Matrimonio: una oposición razonable y otra absurda

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Duración lectura: 4m. 10s.


Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 38/14

En una manifestación, una pareja interracial porta una pancarta a favor del matrimonio gay: “Una vez nuestro matrimonio también fue ilegal”, reza. ¿Es justa la comparación? ¿La oposición al matrimonio del mismo sexo es igual a la oposición al matrimonio interracial?

En un artículo publicado por la Heritage Foundation, del que se hace eco MercatorNet, el estadounidense Ryan Anderson, experto en temas matrimoniales, asegura categóricamente que tal asimilación carece de sentido.

Creer que el matrimonio es solo la unión de un hombre y una mujer es una creencia razonable: grandes pensadores, a través de la historia de la humanidad, en cualquier comunidad política, lo consideraron como tal.

Dicha conclusión nace de una adecuada comprensión de la naturaleza humana. El matrimonio une a los esposos a todos los niveles de su ser: corazones, mentes y cuerpos, en los que hombre y mujer configuran una unión de dos en una sola carne. Que hombres y mujeres son distintos y complementarios está fundado en la verdad antropológica; en el hecho biológico de que la reproducción requiere de un hombre y una mujer, y en la realidad sociológica de que los hijos se benefician de tener un padre y una madre.

Lejos de pretender articularse como un pretexto para excluir a las parejas del mismo sexo, la institución matrimonial se forjó en multitud de sitios a lo largo de los siglos, completamente al margen y mucho antes de que surgieran los debates sobre las relaciones entre personas del mismo sexo. De hecho, apareció en culturas que no tenían idea de lo que era orientación sexual, y en algunas que abiertamente aceptaban el homoerotismo, pero que garantizaban la preeminencia del matrimonio.

Muy diferente y tardía en la historia es, en cambio, la idea de que dos personas de grupos raciales diferentes no pueden casarse. Y en su origen está el prejuicio, no la razón.

La unión de hombre y mujer estaba en el corazón de las reflexiones de Platón y Aristóteles, de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, de Maimónides y Al-Farabi, de Lutero y Calvino, de Gandhi y Martin Luther King Jr. Lo que no aparece en ningún sitio de sus idearios es consideración alguna sobre raza y matrimonio.

Solo muy tarde en la historia humana aparecen comunidades políticas que prohíben el matrimonio interracial, restricciones que nada tienen que ver con la naturaleza del matrimonio, y sí mucho con la negación de la igualdad y dignidad ante la ley.

Tales leyes, prácticamente exclusivas de EE.UU., fueron concebidas como consecuencia de la idea de que los esclavos negros no eran ciudadanos ni personas. Esto es algo que nada tiene que ver con la naturaleza del matrimonio, y sí con disparates acerca de la naturaleza humana y la dignidad de las personas negras.

Así, pues, las leyes que definen el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer no son injustas. Para enterarse de cuándo una ley sobre la materia es justa o injusta, hay que saber en qué consiste el matrimonio, que debe ser “ciego al color”, pero no “ciego al género”. La melanina que contiene la piel de dos personas no tiene nada que ver con su capacidad de unirse en un nexo natural, ordenado a la procreación. Por ello, la diferencia sexual entre un hombre y una mujer sí es central.

Ahora bien, ¿el que un fotógrafo se niegue a tomar fotos de una boda entre contrayentes del mismo sexo no es equivalente a rechazar la presencia de clientes negros en un restaurante, en los años 50? No lo es, advierte Anderson. No, porque el racismo es irracional, es una aberración histórica y geográfica, mientras que la creencia de que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer es una creencia racional, basada en toda la historia humana hasta el año 2000.

En tal sentido, negarse a prestar servicios a una boda gay no es un acto discriminatorio: es un rechazo a refrendar una acción que uno ve como una falsedad. Lamentablemente, en un creciente número de casos, el gobierno ha violado la libertad religiosa respecto al tema del matrimonio, y varios negocios familiares –fotógrafos, reposteros, floristas y otros involucrados en el área de los servicios matrimoniales– han sido encausados por negarse a participar en la celebración de uniones homosexuales.

Entiende Anderson que ya es tiempo de frenar esta tendencia, y que los legisladores deben tomar medidas para proteger la libertad de quienes prefieren mantenerse al margen de bodas gays.

Al fin y al cabo, “proteger la libertad religiosa y los derechos de conciencia no restringe la libertad de nadie para comenzar la relación que desee”, concluye el experto.