El divorcio en la era narcisista

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Un libro que rompe un sospechoso silencio
El divorcio, concebido antes como último recurso, ha pasado a ser visto en Estados Unidos como un derecho individual sin trabas. Pero a medida que el fenómeno queda fuera de control, se favorece una cultura reacia al compromiso, donde los intereses y necesidades de los niños son postergados frente a los deseos de los padres. Esta es la situación analizada por Barbara Dafoe Whitehead en su libro The Divorce Culture (1), que ha reabierto el debate sobre los efectos del divorcio y ha encontrado una inesperada atención pública.

En los últimos 30 años, el divorcio se ha convertido en un elemento característico de la cultura en Estados Unidos. Desde 1970 a principios de los 90, la proporción de mayores de 18 años que son divorciados creció del 16% al 23%. Para quienes hoy se encuentran en la veintena, es además parte inevitable de su infancia. Cada año más de un millón de niños sufren la ruptura de su familia. Quizás por eso, el libro de Barbara Dafoe Whitehead, aparecido este año, ha encontrado una favorable acogida, especialmente entre las nuevas generaciones que, crecidas a la sombra del divorcio, se reconocen en él.

Más allá de recuperar los family values, que nunca debieron pertenecer a una adscripción política u otra, por encima de cualquier creencia religiosa y apelando al simple sentido común, esta autora norteamericana ha contribuido a reabrir el debate sobre el divorcio con una original y personalísima investigación. Barbara Dafoe Whitehead escribe sobre temas familiares y sociales en revistas de pensamiento prestigiosas como Atlantic Monthly. Ella no se opone al divorcio en cuanto tal. Lo que critica es el divorcio buscado como salida personal a la insatisfacción, sin tener en cuenta las consecuencias para otros, especialmente para los niños.

A diferencia de otros estudios, Whitehead centra su exposición no en una agotadora batería de estadísticas, sino en un amplio conjunto de “testigos” culturales: desde novelas a manuales de urbanidad o libros de autoayuda, pasando por películas, series de televisión y hasta las tarjetas de felicitación.

Sin debate

Todo esto sirve a la autora para demostrar cómo el divorcio ha creado una cultura propia que domina la visión que tenemos de la familia, del matrimonio y hasta de la comunidad. Y cómo esa nueva mentalidad se impone en las últimas tres décadas sin que nadie ose decir palabra, sin crear debate, en silencio. Desde mediados de los 60, apelar a la deseable estabilidad del matrimonio ha sido interpretado automáticamente como culpabilizar a quienes se divorcian, defender la sumisión de la mujer o imponer unas convicciones religiosas.

Whitehead pone además de manifiesto que, en paralelo a este sorprendente pacto de silencio, se ha desarrollado una cultura del divorcio alimentada desde los más variados ámbitos. Del divorcio como último recurso a una situación insostenible, se ha pasado al divorcio como modo de expresión, como un sagrado derecho individual. En este sentido, ni la opinión del otro cónyuge, ni los hi-jos, ni el Estado ni la comunidad pueden oponer, no sólo alguna resistencia legal, sino tampoco ninguna argumentación moral.

No sólo eso. Al pairo del divorcio ha surgido una floreciente industria formada por abogados, psicoterapeutas y consejeros matrimoniales, cuyos ecos llegan hasta las películas, series de televisión, libros infantiles, literatura de autoayuda y un largo étcetera con un solo mensaje. El mensaje es, evidentemente, que uno puede divorciarse y que, de hecho, hay muchas mujeres y hombres que se divorcian. No echemos más leña al fuego. Ayudemos a estas personas en un penoso proceso… inevitable. Porque si el matrimonio moderno está basado en la libre elección de los cónyuges, ¿cómo puede uno seguir casado contra su voluntad?

Matrimonio a la americana

En Estados Unidos, a diferencia de la vieja Europa, el matrimonio se vio siempre como una relación libremente entablada e independiente de intereses de terceros. Pese a que, para los primeros norteamericanos, el divorcio era una cuestión civil -no algo que reivindicar contra una Iglesia- y democrática -abierta a las diferentes clases sociales-, su práctica se mantuvo hasta los años 1960, con algunas excepciones, a la sombra de la institución matrimonial. Es en el último tercio de este siglo cuando el divorcio adquiere un insólito protagonismo, absorbiendo el derecho de familia y, también, apuntalando una filosofía de la vida que Whitehead relaciona con la llamada “revolución psicológica”.

Los años sesenta marcan el giro en la concepción del divorcio “a la americana”. Como han señalado diversos estudiosos, el crecimiento económico que hace posible distintos movimientos de liberación (desde los derechos civiles hasta el movimiento feminista o la revolución sexual) confluye en una readaptación de los valores y, en este caso, en una inusitada atención hacia el individuo. La bonanza económica propicia la búsqueda de un nuevo “yo”, más auténtico, menos sujeto a convencionalismos sociales. Es la era dorada de la terapia, de la autoestima y del sentirse a gusto con uno mismo.

El énfasis que se hizo en la búsqueda de la felicidad -una cuestión subjetiva donde las haya- condicionó la visión del matrimonio, y en concreto la actitud con la que afrontar las tensiones e insatisfacciones de la vida matrimonial. Con valentía, Whitehead afirma que este afán psicologista tuvo un impacto especialmente devastador en las mujeres, ya que tienden a poner un mayor interés en los aspectos relativos a los sentimientos y, al parecer, acusan más las carencias en este sentido.

La nueva medida

Los americanos se encontraron así con que el matrimonio podía ser una fuente inagotable de problemas, si se dedicaban a centrar su atención en… ellos mismos. En este marco de agotamiento psicológico se redefine tanto el concepto de matrimonio como el de divorcio.

Antes que cualquier otra consideración (legal, social o familiar), el divorcio se convierte en un asunto puramente individual al que se subordina cualquier otro interés. De esta forma la familia absorbe la dinámica propia del mercado -la lucha por el propio interés- y la disolución del matrimonio se configura no como el último recurso sino como una respuesta psicológicamente saludable a la insatisfacción. La idea de que deben hacerse todos los esfuerzos posibles por el bienestar de los niños se abandona y es sustituida: el bienestar de los adultos, basado en su subjetiva apreciación, es la nueva medida de la familia.

El divorcio genera una nueva ética e, incluso, un nuevo lenguaje que mina el matrimonio: un divorcio es una “experiencia”, una “liberación”, quizás una “batalla”. Una legión de expertos -abogados, consejeros “matrimoniales”, psicólogos, psiquiatras-, junto a una amplia literatura de ficción y no ficción, centran sus esfuerzos en hacer más fácil ese trance, sin plantearse la posibilidad de ayudar a las parejas a intentar seguir con su matrimonio.

Y se divorciaron y fueron felices

Quizás una de las partes más brillantes del libro de Whitehead sean los capítulos dedicados precisamente a los niños del divorcio. En primer lugar, la autora analiza de qué modo “el bien de los hijos” ha pasado a ser, sorprendentemente, un motivo del divorcio en lugar del freno tradicional a la disolución matrimonial.

La versión popular de este postulado se traduce en que “los niños están mejor con unos padres divorciados que con unos casados pero infelices”. Fuera de los casos de violencia doméstica u otros excepcionales, para llegar a esta afirmación los adultos han sustituido progresivamente los intereses de los niños por los intereses propios, igualando la ecuación “si yo soy infeliz = tú no puedes ser feliz” o “la mejor forma de que tú seas feliz es que yo lo sea… primero”. De este modo, en la era en la que nos atrevemos a hablar de “los derechos de los niños”, éstos carecen de una representación no sólo legal sino moral en la disolución de un matrimonio.

Mientras se minimiza el impacto del divorcio en los hijos, atribuyendo a cuestiones de raza, sociales o económicas las dificultades evidentes con que éstos se encuentran, se desarrolla una confianza inusitada en su capacidad de recuperación emocional. Algo contradictorio con el pesimismo que lleva a descartar la más mínima sugerencia de que dos adultos con responsabilidades puedan intentar solventar sus diferencias matrimoniales sin recurrir a la disolución.

La cultura del divorcio alimenta compasión, comprensión y apoyo para los adultos, pero mantiene un discreto silencio sobre los niños. Y esto es porque cualquier indicación al respecto es interpretada automáticamente como “hacer leña del árbol caído” y un ataque directo contra los adultos.

En los últimos veinte años los americanos han intentado “explicar” a los niños por qué se divorcian sus padres a través de cuentos, películas, series de televisión e incluso las populares tarjetas de felicitación. Más que explicar, han intentado que los niños acepten el divorcio como antaño se aceptaba la muerte.

En muchos casos la literatura infantil ha invertido las viejas reglas. Los padres ya no son los que imponen las normas, sino quienes las rompen. No son de quienes cabe esperar soluciones, sino problemas. En este panorama, los adultos son presentados no como el punto de referencia y apoyo, sino en muchos casos como los sujetos a quienes los niños tienen que “comprender y ayudar”.

Pero, esa llamada a que unos niños se comporten como adultos no les ayuda a madurar. La literatura “terapéutica” infantil, que invita a los niños a utilizar unos recursos que no son los suyos, genera un vacío que confluye en personalidades más inestables y egocéntricas.

Aunque la buena voluntad haya guiado a escritores, guionistas y consejeros, lo cierto es que sus argumentos sirven sobre todo para tranquilizar y justificar a los adultos, muy en la línea de los excesos propios de la era de la autoestima.

¿Qué es el amor auténtico?

De esta forma, los niños son educados desde pequeños en la idea de que el amor viene y va. Y, lo que es más importante, todos aceptamos que no son el centro de la vida familiar, como tradicionalmente se ha considerado.

Es más, se establece un nuevo significado de la palabra amor, que prima los aspectos emocionales sobre cualquier otra consideración. La nueva ideología de la familia subraya los aspectos que se tienen como expresivos y cualitativos del amor frente a los instrumentales. En consecuencia, el amor de padre, tradicionalmente más volcado en estos últimos, es minimizado. Como bien señala Whitehead, en este proceso se considera que no es “auténtico” amor aquel que lleva a pagar facturas, trabajar de 9 a 6 o soportar al otro o a los otros. Esta nueva ideología de la familia resulta una visión exasperadamente femenina en su esfuerzo por definir como amor sólo aquellos aspectos y competencias con los que las mujeres se sienten más identificadas.

Así considerado, el cuidadoso enlace de sangre y libertad que una vez sustentó a la familia, es sustituido por una ideología abierta y permeable hasta la saciedad. Familia puede ser cualquier lugar donde yo cuelgo mi sombrero. El equilibrio tradicional, no exento de tensiones, entre los intereses individuales y la solidaridad familiar, la satisfacción emocional y las obligaciones, la búsqueda de realización sexual y afectiva y las necesidades de los niños, se rompe. La familia adopta así la ética propia del mercado.

Nos afecta a todos

Uno de los mayores logros de The Divorce Culture es su capacidad de hacer pensar al lector. Incluso aquel que en principio quiere defender la estabilidad matrimonial, reconocerá cómo, sorprendentemente, por encima de sus más íntimas creencias, la cultura del divorcio ha llegado también a él.

La cultura del divorcio está en lo que esperamos del noviazgo, del matrimonio, de los hijos. En cómo reaccionamos ante las dificultades propias o ajenas en este ámbito. Y, también, en considerar que no hay otra argumentación posible más allá de la “indisolubilidad del matrimonio”, una consideración que sirve de muy poco cuando llegan las dificultades y que, en todo caso, no está al margen de la reflexión antropológica sino que se basa en ella.

Fuera de ingenuidades y de la estética de la “familia feliz” pero, también, lejos de escepticismos o conformismos, los americanos se han puesto ya manos a la obra.

Junto a los ensayos como el de Whitehead que han supuesto un aldabonazo en las conciencias de muchos norteamericanos, ha proliferado una batería de iniciativas tanto en el campo legal como en el social. El nuevo mensaje confluye en alentar a las parejas a luchar por su matrimonio, en decirles que es posible superar las dificultades y que vale la pena.

Aunque la realidad norteamericana difiera de la española en muchos aspectos, la reflexión de Whitehead puede servirnos mucho a quienes, por fortuna, todavía no contamos con dos generaciones de hijos de divorciados, simplemente porque la ley del divorcio apenas tiene 20 años en nuestro país.

Aurora PimentelDesmantelar la cultura del divorcio

El éxito de The Divorce Culture se explica no sólo por la agudeza del análisis, sino también porque ha llegado en un momento en que el público está dispuesto a escucharlo. Pues en los últimos tiempos se detecta una reacción para reforzar el matrimonio, frente a la plaga de divorcios tontos (dumb divorces).

Por un lado, cada vez son más evidentes los costes sociales del divorcio, especialmente la pobreza de tantas familias rotas y los problemas de los jóvenes que crecen a cargo de un solo padre. Gran parte de lo que se llama “feminización de la pobreza” es directo resultado de la falta de un marido en casa: un 38% de los hogares de divorciadas con hijos a su cargo viven bajo el umbral oficial de pobreza. Al mismo tiempo, las investigaciones acumulan pruebas de que, como media, los hijos de divorciados corren más riesgos de incurrir en los problemas juveniles que pueden torcer su futuro: actividad sexual precoz, fracaso escolar, consumo de alcohol y drogas, problemas emocionales, maternidad adolescente y, nuevamente, mayor riesgo de divorcio.

Así que, después de varias décadas de poner el acento en la autonomía individual y la realización personal, ahora se busca un nuevo equilibrio reforzando el sentido de responsabilidad.

Esta tendencia empieza a notarse incluso en el plano legal. Si desde 1970 los cambios en las leyes facilitaron y simplificaron el proceso de divorcio, ahora algunos Estados empiezan a estudiar iniciativas para fortalecer la estabilidad matrimonial. En Florida se debate una ley para rechazar el divorcio sin causa en el caso de matrimonios con hijos. En la Asamblea de Michigan se está debatiendo este año una ley que obligaría a realizar cursillos prematrimoniales. En otros nueve Estados (Arizona, Illinois, Iowa, Maryland, Minnesota, Misisipi, Missouri, Oregon y Washington) se están estudiando diversas medidas, que van desde beneficios fiscales para parejas que sigan los cursillos hasta instaurar “periodos de reflexión” de 60 días para los futuros esposos.

Este tipo de preparación ya se utiliza desde hace tiempo en instituciones religiosas, como la Iglesia católica. Pero ahora es propugnada también por organizaciones no confesionales. Es el caso, por ejemplo, de la Coalición por el Matrimonio, la Familia y la Educación de la Pareja, creada por Dianne Sollee, una mujer divorciada que combate “la capacidad destructiva del divorcio”. El pasado mayo celebró en Washington un congreso en el que consiguió sentar juntos a cristianos y feministas, psicólogos familiares e investigadores sociales, expertos en cursillos prematrimoniales y abogados. Más de mil personas que hicieron un llamamiento en favor del matrimonio inteligente y en contra del divorcio fácil.

El replanteamiento viene no sólo de líderes religiosos, sino también del extremo opuesto como la feminista Peggy Papp: “Ha llegado el momento de analizar fríamente la situación a la que nos han llevado 30 años de cultura divorcista y asumir nuestros errores. No le vamos a arrebatar el concepto de family values a la derecha, pero tampoco vamos a renunciar a buscar un nuevo modelo más satisfactorio de relación familiar”.

Y, como no podía ser menos, la maquinaria de los servicios profesionales se ha puesto en marcha. El acento se pone en la prevención. Se trata no sólo de “salvar” el vínculo matrimonial sino de “mejorar” en las relaciones. Entre los cursillos prematrimoniales, unos intentan detectar las incompatibilidades antes de casarse, otros prevenir las desavencias y enseñar a superar los roces de la vida diaria. Pero hay más: consultorías de parejas, servicios de orientación familiar, escapadas románticas de dos días para relanzar un matrimonio, manuales para la supervivencia de las familias… De un modo u otro, se trata de luchar para salvar el matrimonio.

La mayor receptividad hacia los riesgos del divorcio y sus consecuencias en los niños se debe también a la experiencia de las nuevas generaciones que han pasado por ese trance en su infancia. Cuando salió el libro de Whitehead, uno de ellos, Walter Kirn escribía en el New York magazine cómo el divorcio interrumpió su infancia y la de algunos de sus amigos, llevándoles a diversas calamidades. “Se esté o no de acuerdo con Whitehead -escribía-, en una cosa tiene razón: la Guerra del Divorcio, el holocausto doméstico americano, realmente ha sucedido, y hay víctimas que lo prueban”.

ACEPRENSA_________________________(1) Barbara Dafoe Whitehead. The Divorce Culture. Alfred A. Knopf. Nueva York (1997). 224 págs.

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