Las ventajas de ser madre joven

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Duración lectura: 5m. 44s.

La escritora canadiense Danielle Crittenden aduce argumentos a favor de que las mujeres no retrasen tener hijos (The Globe & Mail, Toronto, 3-IX-93).

(…) Entre 1980 y 1990, casi se duplicó en Norteamérica el número de partos en mujeres de más de 35 años; en el mismo periodo, la tasa de natalidad en madres de más de 40 años aumentó un 50%. En gran parte, las causantes de este fenómeno son las profesionales blancas: cuanto más altos son el nivel de instrucción y los ingresos de una mujer, más probable es que tenga su primer hijo con más de 30 años. (…)

Aunque cada una de esas mujeres tal vez dé una explicación distinta de su decisión de retrasar tanto la maternidad, en todas ha influido también la opinión ahora predominante. Según esa opinión (…), lo mejor es posponer la maternidad lo más posible, para que la mujer pueda dedicarse a su profesión. Se cree que sólo cuando una mujer está bien asentada en su trabajo, puede añadir la maternidad a sus señas de identidad (…).

Pero, de hecho, para una mujer no es más sensato tener un hijo a los 38 o a los 40 años que a los 18. Quizá es incluso menos sensato.

(…) Cuando tuve mi primer hijo, a los 28 años, más bien joven para lo que ahora se estila, deseé haberlo tenido antes. Una no se da cuenta de lo mayor que es hasta que ha tenido un hijo, e incluso ya a mis 28 años la maternidad me resultaba menos fácil que a los 23, por ejemplo. Estaba más absorbida por mi trabajo y más preocupada de no desperdiciar mi tiempo. Tenía menos resistencia física; me irritaba más que estropearan los muebles. (…) Cuando recordaba la vida que lleva una mujer de veinte y pocos años -su capacidad de estar despierta a toda hora, de comer poco, de dormir en cualquier sitio-, pensaba que una persona de esa edad se adapta mucho mejor a las necesidades y requerimientos de un niño.

También el niño se adapta de modo más natural a la vida de unos padres jóvenes. No nace en un matrimonio con un régimen de vida ya muy hecho, ni con cinco o seis años de problemas de infertilidad, de suerte que su madre lo reciba como un pequeño mesías. Es menos probable que sea hijo único, y un hijo único que tendrá que cargar solo, mucho antes que otros, con unos padres mayores. Además, con un poco de suerte, el hijo de una madre joven conocerá a sus abuelos: unas personas todavía con vitalidad, no unos lejanos personajes de las historias familiares, o unas figuras decrépitas en un asilo, o unas tumbas que visitar.

Una madre mayor se encuentra también con el problema de que su propia infancia queda muy atrás. Tal vez, como aseguran los expertos, esté psicológicamente mejor preparada para la maternidad que una mujer más joven. O tal vez no. Pero sin duda le resultará más difícil compenetrarse con su hijo, habrá perdido esa experiencia viva de lo que es ser joven.

(…) Dice Nancy Sánchez de algunas de las madres mayores que ha conocido en sus clases de puericultura a las mujeres que dan a luz en el hospital de la Universidad Stanford: “Son mujeres acostumbradas a tener el control de su vida, y pretenden controlar a los niños. Afrontan la maternidad de modo racionalista, y están siempre acudiendo a expertos. Tengo que decirles que se tranquilicen”.

He conocido madres como ésas en mi vecindario. (…) Una, de casi 40 años, tenía un niño de nueve meses que todavía se despertaba por la noche varias veces porque ella había concluido que sería traumatizante dejar al niño llorar hasta que volviera a dormirse solo. Algunas madres dejaban a sus hijos estar levantados hasta las diez o las once de la noche, por miedo a que obligarles a acostarse les causara trastornos de la personalidad.

Al principio creía que estas madres trabajaban, y que su indulgencia con los hijos obedecía a que pasaban gran parte del día separadas de ellos. Pero no: resultó que la mayoría de ellas habían dejado empleos bien pagados para estar con sus hijos. Se habían entregado por entero a la tarea, igual que cuando eran abogadas o analistas de inversiones. Trabajaban en la maternidad del mismo modo que antes trabajaban con su principal cliente. Cuando sus hijos hacían alguna trastada, les hablaban como lo harían en el trabajo a un subordinado que sólo necesitara una advertencia respetuosa y racional para evitar ulteriores equivocaciones.

Desde luego, hoy se considera extremadamente retrógrado que una mujer se case con poco más de veinte años y tenga un hijo pronto. Pero me pregunto si no sería la más radical y aun feminista de las acciones que podría cometer una mujer ambiciosa.

Supongamos que una mujer hace así a la edad a la que su madre hizo lo mismo, al acabar los estudios. Sin duda, sus amigas la considerarían digna de lástima. Esta mujer se mete en una vida de cambiar pañales y de responsabilidades que ellas no tendrán que plantearse adoptar por unos cuantos años. Tendrá que buscar una niñera si quiere ir al cine, e intentar que sus amigas se interesen por la incipiente dentadura del niño mientras ellas no paran de hablarle de lo que les ha pasado en la oficina.

Entonces, ¿qué habría ganado? Cuando su segundo hijo empiece a ir al parvulario, ella tendrá sólo 29 ó 30 años. Podrá ponerse a trabajar o a hacer una carrera -si aún no la ha hecho- con más tranquilidad, pues sus hijos ya no la necesitarán tanto como antes. Cuando sus hijos pasen el día entero en la escuela, habrá empezado a hacer progresos en su trabajo. No tendrá que tomar súbitamente, a la edad de 32 ó 33, la dolorosa decisión de dejar todo por unos años para tener un hijo, o la de estar seis semanas con su recién nacido y después entregarlo en manos de una niñera o una guardería. A su vez, su empresa no tendrá que invertir tiempo y dinero en formarla sólo para verla marcharse cuando empieza a rendir de verdad.

Mientras, las amigas que criticaron su decisión diez años antes, hablarán preocupadas de cosas como el reloj biológico, profesión frente a maternidad, los precios de las guarderías, tratamientos contra la infertilidad y la repentina escasez de hombres casaderos.

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