Una parte de mi trabajo es acercar el buen cine a los espectadores. Y, como el cine español lleva unos años dándonos alegrías en forma de buenas películas, parte de mi trabajo es acercar a los espectadores al cine español.
Y lo hago absolutamente convencida. Este año, por ejemplo, la cosecha española es superior a la anglosajona. Las películas premiadas en los Goya son mejores que las nominadas en los Oscar. Los domingos es más profunda y más original que Hamnet, Sorda le da mil vueltas a, por ejemplo, Marty Supreme, y Sirât es infinitamente más radical y transgresora que la panfletaria y simplona Una batalla tras otra.
El cine español lleva tiempo demostrando que es capaz de conectar con el público, que no tiene problema en abordar diferentes géneros, que rueda comedias inteligentes, dramas potentes, lúcidos documentales y que ni siquiera se le pone por delante el cine de animación. Que hay una industria cada vez más fuerte y más diversa. Que han quedado lejos, muy lejos, aquellos tiempos en los que el cine español contaba solo hasta diez, se declinaba en masculino y, en cuanto te descuidabas, te rodaba un drama sobre la guerra civil.
Sin embargo, hay una noche al año en la que la industria del cine vuelve al pasado y se sumerge en una distopía… o en una película de Disney. Es la noche de los Goya. Y pasa cada año. Como una maldición.
Una noche en la que los directores, productores, actores y guionistas dejan unas horas las películas para convertirse en políticos y activistas. Para dejar muy claro que son progresistas de pack completo –me lo envuelves y me llevo también la chapa– y que, como sentenció Susan Sarandon, están en el lado correcto de la historia, que es el mantra que repiten los convencidos de su superioridad moral.
Y, claro, hay años y años, pero la gala del sábado rompió casi todos los récords distópicos. Y no porque fuera especialmente política. La gente se puso su chapita –previamente distribuida– y, con alguna excepción, trató de no dar mucho la chapa. Pero una vez que te postulas como faro de la lucidez moral (Sarandon, again) tienes que ir con todo el equipo. Porque si no queda raro. Parece que estás en Disney.
Viendo la gala del sábado, un espectador extranjero, podría deducir que España es un país multicolor, como el de la abeja maya, donde gobierna un presidente muy guapo y querido –un príncipe Disney–, un país donde no hay problemas de vivienda, ni de pobreza, no hay paro, ni precariedad laboral. Por supuesto, tampoco hay corrupción política, ni violencia de género, ni abusos sexuales de todos los colores, ni audios asquerosamente machistas, ni exministros en la cárcel. Y, mucho menos, trenes que no circulan porque hace solo un mes y medio –qué tristemente amnésicos somos– 46 personas perdieron la vida en un accidente. Que no digo yo que una gala de los Goya esté para hablar de estas cuestiones, que para eso están los informativos, pero si te pasas a la política, vas con todo. Y te pones, encima del Armani, una chupa con mil chapas. No una triste sandía.
Porque, además, el peligro es que, si te quedas en Disney, lo que haces es enfadar a una parte del público. Una parte de ese público para el que haces las películas y al que, además de la situación de Palestina, le preocupan las pensiones, la subida de la cesta de la compra o la calidad de las infraestructuras. Un público que vota a diferentes partidos o va a misa los domingos y no tiene ganas de que le insulten cada vez que alguien sube a recibir un premio o le ponen un micrófono en la alfombra roja.
Como recordó Marisa Fernadez Armenteros –productora de Los domingos– al recoger su premio, el cine se lo debe todo al público. Sin espectadores, las películas son fantasmas. Por eso, le dedicó el premio al público y le dio las gracias por ver cine español.
El problema es que este necesario agradecimiento se hizo a las tres horas de gala, cuando muchos de esos espectadores, aburridos pero sobre todo hartos del vapuleo, se habían ido a la cama.
Por cierto, ni los que desistieron ni los que nos quedamos hasta el final vimos el homenaje –todo el auditorio aplaudiendo en pie– a Jafar Panahi, el director iraní encarcelado por hacer cine y que optaba al Goya a mejor film extranjero por Un simple accidente.
Y no lo vimos porque no lo hubo. Extraña lucidez moral.