España pierde el tercer hijo

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Duración lectura: 7m. 9s.

Las españolas en edad fértil tienen actualmente una media de 1,07 hijos a lo largo de su vida, lo que supone la tasa de fecundidad más baja del mundo. Son los resultados provisionales de la Encuesta de Fecundidad 1999, del Instituto Nacional de Estadística (INE), que reflejan la continua caída de la natalidad en España desde 1976. El número total de nacimientos ha bajado de 533.000 de 1981 hasta 361.930 en 1998.

A diferencia de otras estadísticas, con medias que encubren situaciones muy distintas, en el caso de la natalidad se puede decir que la mayoría de las mujeres con hijos tienen uno o dos. De las 5.429.220 mujeres con hijos en 1998, el 78,4% tenían uno o dos (tabla 1).

La gran mayoría de los hijos -en torno a nueve de cada diez- siguen naciendo dentro del matrimonio. El 90,6% de las casadas tiene al menos un hijo y sólo el 5,4% de las solteras tiene alguno.

Pero, según los datos del INE, entre las mujeres con hijos hay diferencias significativas que tienen que ver con el nivel de estudios y las creencias religiosas. Así, las que han asistido a la escuela menos de cinco años tienen una media de 2,72 hijos; las que tienen estudios primarios, 1,37; y para los siguientes niveles educativos, el promedio está por debajo de 1. Las mujeres con estudios superiores tienen una media de 0,7 hijos. Esto no significa necesariamente que las mujeres universitarias tengan menos hijos. Lo que ocurre es que estas retrasan más la maternidad.

Las diferencias no son tanto consecuencia del nivel cultural como de la situación laboral y el tiempo de que disponen para atender a la familia. Así, las mujeres que se dedican a las labores del hogar son las que tienen el mayor promedio de hijos, 1,97. Entre las que trabajan fuera de casa, la estabilidad o precariedad laboral influye claramente en la fecundidad: las ocupadas por cuenta propia tienen como promedio 1,46 hijos; las asalariadas fijas, 1,07, y las paradas, 0,85 hijos.

En cuanto a las creencias religiosas, las mujeres con mayor práctica religiosa son las que tienen más hijos. Las católicas tienen un promedio de 1,29 hijos, si bien las no practicantes tienen 1,01 como media; las musulmanas, 1,23 y las de otras religiones, 1,38. Las no creyentes no llegan a tener un hijo como media.

Un 72% de españolas afirma haber utilizado alguna vez métodos anticonceptivos. De las que no utilizan ningún anticonceptivo, los porcentajes varían con la edad. Así, el 80% de las jóvenes de 15 a 19 años no los utilizan; el 41,3% de las de 20 a 24 años, tampoco; ni el 11,2% -el menor de todos- entre las de 30 a 34 años.

El preservativo es el método más difundido, con un 42%, seguido de la píldora, con un 20%. También tiene un papel importante la esterilización quirúrgica, bien de la mujer (9,7%) bien del hombre (8,2%).


Análisis: Amor y sementera

Ahora que la fecundidad en España ha tocado fondo, nunca hemos visto tantas mujeres embarazadas… en los anuncios. Vientres redondos, de piel tensa, de fecundidad inminente, nos estimulan a comprar muebles, teléfonos, relojes y hasta el cupón de los ciegos. Los publicitarios juegan con el deseo de la mayoría de las parejas de tener un hijo y el sentimiento positivo que despierta la imagen de la mujer en estado de buena esperanza. Tener un hijo es siempre un signo de esperanza, una apuesta por el futuro. “He poblado tu vientre de amor y sementera”, decía el poeta Miguel Hernández. Y algo no va bien en España cuando doblamos el siglo con esta abundancia de vientres en barbecho.

Un signo preocupante es que la fecundidad bajo mínimos coexiste con deseos de natalidad reprimidos. La Encuesta de Fecundidad y Familia de 1995 del Centro de Investigaciones Sociológicas (ver servicio 33/99) mostraba que las mujeres con estudios secundarios deseaban tener una media de 2,1 hijos, aunque luego se quedaban en 1,1; y las de estudios universitarios querían tener 2,2, pero en realidad tenían 0,7.

En la Encuesta de Fecundidad del INE, la tasa real de 1,07 hijos por mujer contrasta con el número de hijos que declaran desear las que aún no tienen descendencia. Las de 15 a 19 desearían como promedio 1,68; las de 20 a 24 dicen desear 1,8; 1,79 es la meta de las de 25 a 29 y 1,74 las de 30 a 34. Si los deseos se hicieran realidad, aún no alcanzaríamos el umbral de 2,1 indispensable para la sustitución de generaciones, pero la situación demográfica sería menos preocupante. Y, sobre todo, las parejas que desean hijos acumularían menos frustración.

Durante el último cuarto de siglo, los mayores esfuerzos en el campo de la natalidad han estado dirigidos a que no nacieran los hijos “no deseados”. La tecnología anticonceptiva ha tenido un éxito fácil e indiscutible. Y cuando falla, queda el recurso del aborto, que borra del censo 50.000 nacimientos al año (uno de cada ocho embarazos). Todavía algún político anclado en el pasado como Almunia piensa que lo progresista es ofrecer al electorado una ampliación del aborto; pero el verdadero signo de progreso sería crear las condiciones para que las parejas españolas se animaran a tener esos hijos que desean. Los publicitarios, que son gente alerta, lo han advertido antes que los políticos.

Y es que cierta clase política funciona aún con el prejuicio de que cualquier medida de apoyo explícito a la natalidad se interprete como una intromisión del Estado en la alcoba o como un intento de reducir a la mujer al papel de madre. Pero esto es un escrúpulo rancio en los tiempos que corren. El Estado no puede imponer nada en este terreno, pero sí puede y debe favorecer que los que desean tener hijos encuentren menos dificultades para criarlos.

El abanico de intervenciones posibles es amplio, como muestran los países europeos donde la natalidad se ha mantenido mejor (Irlanda, Francia, países nórdicos). Se trata de adoptar medidas que hagan factibles las opciones en materia reproductiva y que presupongan que los hijos son, sí, una responsabilidad privada, pero también un bien público. La reciente ley de Conciliación de Trabajo y Vida Familiar es un buen primer paso, pero hay que avanzar más por ese camino.

El conocido demógrafo italiano Massimo Livi Bacci resume la posible acción del Estado en dos aspectos (cfr. servicio 175/97). El primero es restaurar la equidad fiscal para las familias con hijos, permitiendo que deduzcan de la renta imponible una parte significativa de los gastos de crianza de los hijos. Pues no cabe duda de que esos gastos son una contribución importante a la colectividad.

El segundo aspecto tiene que ver con lo que Livi Bacci llama el “síndrome de retraso”. En las generaciones pasadas, la salida del hogar paterno, el trabajo, el matrimonio y los hijos eran sucesos próximos en el tiempo. En las generaciones actuales, se acumula un retraso en cada una de las etapas. La conclusión de los estudios es el requisito para buscar trabajo; tener un trabajo estable y disponer de vivienda es condición para independizarse; y entre el matrimonio y la decisión de tener hijos hay un lapso de tiempo más o menos largo. La consecuencia es que los españoles se casan cada vez más tarde: las varones a los 30 años y las mujeres a los 28.

Sin confiar en que la “mano invisible” arregle por sí sola el problema, la mano pública puede intentar atenuar los efectos del retraso: evitar que el período de estudios se eternice, acelerar la entrada en el mercado laboral fomentando vetas de empleo juvenil, facilitar el acceso a la vivienda… En definitiva, fomentar todo lo que contribuya a acelerar la obtención de la autonomía y la asunción de responsabilidades. Esto disminuye para las familias el período de dependencia de los hijos y, además, acorta los tiempos de las decisiones reproductivas.

Otro dato de la Encuesta de Fecundidad puede dar una pista para la política familiar: nueve de cada diez hijos nacen de parejas unidas en matrimonio. Las parejas de hecho aportan poco a la fecundidad, y por lo tanto tampoco tiene sentido otorgarles los mismos beneficios económicos y sociales que se conceden a las parejas casadas porque aseguran la educación de la siguiente generación.

Ahora que comienza un nuevo siglo es un buen momento para apostar sin rodeos por las nuevas vidas.