No hay alumnos imposibles si la escuela es buena

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Duración lectura: 4m. 2s.

Stephan Shakespeare, profesor de escuela en Londres, critica a los educadores que eluden su responsabilidad y culpan del fracaso escolar a los padres (The Daily Telegraph, 23-X-95).

Los educadores han cambiado de canción. Antes aseguraban que podían curar los males de la sociedad con un nuevo y revolucionario método de enseñanza. Fracasaron, y generaron un proletariado de analfabetos. Con sorprendente descaro, ahora echan la culpa a esos analfabetos del fracaso de la siguiente generación.

Durante décadas, los profesores intentaron impedir a los padres la entrada en el “jardín secreto” de la educación. El gran experimento igualitario, con su filosofía centrada en el niño, podría irse a pique por la interferencia de los padres, aferrados a sus trasnochadas ideas sobre la disciplina y la enseñanza de la lectura, la escritura y la aritmética. “Déjennos a nosotros -decían los profesores- que somos los expertos.”

Se dijo a los padres que no enseñaran el alfabeto a los niños, pues les causaría confusión y les quitaría la emoción del “descubrimiento”; que el aprendizaje de memoria era perjudicial para el espíritu humano; que no deberían revisar los deberes, porque no harían más que criticar las faltas de ortografía y echarían a perder la creatividad innata del niño; que no se inquietaran por los problemas del comportamiento. Siempre que los padres manifestaban preocupación, se les respondía: “No se preocupen, al final todo se arreglará. Tengan paciencia”.

Ahora que el experimento ha fracasado, y cuando las reformas educativas del gobierno conservador presionan a las escuelas para que den resultados reales y cuantificables, los profesores vuelven la cara y acusan a los padres: todo es culpa suya, dicen, por no educar bien a sus hijos, con lo que hacen muy difícil la labor del profesor.

A principios de este curso, la Asociación Nacional de Directores, se quejó de los “padres que se inhiben de sus responsabilidades”, mientras la semana pasada, en el Telegraph, eran los profesores quienes se inhibían: “Muchos niños nos llegan en tan malas condiciones que no están listos para ir a la escuela”, se quejaban. ¿Preparados para la escuela? ¿La misión de la escuela no es precisamente prepararlos? (…).

Para comprobar que la situación socio-económica no excusa el fracaso escolar, examinemos el contraste entre dos escuelas. Pennywell es una escuela de Sunderland, que está entre las de peores resultados de Gran Bretaña. Sólo un 7% de los alumnos aprueban cinco o más asignaturas en los exámenes finales de secundaria, cuando la media nacional es del 45%. El director se empeña en que no es culpa de la escuela: la mitad de sus alumnos, dice, aprenden a leer con dos o más años de retraso. Además, casi el 70% de los alumnos provienen de familias que reciben subsidio estatal.

Es la conocida letanía: los niños educados en los sesenta y setenta son analfabetos e incapaces de conseguir empleo, y crían niños a los que no se puede enseñar. Nada puede hacer la escuela.

Ahora tomemos la escuela en que yo doy clase. Está situada en uno de los distritos más pobres y violentos del país; casi el 70% de nuestros alumnos proceden de familias con subsidio estatal, y la semana pasada, enfrente de la escuela, hubo un asesinato más de los que cometen las bandas juveniles. Los alumnos aprenden a leer con un retraso medio de dos años. Hace cuatro años, sólo el 8% lograban cinco aprobados en los exámenes finales de secundaria. En otras palabras, estábamos exactamente igual que Pennywell.

Pero nosotros teníamos una directora nueva decidida a cambiar todo aquello. Desarrollamos un nuevo programa de lectura; distribuimos a los alumnos en distintos grupos, según la capacidad; adoptamos un régimen coherente de disciplina, y pusimos más esfuerzo en preparar a los chicos para los exámenes. Al año siguiente, nuestra puntuación subió al 12%; después, al 18%; y ahora está en un muy respetable 33%. En Lengua, nuestros resultados están por encima de la media nacional.

Los padres de nuestros alumnos no han cambiado: hemos cambiado nosotros. Las escuelas que echan la culpa de su fracaso a los padres seguirán fracasando, porque eluden sus responsabilidades. Las buenas escuelas son las que imponen su propio sistema de valores a los alumnos, con independencia de la situación de que vengan. Las clases a la antigua usanza funcionan: los niños sentados ordenadamente en filas, y ante un profesor con autoridad, saben que cualesquiera que sean las normas de comportamiento que imperan en casa, la escuela tiene sus propias exigencias, y la decisión de hacerlas cumplir.

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