (art. 11.1).
La negación del derecho internacional
Cabría preguntarse si el CP, en cuya carta hay una referencia mínima al derecho internacional (art.1), supone un intento de volver al derecho internacional anterior a 1945, el que estuvo vigente a partir de la paz de Westfalia (1648), fundamentado en la soberanía de los Estados. No lo creen así, sin embargo, dos politólogos estadounidenses, Stacie Goddard y Abraham Newman, que consideran que estamos entrando en un período de un mundo gobernado por líderes autoritarios que extraen recursos de sus súbditos y de sus vecinos mediante la violencia o la amenaza para enriquecer a su familia y a sus cortesanos.
Sin embargo, Michael Ignatieff no está de acuerdo con el término de “neomonárquicos” que los autores aplican a esos líderes. Antes bien, son más asimilables a capos mafiosos. No negocian ni buscan un equilibrio ventajoso. No creen en la ley, porque es algo que se puede esquivar por medio del soborno o las amenazas. El resultado es, sin duda, un enriquecimiento del Estado al que representan, aunque, tal y como sucediera en otras épocas, no sea sencillo distinguir el patrimonio estatal del patrimonio del gobernante.
Pese a lo que algunos quieren creer, este sistema de dominación y esferas de influencia no garantiza la paz y la estabilidad, tal y como se ha demostrado históricamente. Además, en algunos casos como el de la Franja de Gaza, se alimenta un mito: el de que la prosperidad material puede contribuir por sí misma a la paz. Se parte de la idea de que esa prosperidad afectará al conjunto de una población, cuando la percepción más extendida es que solo favorece a unos pocos.