El ascendente flanco este de la Unión

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Sala preparada para la reunión del Consejo Europeo en Bruselas, diciembre de 2017 (CC Tauno Tõhk)

 

Asistimos a un desplazamiento del centro de gravedad de nuestra Unión Europea, al norte y al este; inequívoco desde el inicio de la guerra –invasión– de Rusia contra Ucrania. En paralelo, la brecha con nuestra área suroccidental se consolida en temas tan variopintos como la inmigración, las cesiones de soberanía, o la diferente interpretación de los valores fundacionales de la Unión. También, la confianza en el futuro: según nuestros socios nórdico-báltico-polacos, la coyuntura internacional de Ucrania representa una oportunidad de renovación de Occidente. En este marco, reclaman protagonismo de forma manifiesta, a menudo jactanciosa, a veces descarada. Junto a Ucrania, enarbolan la enseña de lucha contra Putin; de lucha por el futuro de Europa.

El arrollador ascenso del flanco llevaba años en desarrollo: recordemos la declaración del Secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld –ya en 2003– de que “el centro de gravedad [de la OTAN europea] se está desplazando al este”. Polémica en su momento –descriptiva en la actualidad– fue su caracterización de Europa, con óptica de defensa, como continente dividido entre “Old Europe” y “New Europe”.

Hoy, contrastan los llamamientos a autonomía estratégica europea, principalmente desde París y Berlín, con la apuesta firme del Este por el paraguas de protección que ofrece EEUU (en formato OTAN). Más aún en el marco de la guerra en Ucrania. Los esfuerzos de los líderes tradicionales –Francia y Alemania– de jugar un papel de moderador entre Rusia y Ucrania han sido duramente criticados por los nórdico-bálticos (como era de esperar, la afirmación por el presidente Macron de que sería necesario ofrecer garantías de seguridad a Moscú para finalizar la guerra, no resulta bien recibida). Mientras tanto, Reino Unido, tras su salida de la UE, aprovecha –agrava– la falta de cohesión en el ámbito de seguridad, creando acuerdos individuales según sus intereses (en febrero, con Ucrania y Polonia; en mayo, con Suecia y Finlandia).

Cuenta, en este contexto, el vacío de liderazgo originado por la confusión reinante en una Alemania pos-Merkel y por el motor franco-alemán gripado. Pero, sobre todo, cuenta la conducción política del polo nórdico-báltico (con Suecia, próxima presidencia rotatoria que nos pasará a España el testigo en julio, a la cabeza) y la contundencia en el ámbito de defensa que proyecta Polonia.

Varsovia se ha erigido en socio prioritario de EEUU en Europa Continental. El objetivo polaco de llegar a un 5% del PIB de gasto en defensa sobresale ante los ambiguos posicionamientos de muchos de los socios europeos de alcanzar el 2% promovido por la OTAN. En julio, el ministro de Defensa polaco aseguró que se convertirían en “las fuerzas de tierra más poderosas de Europa”. A la vez que la imagen de Alemania como contraparte americana por excelencia se desdibuja, Polonia se consolida como cabeza de puente para asistir a Kiev. En cuanto a compromisos financieros bilaterales, Varsovia es el tercer gobierno en porcentaje de PIB. En términos absolutos, es el quinto, aunque la única economía no G7 (lideran EEUU, Reino Unido, Alemania y Canadá). También destaca en apoyo militar: solo está por detrás de EEUU, Alemania y Reino Unido en la entrega de material de defensa a Ucrania. Desde el comienzo de la guerra, reclama mayor compromiso.

Esta estrategia ha de enmarcarse en los errores pasados (y no tan pasados) relacionados con la independencia judicial y mediática –el llamado “procedimiento del artículo 7”, que podría acabar eliminando su derecho de voto en el Consejo Europeo, fue activado contra Polonia en 2017 por la Comisión Europea–. Su liderazgo en el escenario europeo, además del empeño demostrado con Ucrania, le han permitido hacer borrón y cuenta nueva. Ahora, es Varsovia la que censura: denuncia la pasividad de Scholz ante la crisis existencial europea y despierta fantasmas del pasado contra Alemania; se siente vindicada por la invasión de Putin. Vindicada porque el tiempo le ha dado la razón, pero sobre todo, vindicada ante sus vecinos alemanes, que se mostraron cándidos ante Rusia.

El polo norte-báltico también critica la falta de autoridad de los mandos tradicionales –a la vez que demuestra un creciente deseo de liderar en temas de defensa–. En el Foro de Política Exterior de Berlín (encuentro anual de políticos, expertos y periodistas) en octubre, el ministro de Defensa letón planteó una pregunta cargada de simbolismo –y reproche–: “¿Nos podemos fiar de Alemania con respecto a la defensa de Letonia y la OTAN? Nosotros estamos dispuestos a morir, ¿y vosotros?”

Los bálticos, por su geografía vulnerable –primera línea de defensa OTAN contra Rusia–, y por su pasado de sometimiento por Moscú, venían advirtiendo, desde su independencia, del peligro que presentaba el Kremlin, mucho antes del 24 de febrero (“Nos habíamos desesperado desde 2008 por la poca importancia que Occidente le daba”, en palabras de la antigua presidenta estonia Kersti Kaljulaid); junto con Polonia, lideran el ranking de apoyo a Ucrania en términos de PIB. Están dispuestos a abanderar la lucha por los valores europeos, tal y como expresó el presidente letón en la Conferencia de Riga en octubre: “Nuestro lema ahora es resiliencia en valores, en democracia, en nuestra forma de vida”.

Los países nórdicos comparten con los bálticos una evaluación de prioridades –y de amenazas–. La invasión a gran escala de Ucrania provocó el cambio radical de décadas de política de seguridad y defensa: Suecia y Finlandia solicitaron unirse a la Alianza Atlántica en mayo, rompiendo, así, con una larga historia de neutralidad (de dos siglos en el caso de Suecia); Dinamarca se ha unido a la política de defensa común de la UE, tras 30 años renunciando ser parte de ella. Estocolmo y Helsinki siguen anunciando nuevos paquetes de apoyo para Kiev. Todo ello cobra mayor relevancia con la inminente Presidencia del Consejo de la Unión Europea que asumirá Suecia en enero.

No podemos ignorar las implicaciones del nuevo peso Norte-Este; la agudizada excentricidad física del Sur occidental, empezando por España. No estamos en primera línea en la lucha contra Putin, y los asuntos en los que sí tenemos una posición privilegiada –por ejemplo, el Sahel, que el nuevo Concepto Estratégico de la OTAN reconoce como área prioritaria– han pasado a un segundo plano. Hace falta buscar nuestra posición en la nueva dinámica de poder en la UE. La Presidencia española del Consejo de la UE en el segundo semestre del 2023 brinda oportunidades que no podemos dejar pasar.

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