Tres políticas educativas que funcionan

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Ron Haskins, ex-asesor para políticas sociales del presidente George Bush hijo y actual director del Centro de Investigación sobre Infancia y Familia de la Brookings Institution, analiza en un artículo publicado en brookings.edu algunas de las iniciativas federales que han demostrado ser eficaces en la lucha contra los malos resultados académicos de estudiantes desfavorecidos.

El texto funciona como botón de muestra del libro Show Me the Evidence (“demuéstramelo”), donde Haskins explica cómo los seis años de la administración Obama han supuesto un gran paso adelante en la exigencia de que los programas sociales rindan cuentas de su eficiencia.

Escuelas con un determinado enfoque profesional

De los cinco que se examinan en el artículo, tres tienen que ver con la educación. Elprimero son las Career Academies, pequeñas escuelas que centran su curriculum en una determinada área profesional: las hay dirigidas a lo empresarial, al sector servicios o al tecnológico, entre otros. Funcionan como colegios dentro de colegios, ya que seleccionan un número reducido de alumnos de un instituto que pasa a funcionar de manera autónoma, aunque frecuentemente utilizan las mismas instalaciones de su anterior centro. El programa cubre los tres o cuatro últimos años de la enseñanza obligatoria (de los 13 a los 16), y los profesores del nuevo grupo son los mismos durante esos cursos.

Desde su puesta en marcha hace algo más de 40 años, se han establecido sobre todo en distritos escolares de ciudades grandes o medias y atienden preferentemente a un alumnado de pocos recursos. Actualmente hay más de 2.500 en todo el país.

Según MDCR, una organización dedicada a revisar la efectividad de políticas sociales que ha estudiado el caso de las Career Academies, parte del éxito de estos centros se debe a su diseño curricular, que combina las destrezas académicas básicas con un enfoque práctico sobre la especialidad profesional escogida. Los acuerdos a los que llegan con empresas locales permiten a los alumnos aprender en la empresa.

Para la evaluación del programa, MDCR siguió el desarrollo profesional de 1.400 jóvenes –un 85% de los cuales eran negros o hispanos– después de que terminaran la high school, algunos enrolados en una Career Academy y otros no. En los ocho años siguientes a su graduación, los que habían estudiado en una de las academias ganaban un 11% más que los del grupo de control. El beneficio total en esos ocho años sumaba más de 16.000 dólares. Las ventajas se concentraban especialmente en los hombres, cuyo premio salarial, unido a la mayor estabilidad laboral respecto de sus compañeros de high schools normales, daba un beneficio total de 30.000 dólares.

En cambio, las Career Academies no parecían afectar al sueldo de las mujeres ni a la tasa de graduación global. Tampoco influían en el porcentaje de alumnos que continuaban con estudios superiores. Sin embargo, solo el aumento salarial en un colectivo tan sensible a las crisis económicas (jóvenes de minorías raciales y provenientes de familias con pocos ingresos) puede considerarse un gran éxito. Por otro lado, a los ocho años de empezar su trayectoria profesional, los alumnos de las academias casi habían pagado en el impuesto sobre la renta los 3.200 dólares que el programa había gastado en cada uno.

Además, los beneficios de las Career Academies –o más bien, quizá, de toda la trayectoria profesional y personal que estas ponían en marcha– se dejan sentir más allá de lo económico. Ocho años después de la graduación, el porcentaje de padres sin custodia sobre sus hijos (un reflejo de la conflictividad familiar) era menor en el grupo que había estudiado en una de ellas que en el otro, y el de los que habían formado hogares con pareja e hijos (no monoparentales) era un 23% mayor.

Libre elección de colegios en torno a un proyecto

Desde 2002, la ciudad de Nueva York se embarcó en un proyecto para revitalizar las escuelas públicas. Para ello, ha seguido dos grandes políticas. La primera ha sido conceder a los padres más margen para elegir colegio. En segundo lugar, se cerraron más de 30 centros que no estaban consiguiendo buenos resultados, y en su lugar se abrieron más de 200 nuevos colegios (sobre todo, high schools). De ellos, 123 eran Small Schools of Choice (SSCs).

Estas escuelas, que forman parte de la red pública, agrupan a un número pequeño de estudiantes (idealmente, menos de 200) de ambientes desfavorecidos, y pertenecientes en una gran proporción a minorías raciales. Para conseguir la licencia de apertura, los promotores –que podían ser organismos ya existentes o simplemente colectivos de profesores– tenían que presentar y defender en un concurso su proyecto educativo. Las escuelas elegidas recibirían financiación, asesoría y seguimiento cercano por parte de las autoridades locales.

Los resultados de estos colegios, que muchas veces comparten el edificio de una antigua macro-escuela, han sido muy notables. Un estudio llevado a cabo por MDCR en 2014 concluía que las tasas de graduación y de acceso a la universidad entre sus alumnos eran 9,4 y 8,4 puntos mayores respectivamente que las del grupo de control (un conjunto de estudiantes que pidieron entrar en una de ellas pero no pudieron hacerlo por falta de plazas). Además, los beneficios son especialmente significativos entre los chicos de raza negra, el colectivo con peores resultados medios en la ciudad: el índice de matriculación universitaria entre los que asistieron a una SCCs fue un 36% más alto que entre los que no.

Gran parte del éxito de estas escuelas se achaca a una mayor cercanía de los profesores con los alumnos, una atención más personalizada a cada proceso educativo y un fuerte sentido de comunidad en torno a un proyecto claro, que además ha sido escogido libremente por las familias.

La lectura como clave del éxito

Success for All es un programa de reforma educativa global, promovido por una fundación del mismo nombre y dirigido sobre todo a distritos con malos resultados académicos y de alumnado mayoritariamente negro o hispano. Uno de sus objetivos es aumentar la destreza lectora como herramienta para facilitar todo el proceso de aprendizaje. Para ello, en las escuelas que libremente lo adoptan, los alumnos de último curso de pre-escolar y primero de enseñanza primaria tienen 90 minutos de lectura diaria. Se les agrupa por su habilidad lectora, no por edad.

Según un estudio llevado a cabo en 2007 que siguió durante tres años (hasta 2º de primaria) a más de 2.500 estudiantes de 41 escuelas ubicadas en 11 estados, los participantes en el programa obtenían una mejora en lectura equivalente al 25%-30% de un curso académico. El coste del programa fue de 510 dólares por alumno.

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