Las universidades canadienses recurren al dinero de las empresas

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Como en Holanda (ver servicio 125/98), las 91 universidades de Canadá tienen que buscar modos de sobrevivir con menos asignaciones procedentes del gobierno. Entre los distintos métodos ensayados, el más empleado es llamar a las puertas de las empresas.

Lo primero que han hecho las universidades para compensar los recortes estatales ha sido subir los precios de las matrículas, que este curso son -según las carreras- entre un 10% y un 60% más caras que el anterior. Pero, aunque se ofrecen ayudas a los estudiantes necesitados, no se puede emplear este método para cubrir todo el déficit, pues espantaría a los alumnos. Así ha ocurrido ya con los extranjeros: la reducción de subvenciones estatales destinadas a ellos ha hecho que su número en las universidades canadienses haya pasado en los cuatro últimos años de 38.000 a 32.000.

Algunas universidades intentan atraer a los alumnos extranjeros que no necesitan becas: sobre todo, sus vecinos de Estados Unidos, para quienes estudiar en Canadá puede resultar más barato que hacerlo en casa.

Finalmente, como los ingresos por matrículas tienen un límite, es inevitable recurrir a las empresas, que no suelen dar dinero a cambio de nada. Lo menos que piden las empresas por un donativo es que se proclame bien alto el nombre del patrocinador. Así ocurre, por ejemplo, en la Universidad Carleton, en Ottawa, cuya flamante facultad de humanidades está en pie gracias a la generosidad del holding Imasco. Pero hay también acuerdos más comerciales. Unas universidades alquilan espacios publicitarios en los pasillos. Otras conceden a un banco el derecho exclusivo de abrir oficinas en el campus, o -como la Universidad de Columbia Británica- hacen de Coca-Cola el único refresco de su clase que se vende en los bares universitarios. También hay alguna compañía aérea nombrada “transportista oficial” de una universidad.

Una consecuencia de los apuros económicos es que las universidades dan preferencia a las carreras que preparan para profesiones más demandadas o más acordes con los intereses de las empresas, en perjuicio de las enseñanzas poco “rentables”. Así, todas las universidades refuerzan sus escuelas de tecnología o administración de empresas, mientras algunas han suspendido los programas de materias como lenguas clásicas, religión o literatura europea.

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