Por qué las escuelas católicas son diferentes

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Duración lectura: 14m. 32s.

Frente al malestar de la escuela pública norteamericana
La Iglesia católica en Nueva York ha hecho al ayuntamiento una oferta que es todo un reto: acoger en las escuelas católicas a mil alumnos de los que fracasan en la escuela pública. El municipio pagaría el coste de las matrículas. La propuesta daría una nueva oportunidad a unos chicos a los que la escuela no logra educar y cuyo futuro es preocupante. Pero ha encontrado la resistencia de grupos a los que preocupa sobre todo que el dinero público no se gaste en una institución católica. En cualquier caso, la oferta ha vuelto a abrir el debate sobre la distinta eficacia de las escuelas públicas y las católicas.

En principio, pasar mil alumnos al sector privado contribuiría a aliviar las dificultades de las escuelas públicas, que empiezan por la escasez de plazas. Los reportajes típicos del comienzo de curso hablan de que no hay sitio para todos los alumnos, que algunas clases tienen que darse en los pasillos y que algunas escuelas funcionan en turnos. Además, en los barrios más pobres y conflictivos, la violencia y las drogas constituyen una amenaza cotidiana. Para entrar en la escuela los alumnos deben atravesar un detector de metales. Y eso en el caso de que entren, pues no pocos estudiantes dejan de asistir a clase o abandonan definitivamente los estudios.

En comparación con el millón de alumnos de las escuelas públicas, las escuelas parroquiales católicas educan sólo a 100.000 alumnos. Pero en un ambiente escolar más seguro y con mejores resultados. Así que muchas familias no precisamente ricas están dispuestas a pagar unas tasas asequibles para que sus hijos reciban esa educación.

Mil plazas para malos alumnos

En estas circunstancias, la archidiócesis de Nueva York ofreció al ayuntamiento al comienzo de curso mil plazas en sus escuelas, para alumnos que estuvieran en el cinco por ciento más bajo del rendimiento escolar. El municipio se haría cargo del coste por alumno, según el nivel de enseñanza. El alcalde, el republicano Rudolph Giuliani, acogió bien la propuesta. Según confesaba, “hemos probado todas las fórmulas imaginables para mejorar la enseñanza en las ciudades, y los resultados de la mayoría de esas escuelas siguen siendo penosos”.

La resistencia a la iniciativa proviene de donde cabía esperar: la burocracia educativa, los sindicatos de profesores y los grupos enemigos de que se financie la enseñanza privada con fondos públicos. Estos aseguran que tal plan debilitaría el sistema público de enseñanza, que debe ser capaz de mejorar para responder a las necesidades de todos los niños. A lo que otros replican que el sistema tarda tanto en mejorar que los niños tienen tiempo de convertirse en adultos antes de ver el cambio.

No podía faltar tampoco la objeción de que dedicar fondos públicos a una escuela confesional va contra la interpretación tradicional de la separación entre la Iglesia y el Estado establecida en la Constitución. A fin de sortear este obstáculo, el alcalde Giuliani anunció que para pagar los dos millones de dólares que costarían las matrículas de los mil alumnos, no se emplearían fondos públicos. En su lugar se buscarían donaciones de grandes empresas.

La respuesta del ayuntamiento a la propuesta de la archidiócesis está en el alero. Pero los padres lo tienen claro: según una encuesta publicada en el Daily News, la gran mayoría están a favor de utilizar la enseñanza privada.

El ambiente escolar es lo decisivo

Y es que el problema de las escuelas públicas no es sólo de mala imagen. En EE.UU. preocupa desde los años setenta la baja calidad de la enseñanza pública. Para explicar las causas y buscar remedios, diversas investigaciones han comparado los resultados alcanzados por los alumnos según que el colegio sea público o privado. Y, dentro del sector privado, despiertan particular atención las escuelas católicas, que constituyen un grupo bastante homogéneo y abierto al conjunto de la población.

En 1981, un estudio (1) realizado por el sociólogo James Coleman y otros colegas dio lugar a un debate nacional sobre la relativa eficacia de las escuelas públicas, las privadas católicas y otras privadas. Comparando los resultados obtenidos en exámenes normalizados, Coleman concluía que los alumnos de escuelas privadas lograban mejores puntuaciones, incluso teniendo en cuenta las diferencias de origen social entre los estudiantes. Las católicas resultaban ser particularmente ventajosas para los alumnos de minorías. Las diferencias entre escuelas no se explicaban por la desigual dotación de recursos, sino por un distinto clima escolar, más favorable al aprendizaje en las escuelas privadas (más disciplina, mayor atención al alumno, trabajo en casa, programas académicos más estimulantes).

El informe Coleman fue un aldabonazo y se convirtió en el punto de referencia en el debate sobre la elección de escuela y la financiación de la enseñanza no estatal. Paradójicamente, las escuelas católicas, que son las que educaban mejor a sus alumnos, no podían recibir financiación pública, en nombre de la separación entre la Iglesia y el Estado. Sin embargo, la ayuda directa a los padres (con fórmulas como las deducciones fiscales o el cheque escolar) podría superar este impedimento legal.

Los críticos del informe Coleman señalaron algunos factores que, a su juicio, ponían en cuestión sus conclusiones. Algunos reparos se referían al hecho de utilizar como criterio de comparación los resultados en los exámenes. Alegaban que los tests no son suficientemente neutros, pues las cuestiones planteadas reflejan una determinada cultura que puede ser distinta a la del alumno. Por otra parte, los tests sólo pueden medir la capacidad de los estudiantes para responder a un particular tipo de pregunta, pero no sirven para enjuiciar la creatividad.

Otra objeción se refería a que mientras la escuela pública está obligada a recibir a todo el que llame a su puerta, la escuela privada puede seleccionar a sus alumnos. Si las escuelas católicas atraen a estudiantes más listos o que proceden de familias que dan más importancia a la educación, es probable que obtengan también mejores resultados. Lo que nadie puso en duda es que el alumno medio de la privada sabía más que el de la pública.

Menos fracaso en las escuelas católicas

Recientemente, una nueva investigación ha vuelto a plantear la eficacia relativa de las escuelas católicas y las públicas. Este estudio, publicado en The Quarterly Journal of Economics (2), parte de los mismos datos estadísticos que el de Coleman, pero utiliza otros criterios de evaluación. En lugar de los resultados en los tests, se fija en la probabilidad que tienen los alumnos de terminar la enseñanza secundaria y en la decisión de empezar estudios universitarios.

Los autores, Robert M. Schwab y William N. Evans, de la Universidad de Maryland, consideran que estos dos índices son más decisivos que las puntuaciones de los tests, ya que la prolongación de los estudios favorecerá que los alumnos obtengan mayores ingresos en su futura vida laboral.

Las conclusiones obtenidas refuerzan la idea de que las escuelas católicas son más eficaces que las públicas. La probabilidad de que un alumno medio termine la enseñanza secundaria y empiece estudios universitarios es un 13% superior si asiste a una escuela católica.

Para colocar estos resultados en perspectiva, los autores hacen notar que la asistencia a una escuela católica es más determinante que otros factores a efectos de completar la enseñanza secundaria. Influye dos veces más que el hecho de que el alumno pertenezca a una familia monoparental o a una de dos padres, y dos veces y media más que el nivel de educación alcanzado por los padres.

¿La selección de los alumnos juega un papel importante en el mayor éxito de las escuelas católicas? Para saberlo, los autores comparan, dentro de las escuelas católicas, las que hacen exámenes de ingreso y las que no los hacen; también confrontan las que tienen lista de espera y las que no la tienen. Y no encuentran que haya diferencias apreciables en cuanto a la tasa de éxito de los alumnos. De esto concluyen que las diferencias entre las escuelas públicas y las católicas no pueden simplemente atribuirse a la selección de alumnos.

Este estudio no se plantea qué factores explican la mayor efectividad de las escuelas católicas. ¿Se debe a la importancia del factor religioso o a que, como toda escuela privada, deben pasar el test del mercado? Lo indudable es que son escuelas diferentes y que los alumnos se benefician de esa diferencia.

Juan DomínguezMidtown: También es posible el éxito en barrios marginales

Violencia, droga, desempleo. Suelen ser las características de los barrios marginales de las grandes ciudades. Así ocurre también en Chicago. Los colegios, que en épocas pasadas solían proporcionar cierta estabilidad, están fracasando estrepitosamente en su labor educativa, a pesar de los esfuerzos de muchos profesores. La probabilidad de graduarse que tiene un estudiante medio de bachillerato en Chicago es sólo del 50 por ciento. En algunas escuelas, la proporción de alumnos que abandonan los estudios llega al 80 por ciento.

No es ninguna sorpresa que luego estos chicos acaben donde acaban: los que tienen suerte, en algún trabajo mal pagado y sin posibilidad de promoción; muchos otros se suman a los jóvenes que, desempleados y sin ilusión, pululan por las calles y acaban formando bandas. El coste social de la falta de escolarización, junto con la omnipresencia de las drogas y el crimen, es enorme, y no sólo en términos económicos. Familias y barrios enteros sufren las consecuencias.

En la década de los sesenta, un grupo de personas conscientes de las necesidades de estas barriadas comenzó un experimento que iba a cambiar la vida de muchos jóvenes marginados. El grupo promotor, formado por miembros del Opus Dei, inició en 1965 Midtown Center, en la zona oeste de Chicago, que por aquel entonces estaba integrada por inmigrantes de origen italiano y mexicano. Poco a poco Midtown se concentró en lo que hoy constituye su labor principal: dar un suplemento a la educación que los chicos reciben en la escuela, estimulando a los jóvenes hacia el acceso a la Universidad, y fortaleciendo el desarrollo de su personalidad.

En los años 80 se formó la Midtown Educational Foundation, para proporcionar recursos tanto a Midtown como a Metro Achievement Center, iniciativa similar para chicas.

Un modelo de excelencia

Midtown no busca a los muchachos más brillantes de las barriadas urbanas. Tampoco intenta reformar a los más descarriados. Más bien concentra sus esfuerzos en ese estudiante medio, que se encuentra en una amplia franja entre el 30 y el 70 por ciento de la escala del nivel académico de su clase.

Siete de cada diez estudiantes de Midtown -el 55% de los cuales son hispanos y el 34% negros- son de familias de renta muy baja. Pero son esos mismos estudiantes los que, con el estímulo apropiado, pueden adquirir autodisciplina y plantearse metas académicas y sociales que transformarán su vida.

Midtown presenta a la gente joven un modelo de éxito que no consiste sólo en sacar buenas notas o en obtener un buen sueldo. Y ha dado con una fórmula que promueve el verdadero desarrollo de la personalidad. Midtown pide a todos sus alumnos que asistan a clases de desarrollo del carácter, en las que los profesores presentan virtudes fundamentales, como el orden, la responsabilidad, la compasión y el respeto a sí mismo y a los demás. Los preceptores refuerzan lo aprendido con su ejemplo, y en las tutorías ayudan a los alumnos a incorporar lo que han oído a sus propias vidas.

Los programas que desarrolla Midtown funcionan a lo largo de todo el año: tardes y sábados durante el curso escolar, o días completos durante el verano. En el nivel inicial, chicos de enseñanza primaria, de 10 a 12 años de edad, se apuntan al programa De uno en uno. En este programa, jóvenes profesionales voluntarios se ofrecen como preceptores para dar una atención personalizada a cada chico. Las sesiones tienen lugar los días lectivos por la tarde y los sábados, y duran dos horas. La mitad de ese tiempo se dedica a preceptuación, haciendo particular énfasis en las asignaturas de matemáticas y lengua, y en adquirir hábitos de estudio. A continuación pasan 15 minutos en una clase de formación, seguida de 45 minutos de deporte.

Recientemente, este programa fue uno de los 44 seleccionados (de entre más de 2.000 solicitudes de todo el mundo) para participar en la YouthNet, una iniciativa de la Fundación Internacional de la Juventud. Y la empresa Walgreen de Chicago, que lo financia, está apoyando la expansión del programa a otras ciudades como Boston y Milwaukee. La prueba de su éxito está en que el nivel de asistencia de los chicos está en torno al 90 por ciento.

Elevar las aspiraciones

Para chicos de 13 a 14 años, Midtown ofrece el Programa de perfeccionamiento. Consiste en clases de lengua, ciencias y matemáticas que capaciten a los jóvenes para poder asistir a colegios de secundaria previos a la Universidad. La formación del carácter adquiere un papel fundamental en esta etapa, precisamente cuando es más intensa la presión ambiental para que los muchachos abandonen la escuela y entren en las bandas.

El Programa de Orientación Universitaria, para chicos de 15 a 18 años, continúa perfeccionando el dominio de las matemáticas y de las ciencias, y fomenta la capacidad de comunicación y de hablar en público. Además, les prepara para los exámenes de acceso a la Universidad, y les informa sobre las distintas opciones de enseñanza superior y de los métodos para conseguir becas.

Uno a uno

Un estudio reciente sobre los antiguos alumnos de Midtown revela que el 95 por ciento terminaron la enseñanza secundaria y más del 64 por ciento accedieron a la Universidad. Una proporción netamente superior a la de la media local: sólo el 51 por ciento de los alumnos de colegios públicos de Chicago terminan el bachillerato, y nada más que el 14 por ciento entran en la Universidad. Y aunque es cierto que los alumnos de Midtown no son una muestra totalmente representativa de la población escolar de la ciudad -Midtown requiere exámenes de ingreso y entrevistas con los padres, y no todos los alumnos de Midtown están en colegios públicos-, tales porcentajes constituyen un logro sustancial.

¿Cómo lo consigue? El éxito de Midtown se debe no sólo a la claridad de sus objetivos, sino también a la atención prestada a cada estudiante.

Actualmente Midtown cuenta con 250 tutores para 475 chicos. La mayoría de los tutores voluntarios son profesionales jóvenes -técnicos de informática, abogados, ejecutivos, estudiantes universitarios…-. Algunos de ellos se criaron también en barriadas populares, y saben bien lo que cuesta salir adelante en esas situaciones. Y también hay ya jóvenes que pasaron por Midtown y que ahora ayudan allí a otros chicos como preceptores.

Contar con los padres

La formación que imparte Midtown incluye también la preparación previa de los preceptores, tanto al comienzo como luego, de modo permanente, con sesiones semanales. Desde el principio comprenden que su cometido tiene dos elementos: hacer amistad con los muchachos para que sepan que alguien les escucha, respeta y aprecia; y motivar a los estudiantes para que mejoren académica y personalmente. En muchos casos el tutor es el único modelo masculino de prestigio con que cuentan los alumnos.

Los preceptores también mantienen contacto con las familias de los alumnos. Pues otro factor del éxito de Midtown radica en que exige la colaboración de los padres, sin la cual las lecciones aprendidas en Midtown y las metas fijadas pueden quedarse en nada.

Por eso, en los programas para padres se les hace ver que ellos son los principales educadores de sus hijos y se les sugieren ideas y técnicas para desempeñar esta tarea. Las reuniones de padres, que se tienen tanto en inglés como en español, incluyen temas como la motivación de los hijos, el desarrollo de los hábitos de estudio y la mejora de la comunicación en la familia. Un nuevo proyecto incluye también asesoramiento de padres a padres.

Delia Lachenauer_________________________(1) James Coleman. High School Achievement: Public, Catholic and Private Schools Compared. Basic Books. New York (1982).(2) William N. Evans y Robert M. Schwab. “Finishing High School and Starting College: Do Catholic Schools Make a Difference?”. The Quarterly Journal of Economics (Noviembre 1995), pp. 941-974.