Locos por que el chico entre en una buena universidad

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Elegir la universidad a la que acudirán sus hijos se ha convertido para muchos padres norteamericanos en una verdadera prueba de obstáculos. Es frecuente que se tome este asunto como si fuera el momento más trascendental en la vida de los hijos y se piensa que esta elección marcará su futuro profesional. Lo mismo pensó al principio Andrew Ferguson, que recoge en un libro publicado recientemente, Crazy U: One Dad’s Crash Course in Getting His Kid into College, su propia experiencia.

Ansiedad, temor, preocupación. “Me di cuenta -explica el autor en una entrevista concedida a Time– que había algo irracional en lo que estaba haciendo como padre”. En muchos casos, los padres no solo viven la experiencia de un curso escolar orientado a los exámenes de acceso (las pruebas SAT), sino que también se tienen que enfrentar a las pruebas de selección de las diferentes universidades. En ocasiones, algunos padres contratan a un consejero universitario, que les orienta en los diferentes procesos, pero que cobra también unos altos honorarios.

No es de extrañar que, según Ferguson, en los procesos de solicitud de plaza termine concitándose todos los grandes temas como “la ambición personal, la ansiedad por el estatus y las ideas de igualdad y de oportunidad”. Todo ello, además, se combina con sentimientos muy profundos, como la necesidad que tienen los padres de sentir que hacen lo que es bueno para sus hijos.

El libro está escrito utilizando un tono jocoso e irónico, pero no evita las críticas. Así, por ejemplo, cree que son ridículos algunos de los cuestionarios de admisión y que se pregunta a los alumnos sobre experiencias y sentimientos extraños para un adolescente. Se queja también de algunos foros en los que los padres intercambian experiencias: hay también “desinformación, mentiras y chismes” sobre las universidades que pueden en ocasiones desorientar a los padres.

Pero, sobre todo, Ferguson trata en Crazy U de quitar hierro al asunto. ¿Es tan trascendental la elección de una universidad? ¿Tiene sentido, por ejemplo, endeudarse y comprometer el patrimonio para asegurar la matrícula en una determinada institución? Ferguson, con unas grandes de dosis de realismo, señala: “Sabemos dos cosas (…) La primera es que los alumnos no aprenden mucho cuando están ahí. La segunda es que (…) casi no tiene influencia en cosas como su futura felicidad, su satisfacción en el trabajo, ni incluso en los ingresos”.

Después de la experiencia con su primer hijo, Ferguson se augura más tranquilidad cuando a su hija le llegue la hora de entrar en la universidad. “Creo que tendré más calma. En parte porque ya sé cómo termina esto”.

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