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¿Ha muerto la escuela?

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¿Ha muerto la escuela?
Foto: Álvaro Ruiz, JCCM.

Platón, en una de sus cartas:
“No sería nada raro que un joven inteligente,
al escuchar alguna discusión de cuestiones importantes,
se sintiera asaltado por el deseo de perfeccionar su vida”.

Atención: este artículo trata de las barbas del vecino. Hablamos de Francia. Cualquier parecido con la realidad de España… lo dejo en manos del lector. Tenía la intención de escribirlo desde hace tiempo, pero dudaba en ponerle este título por miedo a parecer catastrofista. Si, finalmente, me he decidido es porque si un título así no le parece catastrofista a Jean-Michel Blanquer, exministro de educación francés, ¿por qué ha de parecérmelo a mí? Hace unas semanas Blanquer publicó en Le Figaro un sentido homenaje al pedagogo Jacques Julliard, fallecido el 8 del pasado mes de septiembre y autor de un libro titulado L’École est finie (Flammarion, 2015).

Julliard creía que la escuela muere cuando cae de manera alarmante el nivel general de los alumnos, cuando se reduce drásticamente la exigencia, cuando la administración ejerce de manera constante una fuerte presión sobre los docentes para reducir el uso de los codos bajo la excusa de la benevolencia y la equidad, cuando el mérito se ve como el resultado de un privilegio de clase, cuando el imperativo de la nivelación impone, de facto, el abandono del rigor, la emulación y la alegría intelectual, es decir, el abandono de la aspiración a la belleza, al bien, a la verdad.

La escuela ha muerto –y esto lo digo yo– cuando su objetivo es que a nadie le pese su ignorancia o cuando, en la práctica, parece seguir aquel consejo de Homer Simpson: “si algo es difícil, entonces no merece la pena hacerlo”.

El libro de Julliard levantó abundantes críticas entre los que creen que hoy el conocimiento está en todas partes y, por lo tanto, ya no se necesita de un profesor transmisor. Pero el conocimiento no está en todas partes. Se encuentra únicamente en la persona que se ha esforzado por conocer. Lo que está por todas las partes es una mezcla acrítica de información, un batiburrillo de datos de todo tipo, opiniones diversas, mentiras, verdades, prejuicios y chascarrillos. Dense una vuelta por una red social y lo comprobarán inmediatamente. Para transformar este caos de informaciones en conocimiento se necesita algo que tampoco se encuentra en internet: el criterio. Pero éste no se construye en el aire, sino sobre conocimientos rigurosos, porque es simplemente imposible pensar bien sobre información ausente.

Respecto a los desafíos del siglo XXI, no vemos que la escuela flácida los esté proporcionando. Lo que proporciona me atrevo a decir que es una imagen ilusoria del futuro acorde con su falta de nervio. Alguien debiera sacar alguna lección del hundimiento de los resaltados escolares en el país que sirvió de faro a los novólatras, Finlandia, o de los espectaculares resultados de los países orientales, tan alejados de los ideales pedagógicos de la socialdemocracia europea.

Vayas al centro educativo que vayas, no tarda mucho en aparecer el lamento por la pérdida de la capacidad atencional de los alumnos. Tanto es así, que tengo escrito que la atención es el nuevo cociente intelectual. Pues bien, un recentísimo estudio nos ha desvelado, a mi parecer de modo convincente, que lo que se está perdiendo no es la capacidad atencional de los alumnos, sino la atención que ponen en la realización de sus actividades escolares. La razón es muy sencilla: saben que han dejado de tener consecuencias. Si lo que han de hacer no se refleja ni en una calificación ni en ningún tipo de recompensa, lo que les preocupa es hacerlo rápidamente sin andarse con miramientos con la precisión. A medida que la escuela y la familia se han vuelto más permisivas, es menos probable que se enfrente al niño ante sus responsabilidades.

La República –dice Bruillard– dio a los franceses escuelas para todos. Hoy exige buenas notas para todos. Cuando Jean-Pierre Chevènement asumió la cartera de educación, se propuso que el 80% de los jóvenes franceses alcanzaran el nivel de bachillerato. Hoy Francia pone el bachillerato al nivel del 80% de los jóvenes. Pero la escuela congrega a personas cuya madurez intelectual están por llegar. Tratarlos como si ya hubiera llegado, es engañarlos. La escuela debiera proporcionar un puente en cuyo tránsito el hijo se convierte en ciudadano. Si falla el puente, el niño, lejos de convertirse en ciudadano, deviene lo que los clásicos llamaban un “puer robustus”.

La escuela actual en Francia no parece especialmente interesada en la preservación de aquella cultura general que era su joya nacional. Como estadísticamente los jóvenes de clase media obtienen mejores resultados que los de clase trabajadora, ha decidido eliminar la cultura general por clasista.

Según Julliard, no se puede revertir este estado de cosas sin la restauración de la autoridad del docente. No se trata de fortalecer su poder como individuos, sino de restaurar el prestigio de los poseedores de conocimientos. La ignorancia, guste o no, no vale lo mismo que el saber; como tampoco valen lo mismo la energía descontrolada y la prudencia. Y si el niño es, por su naturaleza, una persona con mucha más energía que sentido común para controlarla, el adulto ha de representar la autoridad de la prudencia.

El profesor, por su edad y condición, está deontológicamente obligado a llevar lleno permanentemente el depósito de sentido común.

Los neopedagogos que se creen fiscales de la República de las Almas hermosas rechazarán escandalizados esta tesis de Julliard: la escuela tiene muy poco que ver con la democracia. Más bien es el lugar de las jerarquías racionales legitimadas por el conocimiento. Pero su misión es, paradójicamente, subvertir esta diferencia, animando al alumno a superar al profesor. La asimetría cognitiva es para el profesor el punto de partida, no el de llegada. Pero esto, tan obvio, está oscurecido por una visión muy sesgada de la autonomía. La autonomía, en su sentido más puro, tiene más que ver con la contención que con la incontinencia. Es autónoma la persona capaz de poner el presente al servicio de un proyecto que lo trasciende y de decir no a cuanto se opone a ese proyecto. No es autónoma la persona que carece del mínimo control sobre sí misma.

La autoridad docente sabe considerar al alumno como un ser pensante, portador de una capacidad intelectual que ha de ser estimulada. En este sentido, la jerarquía que importa es la de la competencia para elevar al alumno, intelectual y éticamente, por encima del nivel del profesor.

Jean-Michel Blanquer se muestra de acuerdo con las críticas de Juillard al pedagogismo, pero lo separa de él su decisión de no caer en el pesimismo, porque, no hay realidad, por sórdida que sea, que no se presente aún más sórdida a una mirada pesimista. “No –dice–, la escuela no ha muerto”. Ciertamente, todavía hay grandes profesionales en las aulas.

Yo tampoco me quiero unir a las filas nefastas del pesimismo. Los buenos profesores están ahí, aunque desconcertados, porque les cuesta compartir las orientaciones que les llegan de la administración. Y lo más importante: la necesidad de la buena escuela persiste. Es imprescindible para los pobres y para garantizar un mínimo de cohesión social y de moral cívica.

Hay una conclusión que Juillard no parece atreverse a deducir de sus premisas. Su libro se abre con estas palabras: “En Francia, la escuela es de izquierdas. Forman una pareja de ancianos cuya relación se remonta a la Revolución Francesa”. Pero si la educación francesa ha sido un dominio patrimonial de la izquierda al menos durante los últimos cincuenta años –cosa que sabe muy bien, pues fue secretario del sindicato de Educación Nacional y un importante miembro del Partido Socialista Francés– y, sin embargo, estamos como estamos, no debería admitir la izquierda al menos la posibilidad de que lleve una trayectoria educativa equivocada? El mismo Julliard sostiene que la izquierda se ha olvidado de la clase trabajadora y, con ella, del Estado, de la Nación y del pueblo, por eso se muestra más interesada en seducir a minorías de todo tipo para sumar sus votos que en mantener vivos los ideales republicanos de libertad, igualdad y fraternidad.

Recuérdenlo, estas son cosas de la vecina Francia. Pero quizás no esté de más recordar también que aquí, en España, las familias cada vez gastan más dinero en completar la educación escolar de sus hijos. La demanda es evidente en lenguas extranjeras y en matemáticas. Eso bien pudiera significar que las familias que pueden permitírselo han asumido las riendas de la trayectoria educativa de sus hijos. En esta trayectoria, la escuela sigue ocupando un papel muy importante… pero decreciente. Y si esta tendencia se refuerza -y todo parce indicar que así será-, quizás pudiéramos sospechar que la escuela, aquella institución en la que las familias depositaban incondicionalmente su confianza y sus esperanzas de futuro… ya no es lo que era.

Un último punto. Francia, a pesar de sus problemas, sigue esperando que su escuela sea el crisol de la nación. España, ya no.

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