Familia: el ideal y las exigencias

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“La familia representa el valor más importante para los españoles”, se ha dicho al difundir los resultados de la Encuesta Europea de Valores, en su tercera aplicación en España (1). Esta rotunda afirmación puede llevar al optimismo a unos o a restarle importancia a otros. Quizás una mirada más detenida al estudio arroje ciertas luces para averiguar en qué sentido la familia es un “valor” hoy en España. En concreto, ¿la creciente valoración del principio de libertad individual en la vida privada es compatible con las exigencias de cohesión de la familia?

Antes de analizar los resultados de cualquier estudio de valores conviene señalar la diferencia entre opiniones y comportamientos. Estamos en un terreno donde el “ideal” -o incluso lo políticamente correcto- corre el riesgo de desdibujar la realidad. Así, es relativamente fácil declararse, por ejemplo, preocupado por el medio ambiente, o incluso considerar este como una prioridad; otra cosa es si se hace algo al respecto, qué se hace o si se demanda que sean otros los que deban hacer.

Valor-ideal, valor-realidad

Con todo, es cierto que las declaraciones genéricas de principios o valores tienen también su peso, ya que pueden señalar la aspiración del individuo, aquello que tiene por deseable personal o incluso socialmente. Sobre todo si consideramos que los seres humanos son capaces de hacer cosas en las que no creen y viceversa, algo que no implica siempre hipocresía, sino la simple constatación de la imperfección humana.

El valor-realidad es el que se ratifica mediante acciones concretas que expresan el modo en que el individuo se compromete, vive ese valor. Dar todos los meses cierto dinero a una entidad no lucrativa o trabajar de voluntario 4 horas a la semana pueden ser un síntoma bastante indicativo de realidad del valor solidaridad, más allá de la simple declaración del “ideal”.

Hay que tener en cuenta otro aspecto. Hoy algunos valores tienden a “desvalorizarse”, no tanto por la desconexión entre el pensar y el hacer personal, sino también por el maremágnum de corrección política imperante. Por resumir la cuestión -aun burdamente-, en el caso español todo lo que “suene” a progresista -derechos, tolerancia, solidaridad, mujer, minorías, medio ambiente…- hace inclinar la balanza hacia una declaración teórica a su favor. Por el contrario, todo aquello que se interprete como conservador -simples términos como virtud, deber, control, responsabilidad, fidelidad, abnegación, entre otros muchos- es objeto de mayor rechazo.

La gran declaración

El estudio de la Fundación Santa María pedía al encuestado señalar el grado de importancia prestado en su vida a seis aspectos: familia, trabajo, amigos y conocidos, tiempo libre y ocio, religión y, por último, política. Se daban las opciones de “muy importante”, “bastante importante”, “no muy importante” o “nada importante” junto al consabido “no sabe o no contesta”. No había que optar ni que graduar. Evidentemente, no parece muy extraño que ante ese planteamiento casi el 100% de encuestados respondan “a favor de la familia”. Así, la familia es importante para el 98,9% de los encuestados; el trabajo, para el 94,3%; los amigos y conocidos, para el 86,2%, y el tiempo libre y el ocio es visto así por un 80,4%. La religión queda relegada a un quinto puesto, con un 41,7%, y la política solo es importante para el 19,1%.

¿Puede deducirse de esto que la familia es el valor más importante para los españoles? Posiblemente sí, en el sentido de ideal y aspiración. Incluso cabe pensar que la constatación de las imperfecciones y problemas de nuestras familias o de las que vemos alrededor no ha impedido considerar la familia como ideal, lo cual es mucho. Pero esto no es todo, porque no se ha tenido que graduar u optar. Y, además, cómo no valorar la familia cuando es el verdadero Estado del bienestar para parados de larga duración, jóvenes sin empleo, enfermos y todavía ancianos.

Por otro lado, en España, si hay algo no políticamente correcto es la familia: no hay riesgo por tanto de sesgo a favor, no vaya a ser que uno sea tildado de conservador o ingenuo.

Quedaría por ver hasta qué punto la declaración de ideal se materializa a través de determinados comportamientos. El estudio se limita al ideal, pero ofrece otros puntos de referencia importantes -aun en actitudes y opiniones- que, puestos en conexión, revelan algo más del posible contenido que damos al valor “familia”.

El niño como derecho

Así, el 84% de los encuestados consideran que un niño necesita un hogar con padre y madre para ser feliz. Sin embargo, el 63% aprueba que una mujer busque ser madre soltera sin tener una relación estable. Por otro lado, el 44% están de acuerdo con que “las mujeres necesitan tener hijos para sentirse realizadas”. Ante estos resultados, el estudio llama la atención sobre la incoherencia que supone que el derecho de la mujer a tener un hijo prime sobre el derecho del niño a tener padre y madre.

Otro aspecto interesante es el amor incondicional de padres a hijos y viceversa. El 80,4% de los encuestados consideran que se debe amar siempre a los padres, con independencia de sus cualidades y defectos. Y el 76,3%, que el deber de los padres es hacer lo mejor para sus hijos, aun a costa de su propio bienestar (el de los padres).

Hay una pregunta clave realizada en el terreno de las aspiraciones. Los autores han identificado los resultados de esta pregunta dentro de la llamada tendencia “postmaterialista”. Resulta curioso comprobar cómo el 85,3% de los encuestados consideran positivo un cambio dirigido a que se dé más importancia a la vida familiar. Sin embargo, esto contrasta con que solo el 38,8% estiman como positiva la disminución del trabajo en nuestras vidas.

Trabajo fuera de casa

En el campo de la igualdad entre hombre y mujer, es mayoritario el número de personas que apoyan el trabajo de la mujer fuera de casa. La razón que genera más acuerdo es que tanto el marido como la mujer deben contribuir a los ingresos del hogar (un 77%). La segunda, apoyada por el 75%, es que para una mujer, tener un empleo es la mejor forma de ser independiente. Junto a esto, hay que señalar también, que el 74% consideran que una mujer que trabaja puede tener una relación tan cálida y segura con el hijo como una mujer que está en casa. Sin embargo, el 42% opinan que un niño sufre si la madre trabaja fuera. Por otro lado, solo el 47% consideran que ser ama de casa llena tanto como trabajar por un salario. El 71% reconocen la capacidad del hombre para compartir la responsabilidad del cuidado de los hijos.

Sin embargo, tras estos resultados generales resulta interesante echar un vistazo a las opiniones por estado civil, edad y estudios. Así, por un lado parece discurrir una línea que separa la teoría de la práctica: quienes más a favor se manifiestan hacia el trabajo de la mujer fuera de casa son los que nunca han estado casados, seguidos de los separados y divorciados. Respecto a la edad, los que fueron los jóvenes de la generación del 68 y de la transición política son quienes más firmemente apoyan el trabajo fuera de casa, lo que entronca con un momento histórico de acceso a la educación superior de las mujeres y posiblemente de vivencias personales muy significativas. De igual modo, cuantos más estudios se tiene, más a favor se está, lo que parece indicar que el trabajo fuera de casa puede resultar más difícil y menos rentable cuanto menor es la cualificación.

Condiciones de éxito del matrimonio

Para un 75% de los encuestados, el matrimonio sigue siendo una institución de plena actualidad, frente a un 16% que lo considera pasado de moda (2). Sin embargo, solo el 56% piensan que para ser feliz es necesario el matrimonio o una relación estable (3). ¿Qué condiciones son necesarias para el éxito en el matrimonio? El estudio daba 16 condiciones para evaluar y posteriormente las agrupaba en cuatro grandes factores: emocional-afectivo; de contenido hedonista; ideológico-convencional y relacional-externo (cuadro 2).

La fidelidad, la comprensión y tolerancia, y el mutuo aprecio y respeto son las cualidades más valoradas, seguidas de los hijos, que conforman todo el factor emocional-afectivo. La fidelidad, en concreto, es la cualidad a la que conceden mayor importancia casi un 90% de los encuestados. Sin embargo, hay que poner este dato en relación con otros del estudio, como la justificación de las relaciones sexuales fuera del matrimonio, que presenta un índice del 2,45 en la escala 1 a 10 si son continuadas, y un 3,91 si se trata de aventuras “casuales”.

El factor relacional-externo y el de contenido hedonista son, respectivamente, el segundo y el tercero en importancia para los encuestados. Por último, muy en cuarto lugar, está el factor ideológico-convencional, formado por la coincidencia de opiniones políticas o creencias religiosas, o tener el mismo origen social o étnico. La importancia que se da a todos estos rasgos desciende desde los años 80, lo que permite pensar que el matrimonio es visto hoy de modo menos convencional, pero quizás con ciertas dosis de ingenuidad.

La familia sentimental

El estudio ofrece muchos más aspectos que pueden servir para indagar en el estado de “opinión” sobre la familia. Pero quizás los anteriores datos ofrecen pistas suficientemente significativas.

Vaciado de contenido institucional, el valor familia parecer derivar hacia una consideración puramente sentimental, como ocurre con el matrimonio, especialmente entre los jóvenes y, curiosamente, los de más estudios. En cierta manera, este cambio ha sido propiciado por excesos del pasado, que cargaban en demasía la mano sobre la dimensión jurídica y los aspectos externos en detrimento de la autenticidad y los sentimientos. Sin embargo, pese a los defectos de la familia burguesa de antaño, la situación actual no deja de plantear interrogantes.

El primero es en qué medida la excesiva valoración del individuo, de su libertad y de sus derechos no entra en conflicto con la familia. Los resultados de la encuesta, tanto en este como en otros apartados donde colisionan lo individual y lo colectivo, no son muy alentadores. El segundo es la escasa fiabilidad de una familia basada solamente en sentimientos o valores débiles. Quizás en ese 98% de españoles que consideran “importante” a la familia haya dos tipos de personas: los que piensan que, por lo tanto, hay que echarle sacrificio y deberes, y los que viven de los primeros. Tal vez esta es la razón de que el porcentaje “pro-familia” sea tan alto.

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(1) Francisco Andrés Orizco y Javier Elzo. (directores). España 2000, entre el localismo y la globalidad. La Encuesta Europea de Valores en su tercera aplicación, 1981-1999. Universidad de Deusto-Fundación Santa María. Madrid (2000). 397 págs.

(2) Téngase en cuenta que en preguntas sucesivas se emplea “matrimonio” o “relación estable”, mientras que en esta se habla de “institución”.

(3) Son más partidarios de esta afirmación las mujeres que los hombres, los de mayor edad sobre los de menos, los de menos estudios sobre los de más estudios, y, curiosamente, los viudos seguidos de los casados, los que nunca lo han estado, y los divorciados o separados.

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Datos técnicos de la encuesta

El sondeo se hizo con una muestra de ámbito nacional de 1.200 entrevistas, con personas de más de 18 años, distribuidas en seis grupos de edades y seis tipos de municipios según el número de habitantes. Para ese tamaño de la muestra, el margen de error es del 2,89%, estimado para un nivel de confianza del 95,45%.

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