Cómo prevenir el riesgo de ruptura matrimonial

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Duración lectura: 6m. 3s.

Antonio López Roa, presidente del Instituto de Estudios Familiares
El proyecto de “divorcio exprés” del gobierno Zapatero parece un modo expeditivo de acelerar las rupturas, sin abordar las causas y los problemas sociales que plantea la inestabilidad matrimonial. Pero los que quieren salvar su matrimonio pueden contar también con la ayuda de expertos que se dedican a esta tarea. Antonio López Roa lleva más de treinta años ejerciendo la abogacía en el campo de la familia, y es presidente del Instituto de Estudios de la Familia, con sede en Madrid. Con esta dedicación sabe que una crisis matrimonial no tiene por qué acabar en ruptura, si hay voluntad de superarla.

— ¿Responden los cambios legislativos, como el divorcio rápido que propone el gobierno español, a una creciente crisis del matrimonio?

— El divorcio no resuelve el problema de fondo que ha llevado a esa crisis. A mi entender, lo que está en crisis no es el matrimonio, sino las personas que forman el matrimonio. “Crisis”, en griego, significa revisión. Estar en crisis no es malo en sí, si de la revisión saco consecuencias que me sirven para mejorar. El ser humano tiende al egoísmo, y la sociedad actual favorece comportamientos egocéntricos, individualistas. En el mundo occidental se aprecia un auge de la infidelidad a los compromisos adquiridos. Esto hace que vivir el matrimonio resulte mucho más difícil. La solución me parece que es inseparable de la mejora personal.

— ¿Cómo estar más atentos para prevenir el riesgo de ruptura matrimonial?

— Abriendo los ojos al interior y al exterior. Abrir los ojos al interior significa reconocer que hay aspectos mejorables de la conducta personal. Abrirlos al exterior es preguntarse de qué se queja el otro, aun concediendo que “ya sabemos que no tiene razón”. Aunque nuestro comportamiento en determinado punto no sea malo, siempre será mejorable. Si él o ella se queja de falta de puntualidad, aunque uno esté siendo puntual, siempre podrá tratar de ser exquisito en ese punto. Lo mismo si se queja de falta de afecto, o de que se le dedica poco tiempo.

Otra cuestión es si el cónyuge se queja de que soy infiel, y yo no lo soy o bien lo soy pero no lo reconozco. En el primer caso, habrá que mejorar la comunicación para que el cónyuge se percate material y afectivamente de que para mí sólo es importante ella y que no hay tercera persona. Si la hay, quien quiera realmente salvar su matrimonio tendrá que cortar con ella drásticamente.

Una segunda regla práctica es ser muy exigente consigo mismo y muy comprensivo con los demás, especialmente con el cónyuge. Si se queja de que soy un maniático del orden, tendré que procurar no exigir a los demás tanto orden.

Una tercera regla es que en la escala de prioridades de la vida matrimonial, el primer lugar lo tiene que ocupar el cónyuge, y no los hijos, ni la profesión, ni la vida social. Instintivamente las mujeres se inclinan hacia el más débil, que son los niños. Pero por justicia, por prudencia y por amor, el primero es el cónyuge.

— ¿Suelen los abogados ayudar realmente a solucionar los conflictos?

— Yo, como abogado, primero analizo a los cónyuges, luego a sus familias, y luego al abogado contrario. Si es decididamente partidario de la separación o el divorcio, cualquier intento de pactar o reparar la lesión es imposible. He vivido muchos casos que se han arreglado con paciencia y siempre que he tenido acceso a las dos partes, pudiendo hablar con uno y con otro, calmando y exigiendo, y frenando a ambas familias. Pero eso exige el deseo de superar los problemas a fondo. No vale cerrar los ojos.

Problemas de madurez

— ¿Todo se reduce entonces a una inmadurez generalizada de las personas?

— El problema de fondo es que estamos mal educados. Actualmente se consiente que el niño sea incapaz de estudiar una tarde porque no hay Coca Cola o el batido que le gusta. Si permitimos esto, cuando se case no va a ser fácil que cambie. De pequeño daba pataletas a su madre, y de mayor a la esposa: es culpa de sus padres, que permitieron que fuera esclavo de sus apetencias. Y un esclavo es difícil que se pueda comprometer libremente en el matrimonio.

— La equiparación legal de las uniones homosexuales con el matrimonio se ha comparado a la falsificación de moneda que devalúa la auténtica. ¿Es también posible que, de rechazo, se despierte el interés por la moneda auténtica?

— El problema es que para comparar la moneda falsa con la auténtica hay que tener ésta a la vista. Sólo si existen matrimonios auténticos podemos decir: busque, compare y quédese con la moneda buena. Es lo que pasó en el Imperio Romano, donde había esclavitud, adulterio, repudio y aborto. El cristianismo, viviendo de forma auténtica el matrimonio, la fidelidad, el respeto a la vida y el respeto a la libertad, resultó atractivo. Pero hubieron de pasar siglos para que se le valorara hasta el punto de rechazar en la legislación aquellas aberraciones.

Son necesarios matrimonios que presenten la moneda auténtica, vivida jovial y desenfadadamente, aunque haya problemas. Así podrán comparar las personas que estén a su lado.

— ¿Es cierto que muchos matrimonios se arreglan si se retrasan los trámites de separación?

— El tiempo de por sí no arregla nada. Puede aumentar las oportunidades, tanto de arreglo como de desarreglo. Si se dispone de tiempo, y de buena voluntad e interés de solucionar el problema, y hay apoyo de los familiares, amigos y abogados, la crisis desaparece. Como he dicho, la infidelidad constituye el caso más difícil, porque es irrespirable convivir con alguien de quien uno no se fía. Exige heroicidad, y en los casos en que se ha restaurado la convivencia a pesar de esta causa, es porque el cónyuge engañado ha perdonado de corazón, no sólo de palabra, y el engañador ha rectificado definitivamente.

Todos los demás problemas son más fácilmente salvables: las adicciones, el cansancio porque se arrastran faltas de atención, de delicadeza… Todo se supera con el esfuerzo contrario, y con la ayuda de abogados, médicos y familiares que animan a los esposos a no culpabilizar, a ser comprensivos, pacientes. En la práctica, resulta muy difícil que la convivencia se rehaga si todo el mundo le dice al oído: sepárate, no aguantes. Así es imposible superar una crisis.

— ¿Qué pasa si es sólo uno de los cónyuges quien se propone seriamente salvar su matrimonio?

— La solución llegará más lentamente, y exige más heroicidad en el que está dispuesto a sacrificarse más por su mejora, porque tiene que tirar solo del carro, mientras que si los dos están de acuerdo se arregla enseguida. La solución en todo caso está en la mejora del comportamiento.

Santiago Mata