Las virtudes del no-líder

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Duración lectura: 2m. 17s.

Tara Isabella Burton se pregunta en The Atlantic por qué están tan obsesionadas las universidades norteamericanas con el liderazgo. El artículo comienza citando algunas frases que aparecen en las webs de universidades como Harvard, Yale o Princeton. Todas se proponen, con palabras muy parecidas, formar a “los líderes del mañana”, “aquellos que marcan la diferencia”. Un ejemplo de cómo esta retórica afecta a la práctica de la admisión de alumnos es la forma en que la Wesleyan University – una de las más elitistas del país– puntúa la sección “valores personales” (como si lo académico no fuera personal): se conceden nueve puntos de nueve posibles a aquel candidato del que los evaluadores piensen que tendrá “un impacto significativo en tareas de liderazgo en el campus”; en cambio, solo seis o siete al que consideran “líder en algunas pocas áreas, pero contribuidor en muchas”.

Una narrativa simplista y reacia a las humanidades
Para Burton, esta retórica del liderazgo implica una asunción tácita: “ser un ‘contribuidor’ en un club de ajedrez es ser del montón; en cambio, ser el presidente acarrea un mérito intangible”. Sin embargo, comenta la articulista, la concepción de qué sea el liderazgo no es ni mucho menos universal, y supone una desventaja para los estudiantes que provengan de culturas en las que el liderazgo no posea un valor tan alto, o simplemente se defina respecto a otros parámetros. La glorificación del “líder de la tribu”, genuinamente americana, debería someterse a examen en la época de la internacionalización de los estudiantes, y más en universidades que presumen de su capacidad para atraer alumnos de todo el mundo.

Por otro lado, enfatizar las capacidades del líder natural eclipsa otros modelos de comportamiento –“el seguidor natural”, “el jugador de equipo natural” o el “lobo solitario natural”– que en ciertos contextos sociales y laborales son tanto o más apreciables. Además, señala Burton, esta fijación por los líderes sugiere implícitamente que el aprender por aprender no es suficiente. En este punto, la articulista compara el mensaje de las universidades norteamericanas con el que ella recibió en Oxford: allí se valoraba la calidad de su trabajo (fundamentalmente con el criterio de sus notas), no su “contribución al mundo o al campus”.

Otra preocupación para Burton, que está haciendo un doctorado en literatura y teología, es que la retórica del liderazgo suele minusvalorar las humanidades: se asocia al líder con la persona que ha tenido éxito en la empresa, y casi nunca con un humanista, independientemente del prestigio que tenga en su campo de estudio.