Trabajadores indispensables, pero mal pagados

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La crisis del coronavirus ha puesto de relieve el valor de algunos trabajos que son indispensables para que la sociedad siga funcionando. Y no son solo los profesionales sanitarios. El repartidor de pedidos a domicilio, la cajera del supermercado o el camionero nos parecen ahora piezas básicas. Sin embargo, muchos de estos trabajos están entre los menos pagados. ¿A qué se debe esto?

En un artículo publicado en The Washington Post, Christopher Ingraham ha preguntado a varios economistas por qué tareas “esenciales” están mal pagadas, mientras que otras en el mundo de las finanzas y del espectáculo, que no resultan tan imprescindibles, tienen retribuciones millonarias. La respuesta más común tiene que ver con la ley de la oferta y la demanda.

Manejar una caja registradora o llevar comida a domicilio no requieren un conocimiento especializado ni mucho entrenamiento. Un trabajador experimentado lo hará con más soltura, pero uno nuevo también puede hacerlo. “Muchos de los trabajos ‘esenciales’ son fáciles de hacer, y las tareas con muchos trabajadores potenciales se pagan menos”, dice Wolciech Kopczuk, profesor de economía en Columbia University.

Otro factor importante es a cuánta gente sirve ese trabajo. “Una estrella del espectáculo puede proporcionar valor a millones de personas; en cambio, un conserje solo puede limpiar un edificio”, señala Marianne Bertrand de la Universidad de Chicago.

Pero la crisis manifiesta que hay mucha arbitrariedad en el establecimiento de las retribuciones, especialmente en lo alto de la escala. “Salarios de millones de dólares (habituales hoy en el mundo de las finanzas y de la dirección de empresas) a menudo no tienen una utilidad social medible”, afirma Gabriel Zucman, economista de la Universidad de California en Berkeley.

La menor “utilidad marginal”

Otras respuestas se basan en lo que los economistas llaman la “utilidad marginal” de un bien, según sea la cantidad disponible. Por ejemplo, en el caso del agua, si solo hay un litro y se necesita para no morir de sed, su valor será incalculable. Pero si hay miles de litros, el valor del último litro será muy inferior al del primero. En cambio, los diamantes no son necesarios para sobrevivir, pero si uno dispone de cien diamantes, el valor de cada uno depende mucho menos del número.

Lo mismo ocurre en el mercado laboral, según advierte Mark Perry, economista del American Enterprise Institute. Los trabajadores empleados en tareas “esenciales” son muchos y de escasa cualificación, mientras que los gestores de fondos de inversión o los directores de recursos humanos son muchos menos. “Como los trabajadores con buena formación, con alta competencia y experiencia son escasos en comparación, la utilidad marginal de una hora de salario de uno de estos excede con mucho a la de un trabajador de baja cualificación”.

Pero otros economistas buscan la explicación no solo en las diferencias de capacidad entre los trabajadores, sino también en su poder de negociación. En los sectores donde algunas compañías han logrado desembarazarse de todos sus competidores, pueden pagar a los trabajadores lo que quieran, porque no hay nadie más que pueda contratarlos. Según Marshall Steinbaum, economista de la Universidad de Utah, “gran parte de las diferencias se explican por la erosión de las instituciones que antes mejoraban el poder de negociación de los trabajadores frente a los empleadores, de modo que la patronal ha ganado mucho poder”. Las grandes empresas y sus aliados políticos en EE.UU. han ido de la mano para debilitar a los sindicatos, oponerse a la legislación sobre salario mínimo y aflojar las restricciones laborales.

Temporeros esenciales

El cierre de fronteras provocado por la crisis del coronavirus ha puesto de relieve también la necesidad de los trabajadores temporeros (a menudo extranjeros) para recoger las cosechas en los países ricos. En la UE, muchos de estos trabajadores provienen de Europa del Este. Un artículo de The Economist se hace eco de la desesperada búsqueda de trabajadores extranjeros en Alemania para recoger la cosecha de espárragos. A finales de marzo, empresarios agrícolas fletaron un avión para ir a buscar a su país a 190 rumanos. “Alemania necesitará casi 300.000 trabajadores temporales para el campo este año. Francia, donde se acerca la cosecha de la fresa, necesita 200.000 en los próximos tres meses, y entre un tercio y dos tercios suelen venir del extranjero”.

La cosecha no puede esperar. El 30 de marzo la Comisión Europea dio normas para que los trabajadores esenciales, incluidos los temporeros agrícolas, puedan cruzar las fronteras. Son trabajos duros pero bien pagados (150 dólares al día por recoger fresa en Bélgica el año pasado). Pero aunque las fronteras están abiertas, muchos trabajadores no vienen por temor a contagiarse del coronavirus en el extranjero o por tener que sufrir la cuarentena a la vuelta.

Los nacionales no suelen estar interesados en estas tareas agrícolas, y aun los que quieren hacerlas no son tan eficaces como los experimentados rumanos, polacos o búlgaros. También en España, que necesita unos 80.000 temporeros en el campo, la falta de mano de obra es una amenaza para la recolección. Para incorporar a parados e inmigrantes a las tareas del campo, el gobierno ha permitido compatibilizar el cobro del subsidio de paro y el salario en estas actividades. A los colectivos de inmigrantes cuyos permisos de trabajo finalicen antes del 30 de junio se les renovarán, si se incorporan a estas tareas.

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