Trump y Cuba: menos amigable que Obama, pero más que Bush

El presidente estadounidense Donald Trump le ha dedicado finalmente un momento a la política de su país hacia Cuba. En la isla había muchísimas interrogantes acerca de qué actitud tomaría el republicano desde su elección en noviembre de 2016, y si finalmente daría marcha atrás a todos los avances en materia comercial y de seguridad que había conseguido su predecesor Barack Obama desde diciembre de 2014. Pues bien: algo ha hecho en sentido negativo, pero no tanto como muchos llegaron a temer.

La última vez que hubo un presidente republicano en el Despacho Oval, los cubanos no ganaron para disgustos. Bajo George W. Bush (2001-2009), Washington se arrogó la potestad de decidir cuántas veces podía un cubanoamericano viajar a la isla a visitar a sus familiares –una cada tres años–, y de impedirle enviar mensualmente las remesas monetarias que alivian la siempre asfixiante situación económica del cubano. Obama, nada más asumir el cargo en 2009, se deshizo de todas esas órdenes absurdas que, lejos de hacer tambalear al gobierno comunista, más hacían temblar a los ciudadanos que cada día se las ven crudas tanto para trasladarse de un sitio a otro como para poner algo sustancioso sobre la mesa.

Con Trump, el temor era una vuelta a las andadas y a las maneras de la época de Bush. Ya había anunciado durante su campaña electoral en Florida que no le gustaba el acuerdo con Cuba por ser un mal negocio para EE.UU. Lo dijo en Miami ante los encanecidos veteranos de la Brigada 2506 –muchos de los cuales fueron canjeados por compotas a Kennedy tras la derrota de la invasión en Bahía de Cochinos, en 1961–, y el pasado 16 de junio estuvo de vuelta en la ciudad para devolverles el favor de haberlo apoyado con sus votos. Acompañaban al presidente dos “duros” del exilio cubanoamericano: el senador Marco Rubio y el representante Mario Díaz-Balart (los mismos Díaz-Balart que una vez estuvieron emparentados con Fidel Castro), por lo que se esperaba que el anuncio de Trump dejara pequeñas las medidas del antecesor de Obama.

Pero eso no ocurrió.

A Corea del Norte, sí; a Cuba, no

Las ideas de Trump para promover el cambio político en Cuba parecen bastante más tibias que lo que hubieran pretendido los enemigos del acercamiento. No podía esperarse más de un presidente-hombre de empresa que en 1998, según relata Newsweek, estuvo explorando las posibilidades de abrir casinos en Cuba, sin importarle demasiado si la isla era un paraíso de las libertades o un gulag tropical.

Así pues, nada de cerrar embajadas, ni de cancelar los acuerdos de cooperación para combatir el narcotráfico y la inmigración irregular, ni de moderar el envío de remesas particulares, ni de impedir los vuelos directos de aerolíneas norteamericanas ni los viajes de cruceros. El foco de Trump está ahora mismo sobre dos temas, uno de ellos, el de los viajes de estadounidenses a la isla.

Según el Ministerio de Exteriores de Cuba, solo entre el 1 de enero y el 31 de mayo de este año viajaron allí 284.565 estadounidenses, un número que casi iguala el total de visitantes de esa nacionalidad durante 2016 (en torno a 285.000). Bajo el nuevo esquema, sin embargo, las cifras pueden desacelerarse, pues ya no se permitirán los denominados “viajes educacionales individuales”, sino solo los que realicen grupos auspiciados por alguna organización estadounidense, con licencia del Departamento del Tesoro.

Llama la atención, en este punto, la incongruencia entre el énfasis que hace la administración republicana en restringir las visitas para así cerrarle el flujo de dinero a un gobierno que considera hostil, y la manga ancha que muestra en este mismo aspecto con un régimen bastante más brutal, como el de Corea del Norte, país que días atrás devolvió en estado de coma a un joven turista estadounidense que intentó llevarse a casa un cartel de propaganda comunista que osó robar en Pyongyang. El chico acaba de morir.

“Con el ejército, nada”

Además del asunto de los viajes, Trump quiere asegurarse de que ninguna compañía estadounidense cierre acuerdos con empresas vinculadas al ejército cubano. El gran problema es que, en el marco estatal del país caribeño, el cuerpo armado tiene fama de ser un buen gestor, por lo que muchas grandes empresas han ido pasando paulatinamente a sus manos, desde algunos hoteles, hasta los negocios dirigidos hasta hace muy poco por la Oficina del Historiador de la Habana, o las tiendas que comercian en divisas convertibles. De alguna manera, quien desee establecer un negocio con el gobierno cubano pasará, muy probablemente, por los despachos de estos gestores.

Qué tanto podrá afectar esta medida a Cuba dependerá del monto de la penetración inversionista norteamericana en los grandes sectores económicos, que hasta ahora, salvo acuerdos puntuales –como el suscrito con la cadena hotelera Starwood para que dirija una instalación en la isla–, es bastante pequeña.

Acostumbrada a pasar sin el auxilio de los inversores estadounidenses, La Habana pudiera readecuarse mientras espera mejores tiempos, y concretar entretanto planes con empresas de Canadá y Europa, muchos de cuyos líderes políticos se apresuraron a volar al país caribeño en la ola de la normalización con EE.UU. para no perder influencia.

Trump contra todos (incluidos los suyos)

Una de las curiosidades de este giro político de Trump es observar, una vez más, cómo un puñado de políticos de origen cubano puede hacer que el inquilino de turno en la Casa Blanca obre contra los intereses de su propio país. Para Andrés Oppenheimer, quien ha seguido por décadas el tema cubano desde las páginas del Nuevo Herald, la explicación reside en que el senador Rubio es un “miembro clave del Comité de Inteligencia del Senado que está investigando la posible colusión de la campaña de Trump con Rusia”, mientras que el representante Díaz-Balart tiene gran influencia como miembro del comité de asignaciones de la Cámara.

Lo que han logrado es poner a Trump contra todos, incluso contra los suyos, y los ejemplos sobran. En días pasados, Engage Cuba, una coalición de empresas y organizaciones estadounidenses que trabaja para promover los vínculos bilaterales, encargó a Morning Consult una encuesta acerca de cómo percibían los ciudadanos el acercamiento entre los dos países. Dos tercios de los votantes republicanos, el 61%, respondieron que estaban a favor de relajar el embargo a La Habana para así “empoderar” al pueblo cubano y abrir oportunidades de negocios a los norteamericanos. Apenas el 19% se opuso a esta idea.

De igual modo, dos proyectos de ley están ahora mismo caminando en el Senado, de la mano de legisladores de ambos partidos, para pedir que se eliminen todos los obstáculos a la financiación del comercio con Cuba y que se levanten de una vez las restricciones de viaje a los estadounidenses (según Engage Cuba, limitar los viajes y las inversiones le puede costar 6.600 millones de dólares a la economía norteamericana y afectar a más de 12.000 empleos).

En The Wall Street Journal, entretanto, el senador John Boozman y el representante Rick Crawford, ambos republicanos de Arkansas, publicaron el 13 de junio una apelación a la Casa Blanca para que permita la utilización del crédito en la ventas de productos agrícolas a Cuba, que se incrementaron un 142% entre marzo de 2016 y marzo pasado. “Los productores de Arkansas, Kansas, Luisiana, Minnesota, Texas y otros estados serían los primeros en beneficiarse directamente de este cambio”, argumentan, y recuerdan que incluso el nuevo secretario de Agricultura, Sonny Perdue, manifestó su apoyo a la idea durante su proceso de confirmación.

A la lista de quienes aprecian ventajas en el acercamiento con Cuba se suman, además, algunas voces desde el estamento militar. En abril, un grupo de generales retirados envió una carta al general H. McMaster, asesor de Seguridad Nacional del presidente, en la que le recordaban que la isla, por su ubicación geográfica, es un socio estratégico frente a amenazas como el terrorismo, el narcotráfico y los desastres naturales.

“Reconocemos –señalan – que el régimen actual debe hacer más para abrir su sistema político y dialogar con el pueblo cubano. Pero si no somos capaces de participar desde el punto de vista económico y político, lo cierto es que China, Rusia y otras entidades cuyos intereses son contrarios a los Estados Unidos, se apresurarán a llenar ese hueco”.

Los recalcitrantes, de plácemes

¿Qué responde Cuba ante la nueva política? Cuando se trata de contestarle al “imperio”, arsenal retórico no le ha faltado jamás a La Habana. Según expresa su declaración oficial, “como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible”.

Si las relaciones vuelven al terreno del enfrentamiento, no será La Habana la que esté incómoda con ello. Si bien los daños de décadas de embargo comercial desde Washington son incuestionables, la hostilidad estadounidense ha sido el pretexto fundamental para justificar todas las incompetencias del sistema económico socialista y el consecuente deterioro de las condiciones de vida de la población. Trump, al apretar la tuerca, logra el milagro de complacer no solo a la vieja guardia anticastrista que hace la guerra jugando al dominó en Miami, sino a los más retrógrados del establishment cubano, a los que EE.UU. les devuelve el asidero de su queja constante: “No son nuestros métodos; es el imperialismo el que nos impide desarrollarnos”.

La justificación de que hay que reconsiderar el acercamiento bilateral hasta que Cuba muestre un mayor respeto a los derechos humanos, no solo se derrumba ante los piropos que lanza Trump a personajes como el turco Erdoğan, el egipcio Al Sisi y el filipino Duterte, sino que deja en evidencia la invalidez del propio argumento: si antes de diciembre de 2014 había solo palo y cero zanahoria, y Cuba no se movió un centímetro de sus posiciones en cuanto a avances democráticos, ¿va a hacerlo ahora, con esta tímida vuelta de Washington a un esquema fracasado? Incluso Human Rights Watch y Amnistía Internacional han recomendado no deshacer lo alcanzado hasta ahora, pese a que los opositores cubanos continúen teniéndolo difícil para hacer valer sus demandas. Su confianza es que el paciente intercambio pueblo a pueblo termine horadando el muro. ¡Y viene Trump y le pega un tajo a la barrena!

Pero es así: con la Casa Blanca nuevamente en el papel de rehén de una política desfasada, los que han hecho carrera a ambos lados del estrecho de la Florida, desgañitándose contra el “castrocomunismo” unos, y contra “la mafia de Miami” otros, estarán durmiendo ya a pierna suelta.

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