El divorcio acentúa las desigualdades en EE.UU.

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En EE.UU. la tasa de divorcio ha bajado ligeramente desde los años 80, aunque se mantiene a un nivel alto: entre un 40 y un 50% de los primeros matrimonios terminan en separación o divorcio. Pero no todos los matrimonios son igualmente frágiles: ser una persona con formación universitaria, con unos ingresos por encima de la media, educada en una familia de padres no divorciados, creyente, casada después de los 25 años y sin tener un hijo antes, reduce notablemente la probabilidad de ruptura matrimonial.

Este es el análisis que hace al tratar del divorcio el informe anual sobre El estado de nuestras uniones 2007, publicado por el National Marriage Project, de la Universidad de Rutgers (New Jersey).

Aunque la mayoría de las personas divorciadas en EE.UU. vuelven a casarse, el aumento del divorcio ha provocado que haya crecido el porcentaje del total de adultos que son divorciados en un momento dado. El porcentaje de divorciados era en 2006 el 8,6% de los hombres y el 10,9% de las mujeres, el cuádruple que en 1960. El porcentaje de divorciados es superior en el caso de las mujeres, porque los hombres divorciados tienen más probabilidades de casarse que ellas (se considera divorciado al que lo es en el momento de realizar el informe, mientras que el divorciado vuelto a casar se cuenta como casado).

Una tendencia observada en los últimos tiempos es la diferente tasa de divorcio según el nivel educativo de distintos segmentos de la población. Entre los que han completado un primer ciclo de educación universitaria (alrededor de la cuarta parte de la población) el índice de matrimonio es más alto y la tasa de divorcio significativamente más baja que entre aquellos con menos educación. Por ejemplo, entre las casadas a principios de los años 90, solo el 16,5% de las mujeres con educación universitaria se habían divorciado diez años después, frente a un 46% de las que no completaron la enseñanza secundaria.

La explicación más sencilla, dicen los autores del informe, puede ser que los rasgos personales y las características sociales que favorecen que una persona complete su educación universitaria son similares a las que fomentan la duración del matrimonio.

En cualquier caso, esta brecha en la tasa de divorcio entre los más y menos educados tiende a ampliar la creciente desigualdad económica en EE.UU. La estabilidad familiar siempre es un impulso para la mejora profesional y económica. En cambio, si además de proceder de un medio social económicamente desfavorecido se sufre la ruptura familiar, es más probable que los hijos reincidan en la conducta matrimonial de los padres.

El informe indica que se mantienen las tradicionales diferencias en las tasas de divorcio según grupos de población: los que se casan antes de los 21 años, los que no completan la enseñanza secundaria y los no creyentes tienen tasas de divorcio considerablemente más altas.

La creencia de que vivir juntos antes de casarse favorece el conocimiento mutuo y evita un matrimonio desgraciado y un eventual divorcio, no tiene una confirmación empírica. Más bien un considerable número de estudios han mostrado que los que cohabitan antes de casarse tienen más probabilidades de divorciarse después. La explicación de esta realidad es discutida. Puede deberse a un “efecto selección”, es decir, a que los que cohabitan antes de casarse tienen características diferentes de los que no lo hacen. O puede ser un “efecto de la experiencia de la cohabitación”, que crea después inestabilidad en el matrimonio. Pero, de cualquier modo, la cohabitación previa no implica un matrimonio más sólido.

Referencia: http://marriage.rutgers.edu/Publications/SOOU/SOOU2007.pdf

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