Las narices del Estado en la alcoba y en la cocina

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Entre comillas
La ruptura familiar y la obesidad son dos problemas generalizados que afectan al bienestar de los niños de hoy. Daniel Finkelstein se pregunta en “The Times” (13-12-2006) por qué el Estado reacciona de manera tan distinta ante estos dos fenómenos.

Finkelstein recuerda el reciente informe Breakdown Britain que ha analizado los perjudiciales efectos de la crisis de las familias sobre los niños (pobreza, delincuencia, fracaso escolar…) (ver Aceprensa 140/06). “Los datos muestran que las rupturas familiares son mucho más frecuentes en las parejas de hecho que en las casadas. Y muchos están de acuerdo en que esto es un problema grave”.

“Al mismo tiempo hay un amplio consenso en que no hay mucho que se pueda hacer para evitarlo, o incluso que no se debe hacer nada. La razón política para no hacer nada es sencilla: hay demasiados votantes que son padres no casados”.

Aunque los datos muestran que, como promedio, los niños se educan mejor en hogares con dos padres, “a los votantes no les gusta que se les diga que su estilo de vida es perjudicial para sus hijos. Y la mayoría de los comentaristas consideran razonable esta actitud. Los políticos deberían respetar la diversidad de familias y no meter sus narices en el dormitorio de la gente”.

En cuanto a la obesidad, el punto de partida del problema es casi idéntico al del matrimonio, señala Finkelstein. “Al parecer, hay una epidemia de obesidad. La libre elección de los padres está dañando el bienestar de sus hijos y el de todos los demás ciudadanos que tenemos que pagar la cuenta. El punto de partida es el mismo: la sociedad estaría mejor si los padres fueran más responsables”.

Pero, a diferencia del problema anterior, “hay acuerdo en que podemos y debemos hacer algo -ahora- para luchar contra la obesidad”. Hay muchos votantes gordos, pero si piensan que saben mejor que los políticos lo que les conviene, hay que decirles que están en el error. “Tenemos derecho a interferir en sus vidas si están poniendo en peligro la salud de sus hijos. No hay por qué respetar la diversidad de pesos: el Estado debe intervenir en la cocina de la gente”.

“Y todo el mundo está de acuerdo en que hay cosas que pueden hacerse. Por el amor del cielo, hay que suprimir la publicidad de patatas fritas en la televisión. Y quizá deberíamos crear un impuesto sobre las grasas no saturadas. Desde luego hay que subirse a la tribuna y lanzar discursos sobre los peligros de vender grandes barras de chocolate a menores no acompañados y gastar dinero público en publicidad que exponga los efectos letales de la sal de mesa”.

¿Por qué estas reacciones tan diferentes?, se pregunta Finkelstein. “No ciertamente porque el valor de las pruebas sea muy distinto. Incluso el jefe de Ofcom, el organismo que impone la prohibición de anuncios de “fast-food”, reconoce que la influencia de la publicidad televisiva sobre la dieta es más bien escasa. Y esto suponiendo que la obesidad se deba al exceso de “fast-food”. Pues las pruebas están lejos de ser concluyentes. La falta de ejercicio es probablemente una causa más decisiva de la obesidad”.

“La experiencia de EE.UU. demuestra -asegura el articulista- que las reformas de la asistencia social pensadas para favorecer las familias con padre y madre y los programas de educación para el matrimonio funcionan. También es de sentido común que no es una buena idea tratar la cohabitación y el matrimonio como si fueran lo mismo, cuando claramente no lo son”.

Lo que falta para abordar este asunto es la voluntad. “La razón por la que la obesidad se considera un problema que el gobierno debe afrontar y en cambio el matrimonio no, es porque en la obesidad se puede echar la culpa a otros. Podemos fingir que los obesos y sus hijos son simples víctimas. Los culpables son las grandes empresas de alimentación, que se esconden tras las esquinas para repartir batidos a niños indefensos”.

“Si los que hacen campaña contra la obesidad desplegaran tanta energía en una campaña a favor del matrimonio y de la familia como la que dedican a su cruzada contra la sal y las patatas fritas, el mundo iría mejor”.

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