Crear familia y comunidad alrededor de la mesa

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Duración lectura: 3m. 27s.
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Las comidas en casa son una oportunidad para hacer familia y para conectar con amigos.

“Podemos agarrarnos a las cosas con demasiado apego, pero también es posible mirarlas con sospecha, considerándolas poco importantes. Así como debemos ver el potencial de las personas, también debemos ver el del mundo material que nos rodea. Cristo no vino solo a redimirnos a los seres humanos: también vino a redimir la creación”, escriben Carrie Gress y Noelle Mering en Theology of Home II: The Spiritual Art of Homemaking, reflexionando a partir del relato El festín de Babette, de Isak Dinesen.

En esta historia, una cocinera católica, tras tocarle la lotería, prepara un banquete espléndido para las dos hermanas para las que trabaja –austeras protestantes– y para sus vecinos. A lo largo de la trama, los comensales irán cambiando una actitud de recelo ante aquellos regalos por una de disfrute y agradecimiento.

“En una época de consumismo, es fácil caer en los excesos, pero el extremo opuesto también es problemático, cuando acabamos rechazando los regalos del artista, de ‘la Babette’ que desea crear, encarnar sus dones y compartirlos con los demás”, afirman las autoras de Theology of Home II.

En la comida se ve cómo lo material, bien empleado, tiene un potencial enorme: “Aunque en comer se tarda una fracción del tiempo que ha costado prepararlo, de alguna manera ese acto crea algo nuevo: un nuevo espacio de relaciones para crecer, nuevos temas para hablar con amigos y familiares, vínculos nuevos y fuertes que ayudan a sobrellevar la vida”.

Invitados en casa

“Hay muchas Babettes en el mundo”, sostienen las autoras. Y podría decirse que una de ellas es Emily Stimpson, autora de The Catholic Table, un blog donde publica sus recetas y sus reflexiones teológicas y filosóficas junto con consejos prácticos, y que ha dado lugar a un libro con el mismo nombre (The Catholic Table: Finding Joy Where Food and Faith Meet), donde recoge sus ideas, inspiradas, entre otros autores, en Leon Kass y su obra El alma hambrienta.

En la comida se ve cómo lo material, bien empleado, tiene un potencial enorme

Stimpson y su marido, Christopher, tienen invitados a cenar en su casa cada semana. Para ella no se trata tanto de cocinar platos suculentos –aunque cuenta con años de experiencia– como de acoger a las personas y de crear vínculos, ayudando a construir comunidad.

“La comida importa. Importa porque nos alimenta cuerpo y alma. Importa porque junta a amigos y familia alrededor de una mesa, creando comunidad. Importa porque (…) cada día, Dios se hace pan en la Eucaristía”, escribe Stimpson para presentar su proyecto. Puede parecer difícil de creer que quien así se expresa sufriera anorexia durante seis años (de los 19 a los 25). La “teología del cuerpo” de Juan Pablo II y volver a comulgar tras su regreso al catolicismo le hicieron entender el cuerpo y la comida como regalos de Dios, según cuenta ella misma.

Stimpson reconoce que tal vez no necesitamos expresamente pensar más sobre la comida: existen miles de blogs y libros de cocina sobre el tema, pero “sí necesitamos pensar más profundamente sobre la comida. Necesitamos pensar en ella más correctamente. Valorar la comida no como un ídolo o un fin en sí mismo, sino como una señal creada por Dios. Necesitamos ver la comida por lo que es y ajustar nuestras cocinas y nuestros hábitos según eso”. Y lo que subraya de la comida es su capacidad para crear familia. Por este motivo, añade: “También necesitamos pensar más profundamente sobre la amistad, la comunidad y la hospitalidad”.

Del mismo modo, las creadoras del blog Everyday Mamas animan a tener invitados a comer con cierta frecuencia, sin agobios, sin intentar impresionar, sin necesidad de ser un chef de renombre: “El objetivo principal –explican– es hacer que vuestros invitados se sientan a gusto en vuestra casa y crear una oportunidad para hablar con calma y conectar entre vosotros”.