Los adultos primero

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Duración lectura: 5m. 53s.

Los derechos de los niños figuran entre los grandes descubrimientos del siglo XX. Desde su condición de poco más que bienes muebles de una sociedad patriarcal -que Charles Dickens describió con tanta indignación- los niños han evolucionado convirtiéndose en seres humanos dotados de una dignidad igual a la de los adultos, con su propia Carta de derechos y sus propios defensores oficiales. Incluso cuentan, en algunos países, con leyes que detienen la mano paterna que quisiera propinarles un cachete.

Para comprender lo que hemos dejado atrás -en el mundo real y no sólo en la caricatura de Dickens- no hace falta dirigir la mirada más allá de un reciente informe sobre los brutales regímenes prevalentes en las escuelas industriales de Irlanda y en otras instituciones de “asistencia infantil” durante la primera mitad del siglo pasado y, en determinadas formas, en décadas posteriores (cfr. Aceprensa, 29-05-2009).

Factores de riesgo de violencia

Tales instituciones han desaparecido, gracias a Dios, de la faz de la tierra o al menos de las sociedades desarrolladas. Pero existe otro peligro que aparece evidente en los informes sobre maltrato infantil en hogares privados y que sale a la luz con angustiosa regularidad: la amenaza de una cultura en la que el derecho de los adultos a elegir se impone cada vez más sobre las necesidades y los derechos básicos de los niños.

El ejemplo más destacado de esta forma de maltrato privatizado es el aborto, el cual, como muerte intencionada de un ser humano inocente, constituye una de las formas más fundamentales e inhumana de maltrato infantil. Y a veces preludio de otras.

Acaba de publicarse un informe elaborado por el Comisario de la Infancia acerca de los factores de riesgo de muerte y lesiones graves por agresión que sufren niños menores de cinco años en Nueva Zelanda, que tiene uno de los índices más elevados de maltrato infantil entre los países ricos.

Según el comisario, “el informe también destaca algunos riesgos a los que es necesario que prestemos mayor atención en este país. Por ejemplo, existe un riesgo especial cuando se deja a niños muy pequeños al cuidado de hombres jóvenes que no son sus padres naturales. A menudo carecen de toda preparación para hacer frente a la tensión que provoca un niño que llora, y puede que ya tengan problemas de agresividad o de abuso del alcohol. Investigaciones internacionales han descubierto que a menudo pegan al niño para intentar que se calle”.

Huérfanos de encargo

Pero el auténtico problema es el derecho indiscutido de los adultos de emprender o poner fin, como quien navega sin rumbo, a “relaciones”, sin consideración hacia los derechos y el bienestar de los hijos que sean producto de éstas.

La cuestión fundamental es la siguiente: todos los niños necesitan y tienen derecho a que sus padres biológicos cuiden de ellos con amor en un hogar estable. Cuanto más nos apartemos de ese ideal -en el que crecen la mayoría de los niños-, mayor es la probabilidad de que pueda darse maltrato.

No obstante, lejos de reducir al mínimo esa posibilidad, estamos aceptando “derechos” de los adultos que cada vez ponen en peligro a más niños. Con nuestra liberal actitud hacia el sexo y el matrimonio, y a través de prácticas asociadas a la fecundación in vitro (FIV), estamos creando niños que no conocen a sus progenitores -especialmente a su padre- o que se ven alejados de ellos por el divorcio. Fomentamos y financiamos las instituciones que facilitan cosas como el divorcio y la FIV porque ello hace que los progenitores, o uno de ellos, se sientan satisfechos.

Ante estas situaciones, se ha mantenido hasta épocas recientes, al menos de boquilla, el principio de que el bienestar o los “intereses” del hijo son “primordiales”. Pero eso también está a punto de irse al garete.

Lo importante, el proyecto parental

En un artículo publicado en el Journal of Medical Ethics acerca de la FIV, B. Solberg se pregunta: “Si un niño no existe todavía, ¿qué sentido tiene hablar de su bienestar? Ninguno, responde. Los niños que nacen de la forma tradicional pueden tener “intereses”, pero no aquellos que nosotros creamos: “Los niños en potencia parecen quedar fuera de la moralidad”.

Lo que realmente importa en la reproducción asistida, afirma el articulista noruego, es el “proyecto parental” de los adultos; si éste “tiene sentido y es factible”, dejémosles que sigan adelante. Traza la raya en utilizar la FIV para que los adictos a las drogas tengan hijos, pero afirma que la tecnología debería estar a disposición de parejas homosexuales, así como servir para la concepción de hermanos-medicamento y la selección del sexo, y para cualquier otra cosa que pudiera resultar en una “familia que cumpla sus funciones”.

Hay que reconocer que estamos hablando aquí de un artículo de escasa difusión publicado en una revista que atrae principalmente a los sobrecalentados cerebros de los biomoralistas, pero la industria de la FIV depende, precisamente, de argumentos como éste para su expansión.

Adopción e ideología

En los campos de la adopción y el acogimiento está emergiendo el mismo despego hacia el bienestar de los niños e incluso hacia los derechos y/o intereses de los progenitores naturales, quienes, durante varias décadas, eran tratados como copartícipes en la transición de su hijo a una nueva familia o a una familia de acogida.

Las organizaciones benéficas católicas del Reino Unido están siendo acorraladas, al ponerlas en una situación en la que deben abandonar toda labor de adopción o cumplir nuevos reglamentos que les exigen tener en cuenta a parejas homosexuales como posibles adoptantes, a pesar de su convicción de que esto constituye una violación de los derechos del niño.

Las autoridades locales están dando niños en acogida a parejas del mismo sexo en contra de los deseos de los padres naturales, incluso en casos en los que es posible la atención en dicho régimen con otros parientes de la familia.

El mismo acogimiento es una área nada clara que en algunos países parece a punto de desmoronarse, ya que se encomienda el cuidado de los niños a quienquiera que esté a mano y se le retira de forma no menos arbitraria. Unos padres de acogida inadecuados y la inestabilidad deben ser causa de terrible infelicidad para muchos niños.

El maltrato institucionalizado puede haber desaparecido. El maltrato de hoy en día es distinto, pero que haya sido privatizado no hace que resulte una pizca menos real ni terrible.

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NOTAS

Este artículo traduce una selección de párrafos del original publicado en MercatorNet (12-06-2009).