Elogio del trabajo doméstico

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 3m. 39s.

Con razón se lamenta a menudo que el trabajo doméstico no se estima como merece. Para despertar a la opinión pública y a los gobiernos, a veces se hace notar que, sin esa labor no remunerada que realizan los padres, el bienestar y la riqueza de cualquier país serían muy inferiores. Pero como las tareas domésticas no entran en el cálculo del producto interior bruto (PIB), no se tiene en cuenta la contribución de las familias a la prosperidad de todos.

Se trata de un argumento repetido últimamente por diversas asociaciones familiares, que nos descubren cómo engordaría el PIB si se contaran las labores domésticas. La manera de saberlo es calcular cuánto habría que pagar a personal ajeno a la familia para que hiciera el trabajo que los padres, gratis et amore, cargan sobre sus hombros. Así lo ha hecho recientemente, en Canadá, el grupo Mothers Are Women, que ha publicado un informe titulado When Women Count, donde explica cómo quedaría la contabilidad nacional si se incluyera el esfuerzo callado de las madres. Con los estudios disponibles, afirma que el PIB canadiense subiría entre un 36% y un 43%. Por tanto, aunque pocos se percatan, el país vive en buena medida del “PIB oculto” generado por las amas de casa. Pensemos, por ejemplo, en el coste de los alimentos infantiles no consumidos por los niños que toman el pecho materno; entonces, dice el informe, “la lactancia equivale a una importante industria alimentaria, que sin embargo no se valora ni se mide”. Amamantar a un hijo, al igual que cuidar de enfermos o ancianos en el seno de la familia, es “trabajo no remunerado”, y habría que reconocerlo oficialmente como tal.

Sí, es necesario que las tareas domésticas se valoren como merecen. Mas, para eso, lo que nunca deberíamos hacer es ponerles precio. Eso supone hacer el juego al enemigo, ceder a la misma mentalidad que desconoce la inmensa aportación de las familias a la sociedad porque sólo sabe estimar lo que se paga. Así, equiparar la lactancia a la industria alimentaria me parece una grosería. Dar el pecho a un hijo no es “trabajo no remunerado”, sino algo más noble que cualquier actividad laboral: tan noble, que no se puede retribuir.

Nadie ignora que las labores domésticas de los padres reportan beneficios económicos generales. Pero su valor no consiste en ellos, sino en que son actividades sin “producto”, sin transacción: amor que no pide sueldo, cuidados no mercenarios, desvelo sin vacaciones. Y esto es válido aun para el personal de servicio doméstico. Se puede pagar el trabajo de quien limpia la casa, pero no la dedicación personal, la fina delicadeza de quien ayuda a hacerla un hogar.

No veo sentido a medir lo que vale el trabajo doméstico suponiendo que la familia no lo hiciera, porque la familia no tiene recambio. Un ama de casa, es cierto, incurre en unos costes de oportunidades, y su renuncia a rendimientos profesionales permite al marido incrementar los propios. Pero de eso no se habla hasta el proceso de divorcio. Mientras la familia existe, “produce” ingentes rendimientos intangibles en forma de crecimiento de las personas. Cuando se ha roto, que discutamos de dinero es señal de que se nos ha esfumado lo más valioso.

Si con vistas a que se valoren justamente las labores del hogar, las traducimos en PIB, la batalla está perdida. La estrategia necesaria no es hacer apología de las tareas domésticas en los términos que la sociedad materialista entiende, sino lograr que la sociedad aprenda otro lenguaje. En vez de calcular cuánto costaría pagarlas, ¿por qué no emplear otra hipótesis más adecuada? Quien haya disfrutado de un hogar, quien haya recibido las finezas de unas manos maternas, puede preguntarse qué sería de él si de niño hubiese sido acogido en un eficiente orfanato o ahora tuviese que pasar las gripes en una pulcra residencia. Con muchas personas sin familia, habría más empleo, pero menos humanidad. Para hacer el merecido elogio del trabajo doméstico, mostremos que su gran aportación no es al PIB, sino a la dignidad de la vida. No lo midamos en dinero: eso es degradarlo.