¿Nunca puede ser digno el trabajo infantil?

Desde la óptica de países ricos, lo único que se puede hacer con el trabajo infantil es prohibirlo. Pero varias asociaciones de niños trabajadores de países en desarrollo reclaman el derecho a ser protegidos en una actividad que necesitan como medio de subsistencia.

El trabajo infantil, quién lo duda, está asociado a formas de explotación que en muchos casos rozan la esclavitud y comprometen la vida, la seguridad y el sano desarrollo de los niños. En el mundo actual pasan de 200 millones los niños obligados a trabajar, aunque la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que desde 1992 ha llevado adelante el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, registra en los últimos cuatro años un descenso global del 11%, y del 26% entre los que realizan trabajos peligrosos, que en 2004 sumaban 126 millones.

Por el contrario, sostiene el manifiesto, la condena promovida desde la OIT, que “no cuestiona las causas que originan nuestra pobreza, ni va a eliminar las graves formas de explotación que existen hacia nosotros”, lejos de dignificar a los niños tiende a provocar que “los que trabajamos seamos tratados como hijos de padres irresponsables, desertores de la escuela, malos estudiantes, causantes de nuestra pobreza futura o, lo que es peor, como delincuentes, perseguidos e internados por el hecho de ser trabajadores”.

La solución asistencialista, desde luego, no es la que les merece más confianza. “El Estado no se ocupa de nosotros porque no votamos”, argumenta Víctor Bryan, un chico de 16 años que trabaja desde los 7, es delegado de MNNATSOP, y que acaba de estar en Barcelona de la mano de la ONG Save the Children. Bryan no tiene mucha confianza en la acción del Estado: “El año pasado, la ministra aplicó la ley de la mendicidad y dio órdenes a la policía para que pusiera en albergues a todos los niños que trabajaban en la calle. Eran como cárceles e incluso los torturaban. La ministra confundió a esos niños con mendigos, pero sólo estaban trabajando para poder comprar pan”, explica el joven al diario La Vanguardia.

El primer peldaño

Y es que las luchas sociales basadas en el mero idealismo contradicen a veces -e incluso empeoran- la realidad. Jeffrey Sachs, quizá el más destacado de los especialistas que asesoran a la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, reconocía en su libro El fin de la pobreza, publicado en 2005: “Durante años he visitado fábricas de ropa por todo el mundo en desarrollo. Me he familiarizado con las cavernosas salas en donde hay cientos de mujeres sentadas ante las máquinas de coser y de hombres ante las mesas de trabajo, donde las fábricas hacen avanzar las líneas de producción y en donde, al llegar a la última fase, se pegan sobre las prendas las etiquetas tan familiares de GAP, Polo, Yves Saint Laurent, Wal Mart, C.J. Penney y otras tantas marcas. No hay nada de glamouroso en este trabajo”.

“Este tipo de explotación -continuaba el economista, director del Earth Institute de la Universidad de Columbia- suele ser objeto de protestas públicas en los países desarrollados, que han ayudado ciertamente a mejorar la seguridad y la calidad de aquellas condiciones de trabajo. Pero, de todas formas, la gente que protesta en los países ricos no haría mal en apoyar la multiplicación de empleos de este tipo, aunque realizados en condiciones seguras, protestando contra el proteccionismo de sus propios países que mantienen a raya la ropa que se exporta desde países como Bangladesh. Porque estas jóvenes trabajadoras tienen un pie en la economía moderna (…), y el trabajo de explotación puede ser el primer peldaño de la escalera para salir de la pobreza”.

Según esta lógica, no pueden sino considerarse malas noticias las que ha publicado recientemente el Banco Mundial en su informe anual sobre perspectivas de financiación externa para los países pobres, pues prevé que las inversiones de capital privado en esos países se reducirán este año a 363.000 millones de dólares (261.885 millones de euros), una cifra que representa menos de la tercera parte de su volumen récord de 1,2 billones de dólares (865.680 millones de euros), registrado en el año 2007.

Mejorar las condiciones del trabajo infantil

“¿Por qué los países desarrollados ven con malos ojos que los niños trabajen?”, ha preguntado el diario español La Vanguardia a Víctor Bryan. “Porque ellos sólo ven su situación, donde los niños no necesitan salir a ganar dinero. Y con esa mentalidad vienen a América Latina o a África a imponer sus opiniones”, ha sido la respuesta.

De acuerdo al manifiesto de MNNATSOP, que cuenta con el apoyo de Save the Children, el término “trabajo infantil”, usado en la discusión internacional y en los instrumentos jurídicos que regulan el tema, se emplea genéricamente y sin hacer distinción entre condiciones aceptables y formas de explotación.

Alfonso Hernández, de la ONG Intervida, denuncia un círculo vicioso en el que parecen correlativos la disponibilidad de niños para el trabajo y el provecho injusto que se saca de ella: “El trabajo infantil existe porque la mano de obra infantil se demanda desde las fábricas, en los empleos mal remunerados y por empresarios sin escrúpulos. Los niños son vistos como mano de obra dócil y no problemática, barata y abundante. Existe una demanda de esta mano de obra. Pero para que exista una demanda también debe existir una oferta, y en este caso se cumple un efecto de retroalimentación”.

Sin embargo, Fabrizio Terenzio, asesor del Movimiento Africano de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores, ha señalado que, en vez de esforzarse por erradicar el trabajo, la OIT debería preocuparse por mejorar las condiciones de los niños que trabajan y van a la escuela, pues ha calificado de “ideológica” la visión según la cual escuela y trabajo son incompatibles, argumentando que “hay estadísticas que prueban lo contrario”.

Por otra parte, quienes defienden los derechos laborales de la infancia critican que la OIT haya incluido en la lista de peores formas de trabajo infantil algunos oficios en los que desde hace años se han ocupado los niños de muchas comunidades, como ir al pozo a buscar agua.

“Un niño puede trabajar si tiene tiempo para estudiar y jugar “, asegura Víctor.

MNNATSOP ofrece alternativas para que los niños trabajadores puedan mejorar su calidad de vida, como talleres, escuelas y hospedaje. Uno de sus programas consiste en el taller “chicos ecológicos”, cuyos participantes trabajan como jardineros 4 horas diarias y reciben un sueldo mensual.

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