Narrativa y nuevos medios en la comunicación política

Cuentan que cuando Barack Obama ultimaba el casting para su equipo final de campaña, llegado un momento tuvo que recortar personal. Cayeron algunos nombres ilustres pero, sobre todo, sorprendió el interés del candidato por mantener en su equipo, fuere como fuere, al “poeta Favs”, un joven de tan solo 27 años llamado Jon Favreau, que es quien ahora lidera el grupo de los speechwriters del presidente.

Cierto que no es nueva la importante presencia de la literatura, del arte del relato, en el escenario de la política: son ya muchas las elecciones que corroboran la rentabilidad de destinar recursos humanos al llamado storytelling. La novedad reside quizás en el nuevo espacio comunicativo en el cual se inserta la mencionada estrategia de marketing político. Y es que no es lo mismo en este sentido centrar la campaña en la radio -como en su día hizo F.D. Roossevelt- que enfocar el tiro hacia la televisión -indudable protagonista en las elecciones de las últimas décadas- o centrarse en los más modernos medios digitales.

Hay quien cifró las razones del giro estratégico de Obama hacia las nuevas tecnologías de la información en motivos económicos, en necesidades de financiación coyunturales. Dicen estos que no le quedó más remedio que volcarse hacia Silicon Valley, el núcleo de la industria de las nuevas tecnologías de EE.UU., porque Hillary Clinton tenía monopolizadas las fuentes de financiación tradicionales del Partido Demócrata (como la industria del cine, los sindicatos, los bufetes de abogados y parte de Wall Street).

Sean estos u otros los motivos, lo cierto es que la combinación entre narrativa y redes, funciona. Por ahí discurren las aguas del neomarketing, que introduce al consumidor -al votante- en la distribución teatral del mercado, de la política. Así, “You are the story” es la nueva versión del “we can”, pero en ambos casos de lo que se trata es de introducir a los ciudadanos de a pie en el libreto de una legislatura que es histórica desde que nació.

Entrar en una historia

En las redes digitales hay un elemento de este arte de contar historias para el que las nuevas tecnologías están especialmente preparadas. Se trata de la facilidad que estas tienen para introducir a los ciudadanos en esa misma historia diseñada y relatada por los políticos. Se consigue así algo a lo que ya en su día animó la novelista inglesa George Eliot: que la vida privada nunca debía quedar desconectada de la vida pública. Esta estrategia de introducir al usuario en el discurso narrativo es lo que ha venido a llamarse storytelling revival o también narrative turning. Y para esta nueva técnica, son idóneos los medios digitales.

Un ejemplo: Obama no anunció su decisión de nombrar candidato a la vicepresidencia a Joe Biden por el método tradicional de convocar a los periodistas a una rueda de prensa. No, también en esto cambió el guión. Envió un SMS a los miles de miembros de su red social, anticipándoles la decisión que haría pública poco después ante los medios convencionales. Y se ganó el apoyo de sus electores cuando fue contándoles a través de Twitter su llegada a los jardines del Capitolio para su histórica investidura. Era su modo de introducirles en la Historia, en su historia. Se logra, así, lo que decía el también novelista Richard Ford en un reciente artículo: que “muchos estadounidenses -esos que sentíamos que estábamos perdiendo poco a poco el control de nuestra vida- estemos prácticamente seguros de que éste es el lugar en el que nos vamos a quedar; éste es el lugar en el que nuestra condición de ciudadanos cuenta más”.

Videojuegos políticos

Pero la irrupción de la política en los nuevos medios llega también a los videojuegos en red. Allí el giro narrativo se hace más patente si cabe. El ciudadano se hace protagonista del relato con enorme facilidad. Así lo entendió Obama desde un principio, cuando promovió su campaña política en algunos estados a través del XBox Live de Microsoft, introduciendo pancartas y carteles suyos en los escenarios de juegos como el Guitar Hero 3.

En una reciente ponencia, pronunciada en el marco del XXIII Congreso Internacional de Comunicación sobre el tema “Excelencia e innovación en la comunicación”, celebrado en la Universidad de Navarra, Jay David Bolter, director del Wesley Center for New Media Research and Education, sostuvo que “los videojuegos se están convirtiendo en un medio político”. Y puso como ejemplo algunas de las aplicaciones que han tenido mejor acogida en Internet. Mencionó September 12th, de Gonzalo Frasca, un juego bélico que invita a reflexionar sobre el concepto de “daños colaterales”, y Disaffected, de Ian Bogost, sobre los conflictos en el mundo laboral en EE.UU, en lo que, según Bolter, puede entenderse como “una crítica al mundo capitalista”.

Vistas así las cosas -es indudable la transformación copernicana impresa al marketing político-, se abre una incógnita interesante referida a los contenidos. La esbozaba Bolter en la citada conferencia cuando se preguntaba cuál es la ideología de los nuevos medios. Su esencia participativa y aparentemente descentralizada, ¿es más o menos eficaz para la transmisión de ideas que los sistemas convencionales? El escenario americano parece un buen marco para analizar una cuestión que, de momento, ha de quedar necesariamente abierta, pues sería prematuro avanzar consideraciones sin dejar que las aguas de esta nueva presidencia corran aún un poco.

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