Activistas a la caza de respaldo social

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Duración lectura: 7m. 47s.

Uno de los grandes retos que se plantean los activistas sociales es cómo llamar la atención para lograr que mucha gente apoye sus campañas. La periodista del Guardian Kira Cochrane, autora de un libro sobre campañas feministas en el Reino Unido, y el estadounidense Jonathan Gottschall, experto en el arte de contar historias, ofrecen algunas ideas.

En su breve libro All The Rebel Women (2013), Cochrane explica las estrategias que están adoptando diversos grupos feministas del Reino Unido para conseguir que su mensaje cale en la sociedad. La mayoría de sus campañas comenzaron hace unos meses y ya cuentan con miles de seguidores. Cochrane piensa incluso que estamos asistiendo al nacimiento de la cuarta ola del feminismo.

La lucha por el sufragio de las mujeres fue la primera ola. La segunda surgió a finales de los años 60, para impulsar la liberación sexual de las mujeres. En los 90, la activista Rebecca Walker empezó a hablar de una tercera ola para englobar un mejunje de reivindicaciones: desde la teoría queer hasta el antirracismo, el ecofeminismo o la transexualidad.

La cuarta ola del feminismo se distancia de los grandes discursos ideológicos para centrarse en las pequeñas causas concretas. Al pragmatismo añaden unas buenas dosis de tecnología: las nuevas herramientas digitales –afirma Cochrane en un artículo del Guardian– “están permitiendo a las mujeres construir un movimiento online fuerte, popular y reactivo”.

La vitalidad de este movimiento se aprecia, entre otras cosas, en la cantidad de marchas, protestas y conferencias que organizan las feministas por todo el Reino Unido.

Pasos para lanzar una campaña de activismo social
Para escribir su libro, Cochrane ha entrevistado a las feministas que han empezado campañas en el Reino Unido durante los últimos años. Llama la atención la juventud de las activistas; la mayoría tienen menos de 30 años. En otro artículo del Guardian Cochrane sintetiza los elementos que, a su juicio, han hecho que estas campañas reciban un amplio respaldo social.

Construye una red de apoyo. Lucy-Anne Holmes se ha propuesto que el diario británico The Sun suprima la página que muestra a una chica en topless. Para conseguirlo ha creado una petición en la plataforma digital Change.org, que ya tiene casi 131.000 firmas.

Identifica un problema y denúncialo de forma sencilla. En los tres primeros días de 2012, siete mujeres fueron asesinadas en el Reino Unido. Esto llevó a Karen Ingala Smith a crear el “Counting Dead Women Project”, una base de datos que registra y divulga la violencia contra las mujeres en el Reino Unido a la vez que pone nombres y caras a esas estadísticas a través de historias. También ha creado una petición en Change.org, con más de 15.000 seguidores.

Una idea parecida alimenta el “Everyday Sexism Project”, creado en abril de 2012 por Laura Bates. En 2013, su web dio noticia de 6.000 denuncias de mujeres que habían sido acosadas o asaltadas en el transporte público. La iniciativa tuvo tal impacto que la policía de Londres entrenó a 2.000 agentes para combatir este tipo de violencia, que a menudo no llega a denunciarse en las comisarías.

Si quieres que los demás denuncien, ponlo fácil. Bates también organizó, junto con otras activistas, una campaña que llevó a Facebook a prohibir el anonimato de las páginas con comentarios misóginos. Parte del éxito de esta iniciativa, que alcanzó relevancia internacional, se debe a que las impulsoras facilitaron al máximo el trabajo de denuncia: los simpatizantes solo tenían que hacer clic para hacer llegar a los dueños de Facebook una queja que ya estaba redactada.

Utiliza el sentido del humor. “Si deprimes a la gente recordando constantemente lo mal que están las cosas, todo el mundo se desanimará”, explica Nimko Ali, que creó la organización Daughters of Eve para combatir la mutilación genital de las mujeres en varios países. Por eso, el humor es un elemento clave en algunas de sus campañas. El humor, aclara, no es burlarse de los demás.

Prepárate para el contragolpe. Las activistas coinciden en que una de las grandes ventajas de las nuevas herramientas online es que permiten organizar rápidamente campañas, a raíz de polémicas concretas. Pero las redes sociales también te hacen más vulnerable: a medida que te haces más visible, te expones a recibir insultos y amenazas… o simples respuestas que contradicen tu postura, algo que para la revista Spiked algunas feministas no encajan bien.

Shaira Khan, estudiante de la Universidad de Oxford, critica en Spiked la actitud censora de ciertas campañas feministas. Si las feministas de antes estaban preocupadas por expandir al máximo la libertad personal, las activistas de hoy “básicamente lo que están reclamando es más intervención del gobierno en nuestra vidas privadas y en nuestra libertad de expresión”. Tampoco le gusta a Khan el tono paternalista, y recuerda que “a las feministas de principios del siglo XX les encantaba demostrar que necesitaban muy poca ayuda y que podían arreglárselas ellas solas, igual que los hombres”.

También en Spiked, la escritora Saleha Ali denuncia la tendencia a presentar a las mujeres como seres vulnerables y frágiles, expuestas siempre a la amenaza de la dominación masculina. En este sentido, cree que la campaña “Everyday Sexism Project” alimenta el victimismo al considerar automáticamente como una ofensa para la mujer cualquier queja que les llega, sin necesidad de verificar los hechos.

Historias que atrapan la atención
Otra táctica eficaz de las campañas feministas es apelar a los sentimientos. Cochrane afirma que de todas las peticiones que pone en marcha Change.org, las más exitosas son aquellas que defienden los derechos de las mujeres. A juicio de Brie Rogers Lowery, directora de esa plataforma en el Reino Unido, parte de su éxito se debe a que las feministas se apoyan en historias personales.

¿Por qué son eficaces las historias para comunicar? Jonathan Gottschall, profesor de literatura en el Washington & Jefferson College y autor del libro The Storytelling Animal: How Stories Make us Human (2012), ha dedicado una serie de tres artículos en la revista digital Co.Create a responder a esta pregunta. Su tesis es que, en un momento en que tantas cosas compiten por nuestra atención, las historias tienen el poder de hacer creer a las personas que lo que están escuchando o viendo les está pasando a ellos.

Si bien es cierto que los smartphones y otros artilugios demandan cada vez más nuestra atención (cfr. Aceprensa, 9-12-2013), la mente humana es curiosa por naturaleza, dice Gottschall. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos (incluidos los sueños), pasando por los momentos del día en que encendemos la tele o leemos un libro, “las personas estamos naturalmente inclinadas a devorar historias: estas tienen la capacidad única de atrapar y de absorber nuestra atención”.

Pero las historias no son simple escapismo: también tienen la capacidad de moldear nuestras ideas y nuestros comportamientos. Gottschall las compara a una droga capaz de alterar nuestros estados de conciencia: “Si metes a una persona en un escáner de resonancia magnética funcional (FMRI) y observas su cerebro mientras está viendo una historia, descubrirás algo interesante: su cerebro no se parece al de un espectador, sino al de un participante en acción”.

“Storytelling 2.0”: lo personal es político
Con un enfoque un tanto materialista, Gottschall atribuye la influencia de las historias en el cerebro a la oxitocina, conocida a veces como “la hormona de la empatía”. Cita un experimento realizado por el neuroeconomista Paul Zak: tras medir el nivel de oxitocina en sangre de unos voluntarios a los que había pagado 20 dólares, les pidió que leyeran una historia bastante triste sobre un padre y su hijo, enfermo terminal. Después volvió a medir sus niveles de oxitocina y les ofreció la posibilidad de donar parte de esos 20 dólares a unos niños con la misma enfermedad que el protagonista de la historia. Los que habían experimentado un aumento mayor de oxitocina fueron los que más donaron.

Pero Gottschall aclara que no todas las historias son capaces de provocar cambios. Las más eficaces comparten al menos dos rasgos. Primero: tratan sobre personas que afrontan un problema y luchan por superarlo. Segundo: son problemas lo suficientemente serios como para plantear un conflicto de valores o de ideas. “Moby Dick no sería una gran historia si tratara sobre una ballena furiosa que destroza barcos y mastica marineros. Moby Dick es una gran novela porque toda su acción comunica un mensaje más profundo sobre el bien y el mal”.

Es difícil dar con todas las claves que explican por qué unas campañas funcionan mejor que otras. Pero los artículos de Gottschall ayudan a comprender por qué las historias –sobre todo en la era digital– son una herramienta imprescindible en el kit de cualquier activista. Gracias al storytelling 2.0, los activistas de cualquier materia pueden conseguir el viejo principio feminista de que “lo personal es político”.

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