Por qué vuelve a interesar la educación diferenciada

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Duración lectura: 6m. 45s.

La enseñanza diferenciada parecía una causa perdida ante el avance de la coeducación. Pero está extendiéndose poco a poco desde que en diversos ámbitos -incluido un sector del feminismo- surgió un renovado interés por los distintos estilos de aprender de chicos y chicas. Rosemary Salomone, profesora de St. John’s University, resume el debate de las últimas décadas en un reciente número de la Revista Española de Pedagogía dedicado a “El reto de la educación de mujeres y varones”1. Ofrecemos una síntesis de este trabajo, seguida de una reseña de los otros incluidos en la misma publicación.

“La pasada década, el tema de la enseñanza diferenciada por sexos se convirtió en objeto de un acalorado debate en Estados Unidos”. El asunto despierta pasión porque “la enseñanza diferenciada por sexos se enfrenta con el dogma de la educación mixta y rasga el velo de la neutralidad de género”.

A favor y en contra

Los partidarios de la enseñanza diferenciada aducen que con ella se promueve la igualdad educativa para las chicas, porque mejora su rendimiento académico en disciplinas en que ellas tienden a quedarse atrás (matemáticas, ciencia, tecnología) y favorece una mayor participación femenina en profesiones tradicionalmente copadas por el hombre.

Algunos creen que la coeducación refuerza los estereotipos sexuales. Otros sostienen que la enseñanza mixta no tiene en cuenta en la medida necesaria los distintos estilos de aprender y las distintas necesidades emocionales de cada sexo, ni el distinto ritmo con que chicos y chicas desarrollan sus aptitudes.

Lo natural y lo cultural

Esto llevó el debate sobre la homogeneidad y la diferencia a una nueva dimensión. (…) Se produjo una reacción contra el supuesto victimismo de las chicas”. Volvió a aparecer la idea implícita de que chicos y chicas funcionan de distinta forma en la enseñanza. La inevitable y controvertida pregunta es “¿por qué?”

Unos contestan que entre los sexos hay diferencias innatas que explican en parte la diversidad de rendimiento académico. Por ejemplo, algunos sostienen que los chicos poseen, por término medio, mejor visión espacial, lo que les da ventaja en geometría; mientras que las chicas les superan en aptitudes verbales, y de ahí sus mejores resultados en lengua y literatura.

Otros no admiten esas generalizaciones, porque -dicen- las diferencias medias entre los sexos son pequeñas en comparación con las que existen entre los individuos de un mismo sexo.

Recientemente, las investigaciones neurológicas indican que la estructura del cerebro masculino y la del femenino difieren ligeramente, sin que eso sea un determinante que no pueda cambiarse por las influencias del entorno o a la ejercitación de las facultades.

En la duda, por la libertad

Salomone señala que es muy difícil distinguir lo que, en las diferencias entre los sexos que no se pueden atribuir a discriminaciones (cfr. Aceprensa 70/08), es de origen biológico, psicológico, social o cultural. Por eso considera más prometedor observar las diferencias entre chicos y chicas a medida que se desarrollan, para ajustar los métodos y recursos pedagógicos a las necesidades detectadas.

Entonces: “¿Es la separación en algún momento de la vida escolar la solución definitiva a las diferencias en el rendimiento académico y en la elección de profesión? No, pero podría ser uno de los mecanismos para dar a algunos chicos y chicas igualdad de oportunidades en el sentido de una educación ‘adecuada’. Si los chicos tienen más energía y no pueden mantener la atención durante mucho tiempo, y encima desarrollan su capacidad verbal a un ritmo más lento, no es razonable esperar que progresen en la escuela primaria a la misma velocidad que las niñas. Tampoco es pedagógicamente aceptable retardar el aprendizaje de las alumnas mientras se espera a que los niños de pongan al día. Al mismo tiempo, las niñas parecen quedarse atrás en el desarrollo de sus aptitudes para las matemáticas y la informática (…).

Si estas diferencias son resultado de la biología, o una ansiedad causada por factores sociales, o porque las chicas son más lentas en los cálculos (…) todavía no se sabe con certeza. Sin embargo, la experiencia muestra que cuando se les pide que elijan, muchas chicas preferirían clases de matemáticas sólo para ellas durante la última etapa de la primaria y a lo largo de la secundaria”. Como abundan las cuestiones no resueltas, hay que seguir investigando para poder comparar los resultados de la enseñanza diferenciada y los de la mixta.

Mientras tanto, advierte Salomone, el peligro es que las posturas políticas e ideológicas implicadas frenen la experimentación con “enfoques alternativos” que afronten las diferencias sexuales observadas en maduración y estilo de aprendizaje entre chicos y chicas.

Con esto no quiero decir que todos los chicos y chicas sean esencialmente iguales, sin ninguna diferencia dentro de cada sexo, ni tampoco que la enseñanza diferenciada sería beneficiosa para todos. Simplemente pienso que algunos saldrían beneficiados con los programas de educación diferenciada, bien en centros específicos, bien en clases diferenciadas dentro de una escuela mixta. Y para esos estudiantes, debería ofrecerse la enseñanza diferenciada como una opción válida y no limitada a las familias privilegiadas que pueden permitirse acudir a centros no sostenidos con fondos públicos”.

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NOTAS

(1) Rosemary Salomone, “Igualdad y diferencia. La cuestión de la equidad de género en la educación”, Revista Española de Pedagogía, año LXV, n. 238, septiembre-diciembre 2007, pp. 433-446.

Pedagogía adaptada al sexo

El número citado de la Revista Española de Pedagogía incluye otros cuatro trabajos en torno a la educación de chicos y chicas. El más extenso es de José Antonio Ibáñez-Martín, catedrático de la Universidad Complutense (Madrid).

Comienza con un estudio jurídico de la legitimidad de la educación diferenciada, a la luz de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Los jueces de Estrasburgo se han pronunciado en distintas ocasiones sobre el derecho de los padres a que sus hijos reciban enseñanza escolar acorde con sus convicciones filosóficas y religiosas. Lo mismo sería aplicable a las convicciones pedagógicas, que en el proyecto de nuevo tratado para la UE firmado en Lisboa se añaden a las de los otros dos tipos. Las sentencias consideradas permiten al Prof. Ibáñez-Martín examinar, en un apartado de su trabajo, si la Educación para la Ciudadanía, tal como se ha impuesto en España, respeta el derecho de los padres.

Sobre la educación diferenciada, el autor destaca dos razones que explican el actual interés por ella: la acumulación de pruebas sobre los distintos ritmos de desarrollo de cada sexo, y la influencia en la escuela de un ambiente social erotizado que perturba la enseñanza a los adolescentes. Con ese trasfondo, el Prof. Ibáñez-Martín repasa los beneficios que reporta la educación diferenciada para las chicas, por una parte, y para los chicos, por otra, según los principales estudios publicados.

El psiquiatra Aquilino Polaino-Lorente (Universidad San Pablo-CEU) aborda el desarrollo de la identidad sexual de los varones, con abundantes aportaciones de la experiencia clínica. María Victoria Gordillo (Universidad Complutense) examina la situación de la educación mixta en la actualidad y las experiencias de enseñanza diferenciada; sus conclusiones se refieren en especial a las ventajas de esta opción en el caso de las chicas. Por último, un equipo de la Universidad de Sevilla (Manuel Sánchez Franco, Félix Martín Delicia y Francisco Villarejo Ramos) presenta una investigación empírica sobre el uso de Internet por los profesores, según el sexo, y revisa las posibles razones de que las profesoras lo empleen menos que sus colegas masculinos.