El orden mundial que nunca existió

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El orden mundial que nunca existió
El presidente Donald Trump en la tribuna de autoridades durante el desfile militar celebrado en Washington el 14-06-2025 con motivo del 250 aniversario del Ejército de EE.UU. (foto: Europa Press/Contacto/Carol Guzy)

La irrupción de Trump en Venezuela, llevándose detenido al dictador Maduro, ha llevado a algunos comentaristas a hablar del “nuevo desorden mundial”. Una vez más el titular inmediato y mediático no refleja la realidad, por la sencilla y demostrable razón de que nunca ha existido un orden mundial.

En cualquier época que se estudie, siempre que se trate civilizaciones algo complejas, ha habido una apariencia de orden por la concentración de poder. La pax romana fue el resultado efímero de siglos de guerras de conquistas, una paz que empezó muy pronto a resquebrajarse, sustituida por el desorden que introducen los godos.

Sígase la historia y se verá que el aparente orden era otro nombre para el dominio de una nación sobre las demás: España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos. Por no hablar de antiguas civilizaciones, como la china o la rusa, que no han conocido nunca ni un atisbo de libertades individuales.

Gran parte del “orden” del siglo XIX se debió a la aplicación constante y cruel del colonialismo. El siglo XX, especialmente, vio el desorden máximo de dos guerras mundiales. El siglo XXI empezó, en 2001, con el desorden que introduce el terrorismo islámico, primero en Nueva York y luego, hasta hoy, en países de todo tipo, incluidos los de mayoría musulmana. Además de guerras en Ucrania, Gaza, Congo, Yemen, Etiopía, Sudán…

Que hoy haya en el mundo tres grandes núcleos de poder –Estados Unidos, China y Rusia– no significa mayor desorden que el que ha existido crónicamente, porque el poder político tiende, por propia naturaleza, a querer ser absoluto y hegemónico.

Es significativo este pasaje del Evangelio, puesto como comparación para predicar el espíritu de servicio: “Sabéis que los jefes de las naciones gobiernan imperiosamente, y los grandes mandan autoritativamente” (Mateo 20,25). Lucas (22,25) añade, quizá con cierta ironía que “son apellidados bienhechores”. Es una sencilla observación de lo que cualquiera podía ver. En Roma, el César no solo era considerado bienhechor sino una deidad. Un poeta como Pablo Neruda, llamó a Stalin “Padre y maestro y camarada”.

El 9 de enero, León XIV, en el discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, se refirió a las dos ciudades, uno de los temas centrales de La Ciudad de Dios, de san Agustín. Pero quizá porque se dirigía a un público diplomático no entró a fondo en el pensamiento del santo: “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrenal; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial”. (La Ciudad de Dios, XIV, 28). “Desprecio de sí” puede traducirse propiamente por “humildad”.

Ni la ciudad de Dios es solo la Iglesia, porque hay personas que, no estando aún en la Iglesia, ya pertenecen a esa ciudad, ni la ciudad terrenal es el Estado. No se trata de instituciones sino de conjuntos de personas: el de los que aman a Dios más que sí mismos y el de los que se aman a sí mismos, negando a Dios. Quienes aman a Dios más que a sí mismos están ya orientados al amor al prójimo. Quienes se aman a sí mismos como si fueran Dios, son proclives a ignorar o incluso maltratar al prójimo.

Estas observaciones que, de algún modo, corresponden a lo místico, parecen sobrar o ser inoportunas cuando se ve solo el plano geopolítico. Pero se ignora que el desprecio de Dios, la soberbia que suele acompañar al Poder político, es uno de los factores que ha propiciado en cualquier época “el desorden mundial”, siendo otro factor importante usar el nombre de Dios para el dominio de los seres humanos y no para hacerles todo el bien posible, empezando por quienes tienen menos.

Un retrato actual del mundo vería, en la cima, tres tronos de pavos reales donde se sientan Trump, Xi Jinping y Putin. Y abajo, los más de mil millones de personas que, según diversas fuentes, viven en pobreza extrema.

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