¿Monoparental yo?

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Contrapunto

“Familia monoparental”: la expresión entró en la jerga sociológica en el último cuarto de siglo y ahora empieza a ser rechazada como un estigma. El término se acuñó ante el aumento de hogares a cargo de un solo padre, para dar un carácter de normalidad a este nuevo “modelo de familia”, tan válido como la “familia tradicional”. ¿Acaso un adulto solo, que quiere realmente a sus hijos, no es capaz de educarlos tan bien como puede hacerlo una pareja?

Este discurso bienpensante ha tropezado con la tozuda realidad. En Estados Unidos cada vez más estudios -como el reciente de Francis Fukuyama, La gran ruptura- ponen de manifiesto los costes sociales de las disfunciones en la familia. También en Francia, cuando se analizan problemas que afectan hoy a los jóvenes (drogas, alcohol, indisciplina, violencia escolar…), en seguida se señala como un factor de riesgo el ser educado por un solo padre. En informes, simposios y reportajes de prensa, la familia monoparental aparece asociada a patologías sociales.

Esta mala imagen ha hecho que las familias a cargo de un solo padre empiecen a rechazar el calificativo de “monoparental”, que a su juicio tiene hoy un carácter peyorativo. En un reportaje de Le Monde (1-IV-2000) sobre este tema, los responsables de una Federación sindical de familias monoparentales (que apenas ha conseguido reunir a 350 miembros en toda Francia) manifiestan que están pensando cambiar de nombre a su Federación para darle una nueva imagen. No quieren quedar atrapados en una categoría que va unida al riesgo de soledad, dificultades económicas, incapacidad de socialización de los hijos, o carencia de autoridad en la familia.

Es cierto que bajo la etiqueta de “familia monoparental” pueden encontrarse situaciones heterogéneas. En el caso de Francia, estas familias con hijos están en su inmensa mayoría (85%) a cargo de mujeres. Pero el cabeza de familia puede ser divorciada/o (60%), viuda/o (20%) o soltera (20%). El hogar monoparental por causa de divorcio no implica necesariamente que el padre haya desaparecido de la vida de los hijos, pero la realidad es que en la mitad de los casos ha dejado de verlos. Sus condiciones socioeconómicas son también variadas: el 72% de los cabezas de familia monoparental tienen un empleo, aunque a menudo poco cualificado o a tiempo parcial; unas madres sacan adelante a su familia sin grandes agobios económicos, pero un 17% de las familias monoparentales viven por debajo del nivel de pobreza (frente a un 9% en el conjunto de hogares con hijos).

Esto es lo que mueve a decir a algunos sociólogos que el problema no es la “monoparentalidad” en sí, sino la acumulación de circunstancias difíciles (problemas de vivienda, de trabajo, de educación, de horarios…) en una familia. Para no “estigmatizar” a un tipo de familia, estos sociólogos subrayan la influencia de las condiciones sociales, más que el ambiente familiar, en la trayectoria de los hijos.

Pero no hace falta estigmatizar a nadie para comprender que las familias monoparentales tienen más dificultades que las demás para cumplir su función, lo cual está acarreando una serie de problemas sociales. En primer lugar, por su proliferación: en Francia han pasado del 9% de los hogares con hijos en 1968 al 16% hoy (1,7 millones de hogares). Y si los efectos de un fenómeno son asumibles mientras tienen un carácter excepcional, sus costes sociales se van haciendo incontrolables cuando se convierten en epidemia. En segundo lugar, si hoy día es ya arduo para un matrimonio educar a los hijos, mucho más cuesta arriba se le hará a quien debe educarlos solo.

Es cierto también que en la situación de estas familias influye un conjunto de factores, y no solo el hecho de ser monoparentales. Pero el estar a cargo de un solo padre supone ya una debilidad estructural, que hace más difícil superar las dificultades de la educación de los hijos, de la economía familiar, de la conciliación entre trabajo y atención del hogar.

Un bimotor puede tomar tierra también con un solo motor en caso de avería. Pero nadie dirá que da lo mismo que el avión funcione con uno o con dos motores. Tampoco sirve de mucho disfrazar las averías familiares como “cambios en los modelos de familia”. Más vale una labor de prevención, para reforzar con los instrumentos jurídicos, económicos y educativos la familia fundada en el matrimonio.

Ignacio Aréchaga

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