Un alto el fuego en la guerra contra la obesidad

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En Gran Bretaña existe una Comisión Parlamentaria sobre Imagen Corporal. Era inevitable que publicara un informe. Y lo ha hecho. Rob Lyons lo comenta en Spiked.

Naturalmente, no se constituyen comisiones parlamentarias para ocuparse de bagatelas. El objeto de esta es un problema grave. La mitad de la población británica padece imagen corporal negativa, o sea, está descontenta con su aspecto físico. Y la imagen corporal negativa se considera “una causa subyacente de problemas de salud y de relación, un factor clave de autoestima baja y un obstáculo importante para la integración en la escuela y la promoción en el empleo”. Más: “El problema es tan agudo, que ahora aun niñas de cinco años están preocupadas por su peso y aspecto, la mitad de las chicas y y uno de cada cuatro chicos creen que sus compañeros tienen problemas de imagen corporal, y el aspecto es el primer motivo de acoso en la escuela”.

La culpa es de los agentes que difunden el canon físico dominante en la sociedad. El informe reparte las culpas con bastante exactitud: medios de comunicación, 43,5% de la influencia total; publicidad, 16,8%; el culto a los famosos, 12,5%; etc. Y como el ideal que presentan parece inalcanzable al 95% de la población, la frustración es tremenda. Así lo dice el presidente de la comisión: “En el Reino Unido, la insatisfacción con la imagen corporal ha alcanzado un máximo histórico y la presión para ajustarse a un ideal físico inalcanzable está causando estragos en la autoestima de muchas personas”.

De todas formas, no es fácil saber si la situación era más tolerable en tiempos antiguos, pues aún no había comisiones parlamentarias sobre imagen corporal. Lyons cree que los chicos y las chicas siempre han tenido problemas con su aspecto, especialmente en la pubertad. Sobrevivían más o menos bien compartiendo sus experiencias con los compañeros y recibiendo consejos de los mayores. Eso ya no basta, según la comisión: hacen falta intervenciones “basadas en datos”, “iniciativas psicopedagógicas”, revisar las leyes contra la discriminación.

“Así –explica Lyons–, el informe recomienda cursos sobre imagen corporal para profesores, ‘apoyo’ para madres y alumnos, cambiar el código ético de la publicidad y el lenguaje que usamos para hablar del peso, y aun ‘plantearse’ reformas legislativas para prohibir la discriminación por razón del peso, como ya se prohíbe la discriminación por sexo, raza u orientación sexual. También nos hace falta un ‘lenguaje neutro con respecto al peso’, sin términos ofensivos como obeso”.

Sin embargo, observa Lyons, ya hace décadas el cine, la publicidad proponían modelos inalcanzables para casi todos. Lo que no había antes era “la obsesión con la obesidad”. Y de esto no hay que culpar solo a los sospechosos habituales. “Políticos, expertos en medicina y activistas se han empeñado en convencernos de que engordar nos llevará a la tumba y permitir que nuestros hijos engorden equivale a abuso de menores. A algunos padres les han amenazado con privarles de la patria potestad por el peso de sus hijos. Hoy se pesa sistemáticamente a los colegiales a determinadas edades, y los padres reciben cartas de advertencia si sus críos sobrepasan el umbral de kilos establecido, aunque el sentido común no vea al niño gordo ni con mala salud. En el colegio, las lecciones a menudo tocan temas de salud y dieta. Si la preocupación por el peso empieza a edad cada vez más temprana, la fijación con la obesidad en la escuela tiene sin duda gran parte de culpa”.

Por eso, concluye Lyons, “en vez de lanzar una ofensiva general en materia de peso, el informe debería pedir un alto el fuego en la guerra contra la obesidad”.

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